Ana Teresa Toro

Punto de vista

Por Ana Teresa Toro
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Contra la productividad

Primero lo primero: leer en medio de una pandemia —que ha matado a cientos de miles de personas alrededor del mundo, que ha enfermado de gravedad a ciudadanos de decenas de países, que ha llevado a la pobreza extrema a los más vulnerables y ha sacudido los cimientos de las economías del mundo con las graves consecuencias para la gente que esto representa— que “el virus fue productivo”, debe cuanto menos provocarnos estupor, por no decir rabia, coraje, vergüenza ajena y propulsión a la purga. Ahora, dicho esto, merece la pena detenernos a pensar en el uso de esa palabra “productivo” y lo que representa en términos de los valores que la sociedad contemporánea promueve. 

No es extraño que se haya escogido precisamente esa palabra. Hoy día el valor de la “productividad” se coloca por encima de los valores humanistas, los mismos que en medio de esta coyuntura tan delicada han venido a salvarnos. ¿O habrá alguien capaz de admitir que se ha pasado la cuarentena sin recurrir al menos una vez a una película, un libro, un concierto virtual, una serie de televisión, un rato de pintura, de danza, de música o cualquiera de los diversos frutos de esos oficios que de tanto “no servir para nada”, han terminado sirviendo para todos? La respuesta es obvia, pero esa es otra conversación. Importa en este momento prestar atención a los valores sociales que subyacen ese concepto siniestro de un “virus productivo”. 

Vivimos en la era de la súper productividad, donde si no estamos ocupados la mayor parte del tiempo, nos sentimos —o la sociedad nos hace sentir— fracasados. Tanto es así que cuando saludamos a alguien que no vemos hace un tiempo, la primera pregunta no es ¿cómo estás?, sino ¿qué estás haciendo? Bajo ese valor, eres y vales en tanto y en cuanto haces y produces. Cualquier otra existencia no tiene valor. Es la lógica del capitalismo salvaje, la misma que celebra “la productividad” de un virus asesino. Por ejemplo, bajo esa lógica queremos organizar, administrar y potenciar los espacios de ocio para adultos y niños, esos lugares en los que solían surgir ideas, relaciones y soluciones a los problemas desde una perspectiva humanista y no rentable. Porque la productividad implica rentabilidad y bajo esa visión de mundo, toda esta pandemia vale la pena únicamente si alguien logra capitalizar sobre ella. Ante eso, por favor, vomitemos colectivamente. Purguémonos de ese filtro asqueroso a través del cual quienes han olvidado toda empatía por el prójimo se mueven por el mundo. 

Pero no olvidemos que los valores cambian, evolucionan y se transforman y va siendo tiempo de que prestemos atención a los extremos que este modo de vida nos ha querido instalar. No hay nada de malo en sentirse productivo, en derivar orgullo y bienestar tras el esfuerzo que conlleva producir alguna cosa, y por qué no, derivar una generosa ganancia de ese esfuerzo. El problema está en cifrar toda nuestra existencia en esa sola experiencia humana, obviando por completo los valores de aquello que también nos nutre más allá de los bolsillos propios o ajenos. 

Además, esto tiene un saldo muy pesado, deshumaniza. Pues la única manera de vivir dentro de la escala de valores de la súper productividad es alejarse de los valores que no producen nada, y finalmente volverse cínicos. No hay de otra. El ejemplo más claro es el comentario cruel y deshumanizante que aparece en el intercambio de mensajes de textos en cuestión, acerca de celebrar un cumpleaños con un bizcocho en forma de ventilador. La crueldad no necesita explicación. 

Por ello, a la hora de denunciar estos actos corruptos, rechacemos con la misma fuerza los valores que los sostienen. Si no lo hacemos ahora, ¿cuándo?

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