Yamilka Schumacker Robles

Tribuna Invitada

Por Yamilka Schumacker Robles
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Corazones rotos que se fueron de Borinquen

Quiero contarles una historia muy personal sobre corazones rotos. É l nació en 1960 y ella en el 1961. Fueron novios desde la escuela intermedia, en Fajardo.

En 1980 nace su primera hija. Él, trabajaba de sol a sol en construcción. No siempre tuvieron lujos, pero eran felices. En 1983, nace su segunda hija (Yo). ¡Qué cosa rara!, les salió blanquita. Pero en Puerto Rico es muy común, además de que Él es negro y ella es blanca.

Entonces, por cosas de la vida, tres años después, ella queda embarazada por tercera vez. Ya el pequeño apartamento en el residencial no va a ser suficiente, ni trabajar en construcción. Así que él entra al cuerpo de la Policía, el 4 de julio de 1986. Ella tiene la dicha de que su tía dividió los terrenos en el campo y le dio su herencia en vida. Y como todo jíbaro puertorriqueño sobrentendían que su palabra valía. ¡Que equivocada estaba!  Así que esta pareja, ya con tres hijos, decide comprar la casa de sus sueños, esas Masso de madera de los años 80.

Día a día, durante un año, con sus propias manos, él construyó su hogar. En 1989, mientras el huracán Hugo azotaba, nació la numero cuatro y última del clan. Entre altas y bajas, su casita prevaleció. Soporto Hugo, Georges e Irma, pero a María no.

Estos dos corazones, ya retirados de ser servidores públicos, perdieron su techo y todo lo que estaba dentro del hogar. Y allí comenzaron a romperse sus corazones y el mío.

Durante 70 y pico de días miraban a la derecha para ver su casa, bueno, sus paredes vacías a la espera de una “ayuda”. Ella quería llevarse su corazón roto de la isla, pero aun el corazón de él aguantaba un poco más.

De repente, niegan la “ayuda”. ¡Que iba a saber aquella jibarita que le dio la herencia en vida a su sobrina que la palabra campesina no pesa ante el gobierno!... Entonces fue cuando realmente se escuchó ese sonido que hacen los árboles al caer cuando el viento del huracán ruge. Es el sonido del corazón roto. No se si fue el de él, el de ella o el mío. Y sin saberlo, ese par de corazones rotos le contestó la pregunta a la escritora que hace 24 años escribió: “Los cerebros que se van y el corazón que se queda”, Magali García Ramis.

Ella comienza su escrito diciendo: “Tiene que haber un momento exacto del día donde toman su decisión”.  ¿Saben que momento exacto es ese? Cuando no le dan opciones al pueblo para salir de la crisis. Cuando las ayudas siguen en los muelles y no llegan a los más necesitados. Cuando los comedores de las escuelas solo tienen cerdo enlatado. Cuando aun sin servicio, te cobran un “estimado” de agua y luz. ¿Luz? ¡Que broma pesada!  Ese es el momento. Para este par de corazones rotos, el momento fue cuando, a pesar de vivir 30 años en esa casita, de haber criado a cuatro hijos y dos nietos e incontables perros, gallinas, pavos, gansos, caballos y conejos, el frío gobierno decide que eso no importa porque no hay un papel que diga que ese pedazo de tierra les pertenece. 

Se fueron con la esperanza de que quizás en mayo llegue la luz al campo y podrán ahorrar para volver a rehacer su casa. Ahora, él tiene 57 y ella 56 y son una estadística más de los corazones rotos que se fueron a ser parte de la diáspora.  Mientras, ente cerebro se queda aquí también con el corazón roto, pero tratando de abrir la mentes y los ojos de quien lo permita.

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