Madeline Román

Tribuna Invitada

Por Madeline Román
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¿Cómo sobrevive la democracia en la crisis?

¿Podrá la democracia sobrevivir a la crisis económica? Esta es, a mi modo de ver, una de las interrogantes más importantes a atender en el trayecto de nuestra búsqueda de alternativas frente a la crisis por la que estamos atravesando en Puerto Rico.

Al presente, las amenazas a la democracia provienen de todas partes, incluso del lado de las luchas que se esgrimen en su nombre.

De un lado, no hay duda de que la hegemonía del capital financiero y especulativo en el plano internacional es el principal responsable de la crisis económica actual cuyo rostro más evidente es el problema de la deuda.

La deuda se ha convertido en el “modus operandi” del capital en su fase actual y la relación acreedor/deudor la forma en que se expresa esa relación de poder del capital sobre los sujetos. Como es planteado por el teórico italiano Maurizio Lazzarato, la figura del hombre endeudado es el ícono de nuestra contemporaneidad y el sistema propicia el entendido de que todos somos igualmente “culpables” del problema de la deuda.

La reestructuración de la deuda ha venido implicando la creación de todo un régimen jurídico cuya intención es acomodar las leyes a estas reestructuraciones que se entienden necesarias, las cuales tienen como efecto la desprotección legal y el abandono de la vida para amplios sectores poblacionales. Todo este cuadro de transformaciones se va produciendo con poca o ninguna participación del lado de los sectores que terminarán siendo los recipientes de la implantación de todo tipo de medidas de austeridad. Esta problemática se ha agudizado tanto en el plano internacional que ya han surgido iniciativas como la de la Fundación del juez Baltazar Garzón, quien propone hacer de los delitos económicos un crimen de lesa humanidad. Lo anterior implicaría que constituya delito de lesa humanidad todo aquel gobierno que someta a amplios sectores de su población a una situación de abandono económico y social.

De otro lado, algunos movimientos disidentes que se producen en el contexto de esta crisis poseen una impronta claramente antidemocrática. Son aquellos que proponen la “democracia a la fuerza” como algo políticamente deseable. Lo anterior se expresa en su adscripción a un tipo de pensamiento único (“o se hacen las cosas de este modo o aquí no entra nadie”) que opera deslegitimando, satanizando o difamando otros puntos de vista y otras lecturas posibles. Son sectores que olvidan que la democracia no sólo tiene que ver con los contenidos (de lo que exige) sino también con las formas de lo político. Los problemas económicos y políticos terminan representados como problemas de moral (“los buenos contra los malos”, “o estás conmigo o contra mí”) y los debates se empantanan en esas aguas.

La tarea de propiciar salidas a la crisis, capaces de enfrentar estas amenazas, es una responsabilidad de todos.

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