Ana Teresa Toro

Punto de Vista

Por Ana Teresa Toro
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Contra los llamados al civismo

Antes del linchamiento que podría propiciar el título de esta columna, una aclaración. Vivir en sociedad requiere que todos y todas aceptemos como modo de vida un grado saludable de civismo. La aceptación de unas reglas básicas de convivencia es indispensable. Con esto no hay ningún problema. Lo que sucede es que cada vez con más frecuencia, se recurre a los llamados al civismo para condenar las denuncias ciudadanas que, cansadas de esperar pacientemente ser escuchadas, se ven en la obligación de irrumpir en el orden cotidiano y trastocarlo para lograr ser atendidas. 

Siempre ha sido así. A los estudiantes que defienden su derecho a la educación y defienden la universidad pública, se les pide civismo. A las mujeres que, hartas de que nos maten, paralizan una autopista se les pide civismo. A los trabajadores y trabajadoras que salen a la calle a exigir un mínimo de los derechos para poder tener una vida digna, se les pide civismo. A los viequenses que llevan décadas de abandono y marginación, y aprovechan el poco acceso que tienen a las figuras de poder para hacer sentir su frustración, se les pide civismo. A las víctimas del racismo institucionalizado, se les pide civismo cuando osan señalar el sistema que les oprime. A cualquiera que se salga de la línea para reclamar una vida mejor, se le pide civismo. Y así, la lista es infinita y frustrante. 

Me suelen parecer sospechosos los llamados al civismo, a la calma, a la mesura, al buen comportamiento, al control. Son palabras clave que suelen estar en la boca de aquellas personas que se benefician de un orden social y unas estructuras políticas e institucionales que se sostienen a costa de la desigualdad social y de las condiciones de vida injustas que tienen que tolerar la mayoría. 

De pronto tenemos todos y todas que portarnos bien, que protestar sin hacer mucho ruido, que denunciar sin el fuego en la sangre de la indignación, que dejarnos pisotear y elegantemente, agradecer el pisotón antes de expresar en voz muy tenue que nos han roto en pedazos todos los huesos de los pies. Decir que nos duele, pero sin que nadie se ofenda. Bendito, es que al que pisa se le puede herir el ego.

Pareciera un asunto menor, si no fuera porque estos llamados al civismo —que no son otra cosa que llamados al control y al fortalecimiento del orden establecido— tienen consecuencias políticas concretas en la vida de la gente. Por estos mal llamados al civismo, líderes políticos del país como lo fue en su momento Ricardo Rosselló y lo es en el presente, Jenniffer González, han bajado la cabeza, se han humillado —y en el caso de la comisionada residente, lo sigue haciendo— y han tolerado las afrentas más odiosas en la historia reciente a la dignidad del país por parte del presidente Trump, sin protesta. Afrentas que nunca se han quedado en palabras, para los puertorriqueños y puertorriqueñas son acciones concretas que se manifiestan en los servicios esenciales todos los días. 

En aquella nefasta conferencia de prensa después del huracán María, Ricardo Rosselló debió dejar el civismo a un lado y virar aquella mesa patas arriba. O cuanto menos, mostrar algo de carácter. Esa docilidad disfrazada de civismo, o de “diplomacia”, muchas veces tiene como consecuencia la aceptación de políticas concretas que sufren los ciudadanos, los mismos que no logran llegar a sus casas por falta de transporte marítimo, los mismos que no tiene un salario digno o que aún esperan por las ayudas tras la emergencia que por derecho les corresponden. Son los mismos y las mismas que salen a protestar, con la piel y la sangre hirviendo de ansiedad, desesperación, dolor y coraje y se topan con el estado y todo el liderato de los espacios de poder, pidiéndoles desde la comodidad de sus aires acondicionados “un poco de civismo”. Hicieron bien los viequenses en suspender el orden que tanto daño les hace, para exigir un orden distinto. Son cobardes quienes les condenan y les piden “civismo”. Sospecho de quienes se agarran de este discurso, para difamar a quienes reclaman un ápice de justicia. Sospecho de los llamados al civismo. Si uno traza bien su origen, rara vez nacen de la búsqueda de una sana convivencia. Por lo general, surgen de un desesperado anhelo de defender ese orden desbalanceado que les genera comodidad.

En tiempos como estos, prefiero a veces los llamados a la rabia que a ese falso civismo.  


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