Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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Congelados

Amediados del siglo pasado, cuando el muñocismo reinaba como partido único en el País, yo era una niña de edad escolar. Recuerdo que la muchachería de la Parada 20 de Santurce se reunía, el día de las elecciones, en la esquina de la avenida Fernández Juncos y la Hipódromo a ver pasar los carros públicos con la bandera del jíbaro en la ventana y dos escobas amarradas al parachoques trasero. Que iban a barrer a la oposición, proclamaban a los cuatro vientos esas escobas triunfalistas. ¿Cuál oposición?

Más tarde, el ascenso del Partido Nuevo Progresista le impartiría al proceso un cariz de campeonato deportivo. La alternancia PPD-PNP introdujo al juego incertidumbre y expectación. Ya no podría darse por sentado el copo de los populares. Ahora había que ingeniárselas para llevar a las multitudes confundidas al matadero de la caseta de votación. Así las cosas, las elecciones se convirtieron en “show”.

El espectáculo desplazó al mitin y el esgalillamiento a la oratoria. Con las tumbacocos y las pelapavas a fuego, camiones, caminatas y cabalgatas invadían los vecindarios mientras las avanzadas de achichincles en camisetas rojas o azules lanzaban hojas sueltas y alborotaban a la gente a son de “jingles” y eslogans. Mercadeando ilusiones de unión permanente a tiempo parcial o completo, ambos partidos proyectaban la falsa impresión de jugarse, cada cuatro años, el destino final de La Patria.

El bipartidismo forzoso dio paso a la ley del menos malo, ley riesgosa y angustiosa, sobre todo cuando ninguno de los dos lo es. La encerrona desembocó en la ley del tumbe cuatrienal. Favor de no confundir ese método de relevo político con la práctica corrupta que responde al mismo nombre. La susodicha ley del tumbe es una especie de golpe de estado legal por la vía del sufragio. Dos grandes ventajas tiene. Acaba de una vez con los segundos términos de gobernantes insufribles y ofrece el inefable placer de ver caer.

La actual coyuntura eleccionaria no es muy excitante que digamos. Estamos ante unos comicios totalmente desprovistos de suspenso. Los adivinos se han quedado sin taller y las encuestas se repiten hasta la saciedad. Aunque auguran que nadie ganará con más del 40%, la opinocracia da por sentada la victoria del muñecón. Tanto así que el propio contrincante –el “colorao” de Patillas- anda a la pesca de anexionistas. Aparte de habérsele olvidado cómo votó en el último plebiscito, ha asegurado que, tras la apoteosis de noviembre, celebrará el de “estadidad sí o no”.

Bastante deprimente, de todos modos, luce la oferta de los partidos dominantes. Un PPD con un gobierno fracasado y un estatus desautorizado por los americanos. Y un PNP cansado, tan cansado que sólo propone un salto al pasado mientras adormece a sus clientes con la vieja cantaleta de una improbable acta de admisión al paraíso. El karaoke desentonado de los anuncios trillados sin mística ni chispa entra por un oído y sale por el otro. Eso sin hablar de la nunca bien ponderada Junta ni de la legión de boricuas que oscilan entre la abstención y la emigración. Sospecho que en el ánimo del votante –ingenuo o avisado– pesa una profunda sensación de agobio.

Fuera de la fogosa participación femenina en las candidaturas a la gobernación, la única novedad es la que un amigo malpensado ha llamado competencia “loser”. A los consabidos partidos minoritarios, se han sumado dos aspirantes independientes que, a juicio de algunos, pudieran seguir la ruta de Rogelio Figueroa. En esa cancha, las apuestas se centran en quién cogerá la menor cantidad de “likes”. Recúrrase al consuelo del refrán: el último que llora, llora mejor.

La gran noticia de la temporada es, sin duda alguna, la de las solicitudes de voto encamado firmadas por seis difuntos bona fide. Ojalá que a ninguno de esos muertos lo hayan velado “sentao” o “parao”. Sólo la tradicional postura yacente lo salvaría del fraude. Pero no todo en ese fúnebre desarrollo es negativo. Las encuestas de cementerio abrirían nuevas posibilidades de guiso. Y, sin puestos que perder ni combos que defender, el elector fallecido tendría una envidiable libertad de decisión. Por otra parte, con tanto prócer suelto en el Más Allá patriota, el Partido Independentista podría aumentar considerablemente su fanaticada.

Termino este desahogo pre-electoral evocando el teatro imagen de Augusto Boal. Como símbolo concreto de nuestro drama histórico, se me antoja imaginar un enfrentamiento mudo entre personajes congelados. En el cuadro, de una inmovilidad absoluta, entrarían: las estatuas pigmeas de los presidentes americanos detrás del Capitolio; las fotos oficiales de cuantos gobernadores coloniales han posado el fondillo en Fortaleza; la Junta sigilosa sesionando en algún auditorio de Wall Street; y el campamento de la juventud rebelde frente al Tribunal Federal de San Juan.

Sólo falta la silueta solitaria de Oscar López contemplándolo todo con una sonrisa triste desde las rejas de su prisión.

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