Antonio Quiñones Calderón

Tribuna Invitada

Por Antonio Quiñones Calderón
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Con McCain se va un faro moral

Con la muerte del senador John McCain —héroe estadounidense en tiempos de guerra y en los de paz— se ha sumido en merma la reserva moral de Estados Unidos de América. Que ocurra en estos días de oscurantismo en la dirección del pueblo de los bravos y los valientes, es una tragedia nacional.

John McCain fue un patriota original que demostró su entereza y reciedumbre física, moral e intelectual, comenzando con los cinco años de su ordalía como prisionero en Vietnam, cuando el avión que pilotaba en 1967 fue derribado sobre Hanoi, iniciándose un cautiverio de más de un lustro. Las fuertes y desatendidas heridas en sus piernas y brazos, que lo marcarían físicamente para siempre, no amilanaron su espíritu de patriota. Por lo contrario, de regreso a la vida civil, se entregó por completo al ejercicio de la política —noble función cuando se la entiende como instrumento para el servicio del colectivo y no de beneficio para intereses bastardos—, a la que dio sentido de honestidad y servicio patriótico en sus dos términos en la Cámara de Representantes y los seis en el Senado.

De McCain se puede decir lo que se dijo de un político puertorriqueño de su misma valía moral, don Luis Ferré: a pesar de los reveses de sus dos campañas por la presidencia de la nación, jamás fue derrotado, porque el triunfo verdadero es el triunfo de los principios, no el de las elecciones.

McCain nunca tuvo temor —tampoco el propósito— de evadir, de defender sus convicciones aun cuando sabía el costo político de ellas. Es acaso el más válido signo de carácter, y lo más elogioso que se puede decir de un político como de cualquier ser humano. Lo ejemplificó en cientos de ocasiones, una de las más recordadas ocurridas a las puertas de las elecciones de 2008, cuando buscaba por segunda ocasión la presidencia de nuestra nación frente a Barack Obama. En medio del fervor de los días finales de la campaña, una de sus seguidoras presentes en un conversatorio comenzó a lanzar diatribas contra el aspirante demócrata, llamando la atención de que Obama “no es americano”, sino “un árabe, a quien no le importa nuestra nación”, un “hombre peligroso”. McCain se le acercó, le quitó el micrófono y dijo, con evidente coraje por el insulto a un compatriota suyo: “No, señora, el señor Obama es un hombre decente, un buen padre de familia, un ciudadano de Estados Unidos, con quien tengo desencuentros en asuntos fundamentales, y es de eso que se trata esta campaña”. La valiente y decente respuesta del senador levantó una ola de aversión en la base fanática republicana —en todos los partidos existe—, que McCain sabía iba a generar, y le iba a costar respaldo en esos círculos, pero de todos modos optó por ser quien era: el líder modelo de la decencia en la política estadounidense.

A la hora de su muerte —cuando la voz de todos los estadounidenses y de los dirigentes mundiales revestidos de decencia y entendimiento de para qué es la política partidista, para qué son losideales que se persiguen, expresan su admiración por McCain—, las palabras de su adversario de 2008, Barack Obama, deben servirnos de guía en el papel que a cada uno corresponda y a sus posibilidades humanas. “A pocos de nosotros se nos ha puesto a prueba, como se puso a John —ha dicho el expresidente Obama— o se nos ha requerido ese nivel de coraje. Pero todos debemos aspirar al coraje de poner el bien común por encima del propio. John nos mostró lo que eso significa”.

Las expresiones de respeto hacia la vida ética y patriótica del senador McCain, provenientes de todo el espectro político de la nación constituyen una esperanza, la esperanza de que su legado moral, su iluminado faro ético, seguirá vivo. Es el optimismo que tiene que prevalecer, claramente necesario para hacer que Estados Unidos siga elevando la antorcha encendida que alumbre el camino de la igualdad, la democracia y el respeto a la dignidad humana.

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