Julio Fontanet

Tribuna Invitada

Por Julio Fontanet
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Conversar con víctimas y sobrevivientes

La pasada semana el Proyecto Inocencia de Puerto Rico, adscrito a la Facultad de Derecho de la Universidad Interamericana, participó en la reunión anual de la red Innocence, celebrada en la cuidad de Memphis. Como todos los años, son presentados de un modo muy especial —y en el marco de diálogos y foros de análisis— aquellas personas que han sido exoneradas, en los doce meses previos, de condenas equivocadas en los Estados Unidos. Este año fueron presentadas 55 personas, hombres y mujeres que fueron acusados y convictos erróneamente. Nuevamente, la prueba de ADN fue la herramienta fundamental para su liberación.

Es la cuarta ocasión en que participo de esta actividad. Siempre resulta impactante y, sobre todo, drenante emocionalmente. En este pasado encuentro, distinto a otros años, había un elemento novedoso: la participación de personas que habían sido víctimas de delito, que descubrirían que las personas convictas en sus respectivos casos eran inocentes y que estaban allí para interactuar con ellas. En ese sentido, el énfasis que se le brindó a la presencia conjunta de víctimas y sobrevivientes de distintos delitos fue sumamente acertado. Adviértase que, además del sufrimiento provocado por el delito cometido, al agravio se estaba sumando el hecho de que una persona inocente estuvo presa por un crimen que no había perpetrado.

Fue en ese contexto que conocí a Janet Burke, quien compartió con la audiencia que fue violada luego de resistirse y ser amenazada con un puñal; que semanas después la Policía le mostró en el cuartel un sospechoso y que, al verlo, se desmayó por el impacto, pero que no tenía duda que era él. Expresó lo difícil que fue borrar ese capítulo de su vida, que tuvo que reabrir, 25 años después, al enterarse de los nuevos resultados de la prueba de ADN que exoneraban a la persona convicta y que, al mismo tiempo, proveían el perfil genético del verdadero agresor sexual. También implicó compartir todo con sus hijos, que no sabían del incidente acaecido antes de que nacieran. También tuvo como consecuencia volver a encontrarse con la persona que ella denunció erróneamente.

Hay, lamentablemente, muchas historias similares. En todos los casos hay un denominador común: una investigación carente de rigor científico y de un genuino esfuerzo por encontrar al verdadero culpable. En su lugar, lo que se da, meramente y a prisa —por razones de diversa índole— es la urgencia de apuntar a un sospechoso para “resolver el caso”.

Comentaban las victimas que, en muchas de las circunstancias, percibían que los funcionarios públicos que habían participado en la investigación original estaban más preocupados con protegerse y justificarse que con explicarle con honestidad intelectual por qué había acontecido esta injusticia. Recordaban cómo, a lo largo de la investigación y del juicio, dichos funcionarios les aseguraron que habían arrestado a la persona verdaderamente responsable. El malestar y frustración de las víctimas con lo acontecido fueron evidentes.

Empero, dentro de esa frustración resultó edificante para las víctimas reencontrarse con los exonerados, quienes no meramente perdonaron, sino que expresaron que las víctimas iniciales eran, de otra manera, víctimas también del sistema. Ello les ha permitido superar esa terrible experiencia y, en lugar de volver a enterrarla, estas víctimas han optado valientemente por convertirse en portavoces del Proyecto Inocencia, particularmente por colaborar con las futuras víctimas que, en algún momento —y gracias al ADN—, se enterarán de que la persona convicta en su caso no es el verdadero perpetrador.

Hasta ahora, el Proyecto Inocencia de Puerto Rico ha creado una división de trabajadores sociales para darle apoyo a las personas exoneradas y a su entorno. La experiencia reciente en Memphis nos apunta a la necesidad imperiosa de extender también ese apoyo a las víctimas y sus familiares. En casos como estos, tan complejos, hay demasiadas verdaderas víctimas.

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