Miriam Montes

Tribuna Invitada

Por Miriam Montes
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Cómo convivir con una bruja

María es una bruja. Se quedó a vivir con los puertorriqueños, así, por sus pantaletas.

Hizo como alguna gente que se empecina en meterse donde no lo han invitado, con tal de desarreglarle a uno la rutina de vida.

María no se fue. Se fueron sus vientos huracanados y su lluvia testaruda. Ella se quedó. Ella y sus secuaces. Su destrucción, cruel y lastimera. Las aguas pestilentes. La basura. El silencio adolorido. Se quedaron, arrastrándose como iguanas, los tendidos eléctricos. Se quedaron los árboles descuartizados. El grifo sin agua. El colapso en la comunicación. El llanto. La desesperación.

Luego vinieron las filas de no acabar para conseguir lo que fuera: combustible, agua, hielo, comida, dinero. Y con ellas, un sol de madre. Allí improvisamos algunos amigos. En medio del calor y los cuentos de supervivencia, se lució la inventiva nuestra. Dondequiera la formamos, aún con ley seca. ¡Hasta toldos, sillas plegadizas y neveritas! De repente no nos quedaba de otra qué hablar. Hablar de todo. Con el vecino de atrás en la fila. O con el del frente. Estamos en las mismas. ¿Somos iguales? La bruja María nos estranguló igual. O casi igual. Allí en las filas nos quejamos. Nos desahogamos. Bromeamos. Hicimos algún favor. Hay gente que está peor, eso pensamos. Como si fuéramos gente.

Entonces llegaron las moscas, mosquitos, abejas y ratas, una plaga faraónica. Los niños corriendo bicicleta en la calle. Los tapones. La incertidumbre. Los vecinos compartiendo la electricidad de una planta generadora a través de una extensión que atraviesa la misma calle donde viven los que nunca supimos sus nombres.  Ahora tienen nombre. Vino también el deseo de ayudar. No sé, pero de verdad que esa bruja lo trajo. La comida que regalamos y que nos regalan. La simpleza. Vivir con tres o cuatro pantalones cortos, camisolas y chancletas. Lavarlos a mano. Los pelos desgreñados. Mejor dicho, al natural. Acostarse temprano porque no hay nada que hacer. Hablar, tal vez, y jugar juegos de mesa.

María es una bruja. Me quitó la costumbre de salir desmandada. De vivir mi vida como me da la gana y allá el otro que arree. Peleo con María. ¡Quiero mi estilo de vida!, me desgañito. Pero a ella no le importa. La he odiado. He intentado zafarme de su hechizo. Confieso que ella, bruja como es, ha sido más fuerte. Me sorprendo siendo cortés en la carretera. Inusitadamente amable. Como si intuyera un sufrimiento compartido.

También me he convertido en una idiota. Se me salen las lágrimas cuando advierto que renacen hojas verdes de aquellos esqueletos moribundos. Y al hacer la compra (he dicho que me he idiotizado), echo en el carrito par de latas adicionales, para algún vecino de esos que conocí. O que quizá nunca conoceré...

Entonces la diáspora se me antoja como la gente más solidaria, más esforzada y más querible que yo haya conocido. Y los otros, los que no conozco pero nos dan la mano... La palabra “gracias” se me atora entre el pecho y la garganta humedecida. Somos parte de un universo maravilloso. No es cursilería. Es culpa de esta bruja. Y me ha nacido un orgullo grande al reconocer que pertenezco a esa gente que echa el resto. Que no se quita. Que tiene un arsenal de bondades y de fortalezas por dentro. Que resiste la maldición de una bruja. Y que se crece.

Sí, ha sido todo culpa de la bruja María.

Vuelvo a llorar...

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