José Gabriel Martínez Borrás

Punto de vista

Por José Gabriel Martínez Borrás
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Cooperación y desarrollo internacional ante el virus

La crisis socioeconómica experimentada por la economía global ante la pandemia nos demuestra la insostenibilidad de la globalización en ideología y práctica. 

De hecho, esta fue anticipada desde la crisis de 2008. Entonces, China tuvo un rol protagónico al expandir su economía con programas de estímulo que impulsaban importaciones que ayudaron a países del sur a continuar con sus exportaciones. Con la actual crisis, hay dudas de que China vuelva a tomar un rol similar, aunque jugará un papel protagónico en su respuesta. 

A la vez, los Estados Unidos han perdido liderazgo. Hoy se encuentran atrapados en retóricas nacionalistas mientras el gobierno ha dejado a su población a la merced del virus. 

El sistema global ha demostrado tal nivel de fragilidad que ha dejado expuesto las cadenas de producción, el comercio a larga distancia, y la dependencia en exportaciones, sin crear bienestar general. El consenso de Washington, del cual se habló en los años noventa, ha quedado deslegitimado. 

Es necesario un nuevo consenso ecológico multilateral, que democratice las organizaciones internacionales, para así aminorar este tipo de coyuntura e incorporar las necesidades de los países en vías de desarrollo (PVD) con respuestas inmediatas. 

El Fondo Monetario Internacional (FMI) debe facilitar la liquidez para paliar la crisis ante países del Sur a través de derechos especiales de giro, una moneda internacional que se gesta a través de una canasta de monedas. Los PVD son los más impactados ya que han perdido inversiones y empleos (en industrias que se dedicaban a satisfacer mercados exteriores y no a las necesidades domésticas) y una rápida depreciación de sus monedas. 

Debe haber una moratoria de la deuda externa, sin intereses, para los PVD. Sería una manera de redirigir sus gastos a la salud, la cual es de urgencia ante el virus. Muchos países pagan más deuda que lo que invierten en bienes públicos como salud, por ejemplo. Muchas de estas deudas son cuestionables en cómo se incurrieron y en quién las paga. 

Los ciudadanos más precarios son quienes pierden empleos ante la caída de la demanda de sus exportaciones, generadas, en muchos casos, por las inversiones que también han cesado. Por ende, los PVD deben instituir control de capitales, que les permita controlar la salida y entrada del capital a su país y dirigirlo para las necesidades de la ciudadanía. 

Así, se debe reconsiderar el rol de la planificación económica, no dependiente de exportaciones y necesarias para abastecer a las comunidades, por ejemplo, de alimentos necesarios. Hay que replantearse un sistema de localización de la producción – lo contrario a la deslocalización (offshore) – de manera ecológica (implementación de la producción y el uso de tecnologías renovables como productora de empleos) y con bienes públicos como derechos humanos. 

Es un consenso necesario que termina con la mirada estrictamente economicista y de mercados que prevaleció el siglo pasado, y que se enfoca en la cooperación internacional y en necesidades básicas reforzándolas con una mirada ecológica. 

Esta semana se reúne el FMI y el Banco Mundial a mirar maneras de afrontar la crisis. A pesar de ser instituciones criticadas por décadas por representar los intereses de Occidente, en detrimento de los PVD, la situación amerita una verdadera respuesta. 

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