Luis Rafael Sánchez

Desnudo Frontal

Por Luis Rafael Sánchez
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Como si nada

Pocos automovilistas obedecen el “pare”. Pocos automovilistas le hacen caso a la invitación “ceda el paso”. No es por falta de aviso. Los letreros metálicos donde se imprimen dichas dos leyendas se multiplican a lo largo y ancho del país. Entonces, ¿a qué obedece la resistencia a pararse en el “pare”? ¿Y a qué obedece el rechazo a la invitación “ceda el paso”?

¿Se pensará que se es menos persona si se para donde debe pararse y si se cede el paso a otro automovilista? ¿Será que, una vez dentro del automóvil, la cortesía se considera muestra de debilidad? ¿O será que tener el guía en las manos infesta al chofer de la pasión por la anarquía?

Una pasión que evidencian quienes transitan a contravía por las avenidas principales del área metropolitana. La Juan Ponce de León. La Manuel Fernández Juncos. En ambas, desde cuando desapareció el policía de a pie, los infractores realizan sus infracciones… como si nada. Es decir, sin consecuencia de tipo alguno.

También como si nada avanzan los choferes que rebajan los semáforos a anticuado colgalejo tricolor. De ahí que el delito de comerse la luz se haya vuelto rutina. Quien no se la come completa se la come a medias: cuando la luz amarilla advierte la inminencia de la luz roja, el montón de choferes se hace de la vista larga y prosigue… como si nada.

Bueno, como si nada o como si todo. A lo mejor el chofer delincuente atropella o mata al peatón que cruza cuando la luz roja estaba a su favor. Pero, el atropello o el homicidio no lo desvelan. ¿Por qué habría de desvelarse? Con la velocidad del rayo buscará al juez capaz de noquear la justicia de un togazo. Seguido del nocaut, el juez que nunca debió serlo ingresará el producto del soborno en la cuenta bancaria… como si nada.

¿Es contagiosa la pasión choferil por la conducta anárquica? Debe serlo en cuanto que contagia al peatón. Éste ya menosprecia la seguridad que el semáforo y el paso de cebra garantizan. Éste ya cruza cuando el semáforo lo manda a esperar. Éste ya cruza dondequiera, a la brava y a la cañona… como si nada. Y como si nada, reduce el paso al momento de cruzar.

Como si nada o como si todo. La reducción del paso apuesta a provocar la impaciencia del chofer. Bueno, pensándolo mejor, apuesta a agriarle la existencia al prójimo. A esa victoria secreta aspira el peatón cuantas veces obliga el chofer a frenar.

También como si nada conduce el chofer que se da seis o siete palos largos. pero jura, por los huesos de su madre, que apenas se dio uno. También conduce, como si nada, el chofer que improvisa un carril para su uso exclusivo, entre los carriles determinados por las líneas amarillas. Cuando se le dificulta conducir por el carril improvisado ensaya el clásico corte de pastelillo… como si nada.

Menos mal que el flujo vehicular se distrae con los insultos profiriéndose de auto a auto. Unos insultos se gesticulan, otros se verbalizan.

Ver a un chofer sacarnos la lengua ofende aunque la ofensa se sobrelleva. Otros insultos silenciosos, enfurecen, pero se traga gordo y se mira para otro lado. Por ejemplo ver que el chofer vecino levanta el dedo del medio y da a entender, sin pronunciar una letra, el recóndito lugar donde aquel amerita ocultarse. ¡El más grosero insulto gestual se fabrica… como si nada!

Desde luego, hay insultos peores, en tanto que media la palabra. Por ejemplo espepitarle “sucio” al chofer que llega último, pero se emperra en situarse a la cabeza del carril. Otros no son aptos para oídos sensibles en extremo. Mas, el rigor periodístico exige se los cite: “Que Dios y la Virgen te premien con un aguacero de mierda de la buena”.

Ni en la pulcra “Historia de la mierda”, de Dominique Laporte, se le sobreimpone al excemento dicha jerarquía insólita. No es ver para creer, como leí que dijo Santo Tomás. Es oír para creer.

La vida desconoce la riversa. Así que, como si nada, día a día los puertorriqueños atravesamos la selva sobre ruedas que se llama Puerto Rico. También, como si nada, cultivamos la estrategia instintiva de supervivencia que cultiva hasta la más frágil criatura selvática: con un ojo se confía y con el otro se duda; con un ojo se mira y con el otro se juzga. ¡Hay que tener agallas para vivir aquí, para pensar aquí, para soñar aquí, como si nada!

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