Orlando Parga

Punto de vista

Por Orlando Parga
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Con síndrome del Trumpivirus

Desde los albores del tribalismo la idolatría y el fanatismo han sido manifestación de conducta humana enfrentada al poder de raciocinio.  O sea, distinto a un animal irracional, el cerebro humano puede digerir la información y procesarla con inteligencia, dándonos la capacidad para acumular experiencias y conocimientos con valores éticos y morales.  Bajo esta fórmula de conducta, el nacionalismo y la política pueden constituirse tanto en nobleza como infamia.  When they go low, we go high, reaccionó en 2016 la primera dama Michelle Obama mientras la campaña de Trump la convertía en blanco de su indecencia.

Trump es un animal político que se nutre precisamente del odio y la pasión irracional acumulados en aquellos sectores que se entendieron olvidados, marginados o defraudados por los que gobernaron en el pasado.  Ganó las primarias republicanas y elección presidencial de 2016 con una estrategia persistente dirigida a la población menos educada de raza blanca y a los trabajadores no diestros que se sintieron desplazados por la política institucional de Washington y pretende un segundo mandato en 2020 con esa energía negativa reforzada en la prosperidad económica de estos pasados años.  Eso explica – no justifica – que la primera reacción de Trump haya sido restringir la información del coronavirus para anteponer la salud de la bolsa de valores a la salud de la población más vulnerable al contagio.  No se puede exigir humanismo al animal político irracional… el humanismo hay que exigírselo a los que eligen con su voto.

Los partidos políticos e ideales que representan sus candidatos son herramientas de la democracia, y la democracia es nuestro sistema para hacer gobierno y alcanzar el bien común. Afiliarse a un partido y sostener un ideal – incluido el ideal de estatus tan fundamental para un pueblo colonizado – no amarra la conciencia a un palo como si fuera animal salvaje.  El voto tiene consecuencia y esa consecuencia arrastra tanto al que lo ejerce como al que se quedó en su casa sin ejercerlo.

Aquellos que votaron o dieron su fidelidad a la candidatura de Trump y desde entonces le han reído, sobrellevado y hasta justificado sus torpezas y disparates, hoy no pueden perdonarle que haya jugado con la vida de sus hijos, sus padres o sus abuelos… que mientras en otras jurisdicciones menos desarrolladas y dependientes de Estados Unidos, hasta bajo regímenes totalitarios, se tuviera la madurez política que no tuvo Casa Blanca para anticipar la pandemia que hoy nos tiene en cuarentena contando muertos, el presidente de la nación más poderosa del mundo se haya exhibido petulante reclamando: we are doing a wonderful job.

Hay cosas que no tienen perdón de Dios y esta es una de ellas.


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