Roberto Alejandro

Desde la diáspora

Por Roberto Alejandro
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Coronavirus: la irrealidad de “America First”

Un nuevo patógeno recorre el mundo.  De pronto, el planeta se ha achicado. La aldea global era harto conocida, pero nadie había imaginado un planeta reducido a un vecindario de cinco o seis calles y todas con siniestros simultáneos.

Esta versión del apocalipsis tiene tres rasgos que ameritan mención:

El primero es la irrealidad de aquello de “America First”.  

Apenas un mes atrás, la Casa Blanca sometió el presupuesto para el año 2021.  El mismo incluye recortes durante diez años de un billón de dólares (trillón en inglés) en Medicaid y Obamacare; una reducción de 182 mil millones en la ayuda para cupones de alimentos; y otro recorte de 21 mil millones para familias pobres con niños. America First.   

Para el 28 de febrero, cuando ya Alemania había enviado 1.4 millones del equipo necesario para tomar muestras del COVID-19 a la Organización Mundial de la Salud, Estados Unidos había tomado muestras a cuatro mil personas.  Al 17 de marzo, ha analizado muestras de 56 mil personas (1 en 5,800).  Corea del Sur lo ha logrado con 274,000 (1 en 187).  America Last.

Ya en el terreno de la distopía, el CDC ha instruido al personal médico a que reutilicen las mascarillas y, de ser necesario, se amarren un pañuelo al rostro como, quizás agregaron, los forajidos en las antiguas películas de vaqueros.  America Last.

El segundo es el fin del circo trumpiano.  Por más de un mes, el presidente se dedicó a menospreciar la gravedad de la amenaza.  Estados Unidos, dijo, solo tenía 11 casos, el virus desaparecería en abril y, más bien en aguaje, solicitó dos mil millones para el sistema de salud.  En alianza bipartidista, el Congreso repudió la indiferencia presidencial y asignó ocho mil millones.   Pero el circo continuó:  se trataba, alegó Trump, de un hoax demócrata y de la prensa, incansables en perseguirlo.  

Cuando la realidad, inmutable, lo obligó a ofrecer un mensaje a la nación, apareció el señor presidente, más anaranjado que nunca, y con una no disimulada incomodidad por entrar a esa “prisión” de leer un texto solemne donde no podía improvisar el desdé surreal de sus mítines, teatro y realidad del abismo contemporáneo. 

Habló en un tono robótico, aburrido, como si estuviese leyendo la guía de teléfono y con la entonación de un niño resignado a ir frente a su clase para decir “los zapatitos me aprietan” o, en nuestros tiempos, repetir algún rap que le ayudó a escribir su abuela.  El mercado colapsó.

El tercero es la desaparición del republicanismo como política pública. Toda la legislación aprobada o en vías de aprobación es demócrata.  La Cámara de Representantes impuso las pruebas gratuitas del COVID-19, licencias por enfermedad y más fondos para los desempleados.  Y ahora, cuando el Congreso considera enviar cheques a la ciudadanía, parte de un billón de dólares para amortiguar la desolación anticipada en individuos y corporaciones, estamos frente a otra versión del gasto público siempre avanzado por los demócratas.  En cuanto a la idea republicana, la única, eso de reducir impuestos a los ricos, está hoy “missing in action”.  Trump, por supuesto, la sugirió y fue ignorado. 

Desde su campaña, Trump declaró una guerra contra los migrantes latinoamericanos colgados todos del vocablo “Mexicans,” convertido por él en un epíteto-horca.  Ha sido una guerra contra los perseguidos por sombras de miseria y muertes en sus países.  Esa guerra ha inventado “emergencias” postizas para justificar violaciones constitucionales en la construcción de verjas.  Ahora se tropieza con una emergencia de a verdad, no hay señas de aquello de “America First”, y para retornar al circo, Trump dice que es un “war time president”.  De seguro, pronto tendrá su bandana.

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