Eduardo Villanueva

Punto de vista

Por Eduardo Villanueva
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Coronavirus: el conflicto y la cooperación

Lo he dicho muchas veces, vivo orgulloso de mi pueblo. El virus que nos azota por la corona ha obligado a rediseñar todo modo de convivencia. La gente que añora abrazar, besar, tocar manos, boca y anatomía en general, lo hacen de lejos y con símbolos mientras sea necesario. Los artistas inventan, realizan conciertos virtuales. Los vecinos averiguan por teléfono y por internet qué le falta a otros vecinos, especialmente a los mayores para incluirlos en la compra del supermercado. Los gandules, los plátanos, los huevos, el limón y las chinas se comparten y se regalan, cuando hay para la familia y para los demás, no exactamente familia. La solidaridad y la generosidad aquí no se obligan, ni es necesario sobre-enfatizarla, a la gente le sale natural. Tenemos sentido y dinámica de tribu que nos viene de los moros, vía España y se solidifican por los criterios éticos religiosos y no religiosos, que nos enseñaron y bebimos en la socialización del hogar.

Lo impensado ocurrió, se dio una prórroga partidista que nadie tuvo que invocar ni imponer. Se dio por patriotismo y por sentido de humanidad. Los varios candidatos(as) a la gobernación han sido prudentes y deferentes con la gobernadora, han señalado solo lo necesario en términos de propuestas positivas. Han apoyado su cierre, aunque su Resolución fuera, como sabemos, vaga y sobre-inclusiva, en el lenguaje que la define. La nación puertorriqueña tiene varios rasgos que la destacan como un ente diferenciable y uno de los más constantes y hermoso es precisamente la solidaridad y el amor al semejante, que demostramos en épocas de crisis real como la que enfrentamos. Los poetas saben siempre cómo decir en palabras lo que no se puede decir en palabras. Nos convoca y nos dice el poeta nacional, Juan A Corretjer:

¿Qué será en el mundo

lo que va a pasar?

¿Qué me hace la mar

si en ella me hundo?

Siento en lo más profundo,

como ardiente cirio,

ajeno martirio.

La pluma quemaba

y el libro se acaba.

¡Dios te salve, lirio!

Lo ocurrido servirá para aprender la lección de los silencios. El canto indecible de los pájaros que celebran que la naturaleza se va limpiando de contaminación y que el mayor depredador, que es el hombre, no los cazará. Nos ayudará a entender mejor el concepto de aldea global y el dolor de saber que maltratamos el cuerpo hasta debilitarlo en su resistencia natural a bacterias, virus, hongos y la enfermedad mayor, que es la malnutrición que toleramos en los pobres. Ahora los poderosos saben que un microbio es más poderoso que un arma nuclear y la ONU no servirá para bloquearlo, ni permitir que las grandes potencias abusen de los países pequeños. Ahora la solidaridad es salvavidas, no una consigna hueca para ganar elecciones.

En este momento, la escuela es enseñanza a distancia por necesidad, con menos interacción humana. Pero no se puede permitir que se ahogue el ansia de aprender estimulando la curiosidad y la sensibilidad intuitiva. Hay que lograr que la naturaleza encienda el imperio de los sentidos, para que las potencias de la razón se maximicen y no solo la tecnología sea instrumento de uniformidad. Los grandes no pudieron, pero un microbio nos enseñó, nos obligó a ser más humanos.


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