Benigno Trigo

Tribuna Invitada

Por Benigno Trigo
💬 0

Contra el Naled y la desesperación

Mi madre (la escritora Rosario Ferré, 1938-2016) falleció este año de un tipo de Parkinsonismo llamado Atrofia Multi-sistémica (MSA por sus siglas en inglés) sobre el cual se sabe poco. Se especula que los pesticidas como Naled son una de las causas de MSA.

Se trata de una enfermedad muy rara, que afecta de 15,000-50,000 personas en los Estados Unidos, que puede durar de 5 a 15 años, y que afecta el sistema nervioso y los sistemas autonómicos del cuerpo (sistemas involuntarios como la respiración o los latidos del corazón). A diferencia del paciente de Parkinsons, el paciente de MSA nunca pierde sus capacidades mentales, pero sí pierde su capacidad de movimiento, su habla, y toda su capacidad de expresión. Al final de la vida de la enfermedad, el paciente sufre del síndrome de encerramiento: está encamado, lúcido pero aprisionado dentro de su propio cuerpo, sin posibilidad alguna de comunicación, ni siquiera por los ojos. Sus músculos dejan de responder a su voluntad. Al día de hoy no hay cura para esta enfermedad, tampoco hay drogas que detengan su progreso. Sólo hay medicamentos dedicados a tratar sus síntomas.

Mi madre sufrió esta enfermedad durante los últimos 15 años de su vida. La sobrevivió por tanto tiempo gracias a sus recursos económicos, al trato profesional de su equipo médico, al cuido de sus enfermeras y damas de compañía, a la visita de sus amigos, y a la presencia de su familia. Pero mi madre también vivió con MSA por tanto tiempo porque gozaba de unos grandes recursos interiores. Sobre todo me comunicaba una gran calma, cuando yo me desesperaba ante el diagnóstico de una enfermedad tan terrible como MSA. Durante el tiempo que vivió con la enfermedad, mi madre organizó tranquilamente sus asuntos; terminó metódicamente su último libro de ficción (Lazos de sangre); revisó con calma sus archivos personales; preparó sus Memorias; hizo un cuidado inventario de su colección de obras de arte; elaboró listas de cuadros para cada uno de sus seres queridos, etc. Cuando no pudo escribir más, tampoco desesperó. Aprendió a dibujar, y transformó la línea temblante de su mano en la forma y estilo de una nueva escritura. Dibujó hasta que no pudo más. La enfermedad fue implacable con ella, pero frente a su efecto devastador, mi madre siempre mantuvo su calma y tranquilidad. Una noche, cuando mi preocupación por ella se me veía en los ojos, me escribió en la computadora, lenta y deliberadamente, tecla a tecla, “no te preocupes por mí, no me duele, y sobre todo no te desesperes”.

Las causas del Parkinsons y del tipo de Parkinsonismo que enfermó a mi madre nos son todavía desconocidas. Un artículo publicado en la revista Experimental Neurobiology del 2014 afirma que según varios estudios independientes los pesticidas son un factor de alto de riesgo para MSA. Dos de estos estudios que se publicaron en la revista Archives of Neurology en 1999 y en 2002 especulan sobre losposibles orígenes del Parkinsons y del Parkinsonismo. El primero es un estudio de una muestra de 100 personas localizadas en Houston, Texas. El segundo estudia una muestra de 8,000 campesinos japoneses-americanos en la isla de Oahu, Hawaii. En ambos, se propone que el contacto con altos niveles de pesticidas puede ser la causa de estas enfermedades. En el segundo artículo se menciona el pesticida Dibrom, uno de los nombres para Naled.

Como se sabe, el gobierno de Puerto Rico hoy contempla el uso masivo de este insecticida como respuesta a la amenaza de otra enfermedad poco conocida. La medida es extraordinaria, y a ratos me parece un acto de desesperación.

Pero la desesperación del gobierno tampoco me sorprende. Recuerdo mi propio abuso de los insecticidas cuando era niño y vivía en Puerto Rico. Durante las excursiones de la familia a la playa me rociaba la cara con desenfado mientras aguantaba la respiración y cerraba los ojos para protegerme de lo que sabía era un químico peligroso. Mi primer acto de auto-violencia colonial puede haber sido la frase “Dame Off”. Cuando la crisis del petróleo de 1974 llevó a mi madre a apagar el aire acondicionado central de mi casa, y a poner abanicos y mosquiteros en nuestros cuartos, recuerdo que buscaba desesperado la protección de la terraza donde se sentía la brisa del mar y el aire de los abanicos del techo. Pero no sabía que la jardinera de helechos gigantes que la rodeaba también era un criadero de mosquitos. También recuerdo las visitas regulares de Oliver Exterminating con los grandes tanques de insecticida en la espalda. Varita mágica en mano, mataban los mosquitos que volaban por toda la casa. Yo seguía aquel ángel exterminador con la misma desesperación, y aspiraba profundamente su dulce cura milagrosa temiendo que podía estar envenenándome.

No hay que ser médico para darse cuenta que el virus zika es una enfermedad muy seria que se tiene que afrontar y combatir. Pero la antigua idea del exterminio masivo del mosquito Aedes Aegipti que no sólo pone en riesgo a la población, sino también al sistema ecológico durante 24 horas me parece una reacción extrema y hasta desesperada – aunque también sea completamente comprensible. Frente a la amenaza de lo desconocido, me parece más sensato actuar con serenidad, de la manera más ordenada, deliberada, y responsable posible. Antes de tomar medidas extraordinarias, tal vez se debiera contemplar la posibilidad de usar medios menos invasivos, más profilácticos, que a la larga puedan servir mejor a la población y a su entorno. Y sobre todo, hay que hacer un gran esfuerzo por no desesperar.

Otras columnas de Benigno Trigo

miércoles, 5 de septiembre de 2018

La quiebra y la fe

El escritor Benigno Trigo argumenta sobre la importancia de la fe en momentos difíciles, como la quiebra de la Iglesia

💬Ver 0 comentarios