Mayra Montero

Punto de vista

Por Mayra Montero
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Cómo ser feliz sin querer vacunarse

A todos los contratiempos que está enfrentando el país, hay que añadir ahora el aumento de la influenza. Todo el mundo anda tosiendo en la calle, unos tendrán influenza y otros un catarro común. Pero se supone que se disparen las alarmas, que las autoridades sanitarrias asusten a la gente —sí, que la asusten— y le adviertan que se puede morir.

El presidente del Colegio de Médicos Cirujanos, Víctor Ramos, ha lamentado la poca cantidad de personas que se ha vacunado este año. El columnista de este diario, doctor Fernando Cabanillas, ha resaltado el potencial de desenlaces fatales que tiene la influenza comparado con otras epidemias, como el coronavirus. La influenza mata. Y resulta que aquí nos siguen tratando como a menores de edad. Menores de edad consentidos, claro. El lema es que las personas no se alarmen ni se aterroricen, y que en lo posible hagan lo que les dé la gana.

Por eso, según Ramos, la gente rechaza vacunarse, incluso en los refugios.

No se entiende eso. Lo primero que se hace en todos los refugios del mundo, a raíz de todas las catástrofes, es vacunar a los refugiados de enfermedades que por el hacinamiento y las malas condiciones higiénicas pueden contraer. Menos aquí. No sé cuántos derechos y libertades civiles se vulneran vacunando obligatoriamente a los refugiados. Los derechos son sagrados, hasta el de morirse de influenza, ellos y sus hijos.

“La vacunación ha estado bien bajita”, dice Ramos, “al igual que en los refugios. La gente no se quiere vacunar y eso puede traer un problema si se convierte en una epidemia”.

Es casi una epidemia ya, pero no lo dicen. ¿Y cómo es eso de que la gente “no se quiere vacunar”?

Comprendo que el ciudadano que vive en su casa, pueda esquivar de algún modo el pinchazo. La ignorancia, según sea la circunstancia, puede ejercerse con mayor o menor facilidad. Pero aquéllos que todavía viven en refugios y están bajo la tutela del gobierno, ¿cómo van a decir que “no quieren” vacunarse, y cómo van a permitírselo?

De modo que a la situación irregular que acarrean los campamentos, habría que añadir un problema de salud pública, con el consiguiente peligro para los demás refugiados y para el personal que los atiende, y la carga pública de tener que trasladar a estas personas, hospitalizarlas, y quién sabe si someterlas a un largo y costoso tratamiento.

Es la condescendencia llevada a su máxima expresión. 

Ya comenté que en todos los refugios del mundo, donde habitan refugiados de guerra o por catástrofes naturales, lo forzozo, lo inmediato, lo sensato es la vacunación. No contra la influenza precisamente sino contra enfermedades como el tifus, más otras igualmente mortales que se propagan en ambientes insalubres.

Decir que un cierto número de refugiados en el suroeste “no se quieren vacunar”, es tan inconcebible como bochornoso. No tienen derecho a no querer. Lo sentimos mucho, pero no tienen derecho a ser irresponsables. Esa es la verdad.

Mientras tanto, el propio doctor Cabanillas ha sugerido que si la influenza se mezcla con el coronavirus, el resultado puede ser catastrófico.

Aquí, con tal de que la gente no se alarme —recuerden que somos menores de edad— todo lo suavizan y todo lo edulcoran. No nos informan, por ejemplo, que el período de incubación del coronavirus, sin síntomas, es ahora de 24 días o tal vez más, según los medios electrónicos chinos, que son conservadores por lo que les conviene. Eso es un obstáculo tremendo para las estrategias de prevención a nivel global.

Mientras tanto, la influenza tiene un gran impacto en la vida laboral del país. La gente en cama no produce. Y la que está en los refugios, aparte de no producir, puede convertirse en un foco de infección que se esparce por los alrededores, entre familiares y amigos, y entre los trabajadores de esos mismos refugios, que me imagino que sí estarán vacunados contra todo, pero que aun así tendrán que tomar precauciones para no sacar el virus de los campamentos.

Esa es la noticia casi inadvertida del lunes. La más preocupante, pero no se nota: estamos en año electoral.

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