Luis M. Baquero Rosas

Punto de Vista

Por Luis M. Baquero Rosas
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Cómo sobrevivir la violencia en el caserío

Las recientes crisis sociales y masacres en los residenciales públicos de Puerto Rico han levantado una oleada de análisis: desde las perspectivas de los expertos en seguridad, incluidos la Policía y el Negociado de Investigaciones Federales, hasta los análisis de criminólogos, trabajadores sociales y psicólogos sobre las raíces sociales que han llevado a la sociedad puertorriqueña y, en muchos casos a los residentes de los proyectos de vivienda pública, a aceptar la violencia como parte de su vida. 

Pero estos esfuerzos no incluyen las opiniones de miles de puertorriqueños que crecieron, se desarrollaron y, en muchos casos, salieron del entorno del caserío para ser personas productivas y profesionales.  La perspectiva de un exresidente de caserío es valiosa para encontrar alternativas y desarrollar planes sociales, estrategias académicas y económicas que sirvan para cambiar la visión y derrumbar la barrera invisible que todos los residentes vemos entre la comunidad del caserío y la ciudad que los rodea. 

Cuando uno se cría en el caserío vive en medio de la ciudad, al lado de las grandes oficinas y agencias de gobierno, de los principales centros comerciales del país. Pero, como una barrera invisible, es limitada la capacidad que tienen los residentes para poder integrarse a esos centros de trabajo sin ser discriminados por su lugar de residencia o recibir apoyo del país, no solo para sobrevivir en el caserío sino para integrarse a las empresas y agencias y aportar a la sociedad puertorriqueña. 

Muchos de nosotros pudimos salir del caserío gracias al apoyo de nuestras familias y de las universidades que confiaron en nosotros para poder explotar nuestro potencial intelectual más allá de la escuela pública. 

A base de mi experiencia de vida como residente de un caserío por 26 años y habiendo completado un doctorado en la Universidad de Puerto Rico, Río Piedras, considero que es vital atacar el problema social del residencial proveyendo apoyo a jóvenes con potencial académico, estableciendo programas diseñados para el estudiante que continúa en la escuela, que ingresa a la universidad pública y privada, y sin padres que lo hayan hecho antes, y abriendo las oportunidades de obtener becas y empleo para poder costear sus estudios. 

Finalmente, urge divulgar las historias de éxito de exresidentes, y que estas personas ofrezcan su tiempo y apoyo a nuevas generaciones del caserío para que lograr que otros tengan la oportunidad de seguir un camino que los saque del entorno violento detrás de la muralla invisible del caserío.

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