Ana Teresa Toro

Punto de vista

Por Ana Teresa Toro
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Contra la normalidad

El pasado 6 de mayo el diario francés Le Monde publicó un manifiesto titulado Contra una vuelta a la normalidad. El texto fue el resultado de una iniciativa liderada en conjunto por la actriz Juliette Binoche y el astrofísico Aurélien Barrau, y contó con la firma de unas 200 figuras influyentes en el mundo de la ciencia y la cultura como Robert De Niro, Cate Blanchett, Javier Bardem, Penélope Cruz, Kate Del Castillo, Pedro Almodóvar, Madonna, Alfonso Cuarón, Julianne Moore y Vanessa Paradis, así como varios premios Nobel de Física y Química y de la Paz, entre otros.

El manifiesto define el escenario actual: un colapso global. Y hace un llamado a “una refundación profunda de nuestros objetivos, valores y economías”. Además, identifica el consumismo, la contaminación y la creciente desigualdad social como los principales males sociales que debemos atender, no como una cuestión meramente de principios y dignidad, sino de supervivencia.

El texto no escapa de las palabras mayores, de la filosofía de vida y pensamiento y va de frente a las ideas que marcarán el nuevo tiempo que vendrá tras esta crisis de proporciones globales. Lo releo y observo con preocupación las noticias que nos llegan de lugares como Wisconsin, donde luego de haber flexibilizado las recomendaciones de distanciamiento social, los ciudadanos han salido a desbordar los bares y negocios. Inquietud similar me provoca la urgencia de los abanderados de las economías —tanto en nuestra isla como en el resto del mundo— por enviar a la gente a la calle y echar a andar las ruedas económicas a todo tren. En su discurso hablan de una vuelta a la normalidad, y no lo hacen inocentemente.

¿Cuántas veces no hemos soñado con volver a la normalidad sin preguntarnos si ese modo de vida nos servía bien? Quienes hacen estos llamados, sin tomar en cuenta la información científica que podría orientarnos adecuadamente acerca de cómo iniciar esta transición cuando sea el momento más seguro, se aprovechan de esa debilidad humana de preferir el mundo conocido —por malo que sea— al mundo por conocer con toda su incertidumbre. Se aprovechan de nuestra tendencia a las certezas, de la comodidad que devenimos de lo estático, del vértigo que nos provoca una nueva realidad. Habrá quienes genuinamente se preocupen por el doloroso saldo social —hambre, pobreza extrema y mayor peligro de contagio— que se deriva del desplome económico, pero a la mayoría podemos leerle claramente la intención: quieren volver al mundo como era, donde estaban mejor que la mayoría, donde su cómoda normalidad era inalcanzable para el resto.

De ahí que les preocupe tanto este largo tiempo que estamos pasando en nuestras cuevas, temen quizás que nos demos cuenta de que esa normalidad que hemos dejado atrás en esta pausa colectiva sin precedentes en la historia contemporánea nos lleve a abrir los ojos y atrevernos a plantearnos laspreguntas grandes, a exigirlas transformaciones sociales que meses atrás eran descartadas como utopías inalcanzables y que hoy se nos presentan como las únicas soluciones razonables. Me refiero, claro, a temas como la defensa y fortalecimiento de los sistemas públicos de salud y al salario universal, entre otros. Porque sucede que eso es lo que pasa cuando uno se encierra en la cueva, pierde la noción del mundo conocido y se atreve a imaginar uno distinto.

En el contexto puertorriqueño es tiempo de redefinir nuestra normalidad. ¿Para qué vamos a seguir tomando los modelos estadounidenses como barómetros de excelencia si ante esta pandemia, ese país ha renunciado a su lugar como líder en el mundo y ha fracasado criminalmente en su manejo de la emergencia? ¿Será el gobierno local, con su deficiente manejo de la información, quien tenga la autoridad para guiarnos hacia una transición segura hacia la nueva vida en medio de la pandemia o es tiempo de escuchar a los expertos? ¿Cómo diseñaremos nuestras interacciones sociales futuras para garantizar la salud de la mayoría? ¿Qué plataformas del estado tendremos que refundar y redefinir (un saludo al Departamento del Trabajo)?

La lista de preguntas es infinita, pero la invitación es una sola: no volvamos a la normalidad. Creemos una normalidad nueva, distinta. Si llevan años con el sonsonete de reinventarnos ante las múltiples debacles económicas, pues reinventemos de una buena vez la bendita rueda.

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