Jon Borschow

Tribuna Invitada

Por Jon Borschow
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Construyendo desde el aprecio

Hace unos días, desayunando con amistades, tuvimos una conversación en la que alguien cuya vida post María tomaba rumbo hacia Estados Unidos, nos hablaba de que ya nuestra isla estaba destinada al deterioro, con escasas posibilidades de recuperación.

Le contesté que Puerto Rico era un maravilloso destino con muchos atractivos, que lo que teníamos que hacer era visibilizar a los visitantes potenciales a través del mundo la diversidad de experiencias auténticas, naturales y culturales, cubriendo desde la gastronomía hasta la música. Que, al conocernos como somos, estos se animarían a visitarnos en cantidades numerosas, creando suficiente actividad económica como para contrarrestar el deterioro económico y crear oportunidades que tuvieran resonancia para las personas y comunidades a través de toda nuestra geografía.

Le hablé de cómo la Calle Loíza (igual pudiera ser La Perla, Miramar, La Placita de Santurce, Orocovis, Culebra, Vieques, Rincón, Fajardo o Aguadilla) se estaba transformando espontáneamente en ese destino auténtico y lo que teníamos que hacer era visibilizarnos tal y como somos, y así encantarle a ese mundo que nos conoce poco.

Para mi sorpresa, me respondió que la Calle Loíza estaba sucia, sus edificios feos y deteriorados y la gastronomía era inferior a la oferta de otros destinos auténticos y exitosos, como Italia. Añadió que la misma cafetería donde estábamos compartiendo ese último desayuno, tenía una cocina objetivamente mediocre, y que inclusive apestaba por falta de ventilación adecuada…

Por ahí continuó, desembarcando en la narrativa de que Puerto Rico difícilmente iba a competir exitosamente con los grandes destinos del mundo. Le pregunté entonces cuál era su receta y me contestó que ninguna, que simplemente iba a ser bien difícil salir del hoyo económico en que habíamos caído. A lo que contesté: “Nadie ha dicho que va a ser fácil, pero desde el aprecio se construye mejor”.

Esta conversación me remitió a tantas otras similares que he tenido a través de los años, desde que Puerto Rico comenzó a decaer económicamente. Me percaté de que en esa negación de posibilidades, en ese desaprecio, había un hilo conductor. Un síndrome. Algunos se habían acostumbrado a ver como “oportunidades” solo aquellas que se explotaban personalmente, las que les tocaron por amistad, herencia, afiliación política, negocios o hasta malversación. Para estos, nuestra isla era como una china que se chupaba y desechaba. Otros, cegándose a sus encantos, veían la vida aquí como un sacrificio que hacían por las oportunidades económicas que existían, pero añorando vivir en un lugar más “cómodo”, más “civilizado”, más digno de su “sofisticación”.

Recordé entonces, con esperanza, que somos muchos los que la amamos de corazón y nos alegramos de despertar todos los días, disfrutando de todas las experiencias que ella ofrece.

No hay duda: muchos están abandonando la isla. Quizás algunos emigran porque no encuentran cómo sacarle más pulpa a la china. Molestos, le dan la espalda en cuerpo y alma, mentalizándose para no mirar atrás.

Pero la vasta mayoría de los que han estado abordando ese avión lo hace por necesidad, económica, de salud, etc. Es una separación dolorosa, con deseo de volver. Por estos, y por nuestros hijos y nietos es que tenemos que luchar para rescatar a nuestra isla.

Tenemos que unirnos para construir un nuevo Puerto Rico, un maravilloso destino para el mundo, creando oportunidades tanto para los que se quedan, como para los que regresan -aunque sea a visitar- y así descubran cómo lo hemos mejorado, sin perder nuestra esencia. ¡Les invito a pensar que este, nuestro Puerto Rico, se construye desde el aprecio, no desde el desaprecio y menos aún desde el desprecio!

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