Mabel M. Figueroa Pérez

La editora opina

Por Mabel M. Figueroa Pérez
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Convivir entre la muerte, el duelo y la esperanza

Palabra: Duelo

Significado: Proceso sicológico tras una pérdida

Etimología: Proviene del latín 

Duelos entre silencios y soledades, sin abrazos ni caricias de consuelo. 

Duelos sin despedidas simples ni pomposas. 

Duelos entre estadísticas que se disparan y bolsas de valores en caída. 

Duelos entre manos extrañas que surten un efecto de ilusiones metamórficas de último calor amoroso de acompañamiento. 

Duelos a lo lejos, entre aislamientos y cremaciones.

Duelos en todos los idiomas y geografías. 

Duelos sin edades ni géneros. 

Duelos súbitos o de esperas que se sienten eternas. 

Duelos empapados de miedos e incertidumbres. 

Duelos de todas las religiones y también libres de dogmas. 

Duelos entre experimentos científicos y reuniones a nivel mundial. 

Duelos sufridos por tantos y por todos, aunque no sea el duelo de uno de los nuestros. 

Duelos, muchos duelos…  Duelos dolorosos, como tan dolorosos los duelos siempre son. 

A las puertas del 2020, la misteriosa muerte llegó y posó sus garras con una fuerza colosal en China portando la bandera de un nuevo virus letal y altamente infeccioso: COVID-19. Son aliados y tienen al mundo intentando lograr un arma que los aleje de la humanidad o que, al menos, nos permita convivir con el coronavirus sin su yunta de aniquilamiento. 

Hablar de la muerte siempre es difícil. Tal vez es porque nos causa ese temor a lo desconocido o porque es duro ver cómo abraza a un ser querido hasta expirar. Desde que tomó la decisión de extender sus tentáculos por el globo terráqueo, hoy es tema obligado a diario en nuestras casas. Contamos las defunciones cada mañana al levantarnos y cada noche al acostarnos a dormir. Y nos mantenemos aislados porque no queremos su visita. Ni siquiera que asome un vestigio de su personificación, con capa negra y una hoz, el símbolo que los vivos le dimos hace ya mucho tiempo a la muerte.  

Todos, o casi todos, hemos visto los ojos de la muerte cuando se lleva a un ser amado. Es parte de la vida misma, aunque nos deje huellas muy dolorosas y profundas. Aprendemos a lidiar con ella y a torearla con eficacia hasta espantarla. Lo que pasa es que el desconcierto que vivimos con la pandemia nos atemoriza y puede ser un agravante más fuerte que el propio virus que combatimos. Todos estamos pendientes de sus movimientos por el mundo. Aún se estudia la forma en que su aliado, el COVID-19, asalta los cuerpos y le extrae el último suspiro a otra vida. 

Comenzó su desgarrador peregrinaje por China, Irán y Corea del Sur. Poco a poco se fue moviendo y su sombra se aparcó en Italia con tanta rabia, que aún no los deja. El sistema de salud italiano colapsó y es muy probable que muchos hayan sido víctimas de este desastre, más allá del virus. Allí vimos las historias de vidas apagándose solas, lejos de los suyos, y a los suyos, con el sufrimiento de no poder despedirse.

La muerte junto al coronavirus no se detuvo. Siguió su camino por Europa y lo arropó. Llegó al continente americano y allí sigue. Los expertos del CDC en Atlanta, junto al presidente Donald Trump, proyectaron ayer una oleada inexorable de 200,000 vidas que se extinguirán en Estados Unidos si mantienen el régimen de aislamiento impuesto en el mundo. Si no, los augurios son de dimensiones mayores. 

Es una cifra que por más que le doy cabeza no logro entender.

Sí, es cierto que poco más de 882 mil seres humanos se han infectado y 44 mil víctimas fatales se han reportado a lo largo y ancho del planeta Tierra. Pero hablemos de lo que también es cierto y no se habla con tanta frecuencia: de aquellos que han sido confirmados como infectados, más de 652 mil casos han demostrado síntomas leves o ninguno y, solo un poco más de 33 mil afectados sufren de enfermedad crítica. Más aún, 185 mil seres humanos no doblegaron su existencia y le asestaron un duro golpe a la pandemia que hoy ensombrece al mundo. Sus fuerzas, su sistema inmunológico, los médicos y enfermeras, la consistencia de un tratamiento, les hizo ganar la batalla al virus y con ello, a la muerte (worldometers.info/coronavirus/ <http://worldometers.info/coronavirus/> ). 

Es en estas cifras que debemos concentrar nuestros esfuerzos, analizar bien el porcentaje de vidas que gana la muerte vs. el porcentaje de los que no le dan tregua y la vencen. Todavía no entiendo cómo en las estadísticas de Puerto Rico no podemos medir cuántos de aquellos infectados han sido hospitalizados al desarrollar síntomas verdaderos, cuántos se encuentran en estado crítico, cuántos han sido dados de alta, los que se curan del coronavirus. Son datos extremadamente importantes a la hora de analizar nuestro entorno con la llegada del COVID-19.

Y son importantes por dos razones muy simples: esos números representan la verdad de que son muchos más los que vencen a la muerte que los caen ante ella y porque las victorias de tanta gente que no son contadas en masa, como nos cuentan tantas fatalidades, son la viva esperanza de todos.   

Vivimos un duelo planetario, sí. Pero comencemos también a celebrar los que sobreviven, que son muchísimos más, y pongamos la esperanza de cada ser humano que habita nuestro planeta para que los expertos encuentren la cura y que sea pronto.

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