Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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Con las botas puestas

Diez días después del paso de María, vuelvo a poner los dedos en un teclado de computadora.

Los breves textos del Diario del Huracán los he estado escribiendo en un cuaderno, a lápiz (lo bueno del grafito es que escribe en horizontal, vertical y punto muerto), y luego pasando el texto en limpio en el teléfono, con un solo dedo: el índice.

¡Cuanto envidio a esos extraterrestres juveniles que escriben con los pulgares a la velocidad del rayo! Cierto que dentro de cien años no existirán los pulgares como los conocemos hoy. Los niños nacerán con unos largos apéndices de falanges mutantes, listos ya para manejar la pantalla. Lo malo del teléfono, además, es que por mucho que nos esforcemos, en ocasiones sustituye por su cuenta la palabra que uno escribe por otra que se le antoja. En el más reciente Diario del Huracán apareció Aflorarán por Añorarán. Y así, ha habido muy poco espacio para escribir textos lo más certeros o elegantes posible.

Mis escritos los he tenido que mandar en trozos, “salvando” a la desesperada, sin la oportunidad de releer, pulir, matizar una idea. Nada de nada. No ha habido tiempo, ni internet, ni siquiera un miserable teclado, pues los dos que tenía se enchumbaron. Son esas las circunstancias que nos ponen a prueba. A los escritores y a los periodistas. Y a los que son ambas cosas, que es una misma. Escribir plácidamente desde una estancia con todas las comodidades, nos parecerá, si esto se sigue prolongando, una ñoñada indigna de sabuesos.

Un vecino médico me comentaba hoy (hoy es cualquier día, la gente va perdiendo la noción de los lunes) que en la literatura médica está documentado que la tensión después de una catástrofe puede causar tantas bajas como la catástrofe misma, con sustos del corazón y otras tribulaciones.

La ansiedad mayor, y el esfuerzo físico más implacable en este instante, se concentra en las gasolineras. Para los muy jóvenes, no debe haber mucho desgaste físico en esperar largas horas sometidos al calor de infierno, respirando los gases que dejan al pasar los demás automóviles y que emanan de la propia estación y su tráfico incontenible. Pero los que empiezan a entrar en años, sobrados de libras, agobiados por las altas temperaturas, las discusiones, los gritos, los desplantes de los que se cuelan y las órdenes de los policías, llevan a su cuerpo al límite.

A la posible aparición de las epidemias, habrá que añadir varias crisis adicionales de salud. Lo mencioné en uno de los “diarios” y ahora lo reitero: las bebidas azucaradas han sustituido al agua con más fuerza que nunca. Nadie está haciendo nada por evitarlo. Cuando ya creíamos que existía una política coherente que estaba dando frutos, que era la de ofrecer agua en vez de refrescos en los llamados “combos” de los establecimientos de comida rápida, llegó el zarpazo del huracán y lo echó todo atrás. En las filas de los supermercados, en las de los cajeros automáticos, en las de las gasolineras, todo el mundo bebe algún refresco. A los niños los atiborran de azúcar. Y aunque estamos caminando más para ahorrar gasolina, y hay más ciclistas que nunca por las calles, estamos lejos de llegar a ese punto en que la salud pueda beneficiarse por la situación.

En el año 2013, un estudio publicado en el British Medical Journal, aseguraba que entre 1990 y 1995, que fueron los años más duros del llamado “período especial” en Cuba, la población en general perdió alrededor de diez libras de peso. Las historias que se contaban dentro y fuera de ese país eran dramáticas. La gente pedaleaba en masa a sus escuelas, universidades o centros de trabajo, y jamás se saciaban, más bien pasaban hambre. Sin embargo, según el British Medical Journal, nunca se llegó al nivel de hambruna, y el impacto a largo plazo fue asombroso: disminuyeron a la mitad las muertes por diabetes, y las causadas por enfermedades coronarias a un tercio.

No aspiramos a tanto por causa del huracán que devastó a la Isla. Pero tampoco deberíamos permitir que la cosa empeore, y si a la angustia de la vida diaria —cargando pesos excesivos, soportando sofocones extremos, encolerizándonos por la falta de comunicación telefónica o internet— le agregamos dosis descomunales de azúcares y grasas, los hospitales se desbordarán, y las funerarias muy probablemente también.

No quisiera hacer un compendio de las adversidades que estamos enfrentando, total las tenemos todas a la vista. Pero que levanten la mano las personas que han recibido llamadas de residencias de ancianos para que recojan a la brevedad posible a sus mayores. Privados del diésel para alumbrarse o para mantener máquinas de supervivencia, y faltos además de agua, los encargados de estos “hogares” ni siquiera han podido dar con los familiares de sus huéspedes, por razón de que no contestan el teléfono, o quedan en ir a recogerlos y no aparecen. Un drama humano que deja a cientos de personas, todas ellas viejas, a merced de un limbo de abandono doble: el familiar y el institucional.

Ante la magnitud de la debacle, como se comprenderá, lo de escribir en un teléfono con el dedo índice, o carecer de un teclado seco, o sudar a chorros y sufrir las picaduras de los Aedes Aegyptis (cada vez más fieros, cada vez más grandes) es apenas un zumbido en el aire. Un breve fastidio. Un pequeño cambio de sintonía. Nada que justifique que nos quedemos quietos.

Se vive, que no se muere, con las botas puestas.

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