Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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Coronavirus: la mortal parálisis

No es difícil imaginar lo que le pasó a la gobernadora Wanda Vázquez cuando, a finales de diciembre de 2019, se enteró de que un virus desconocido comenzaba a regarse velozmente por Wuhan, una populosa ciudad de 11 millones de habitantes al centro de la inagotable China.

Toda la verdad nunca se sabrá. Pero puede entenderse que de una u otra forma pasó así: la gobernadora se enteró, así o asá, de manera casual u oficial, de que de un mercado en aquella ciudad había surgido una nueva cepa del coronavirus, conocida como COVID-19, altamente contagiosa y que estaba infectando gente en bruto.

En algún momento, quiso orientarse. Ver, quizás, si era algo de lo que tuviera que prestar atención acá, tan lejos, ella que, para colmo, estaba en aquellos días metida hasta el cuello en la emergencia de los terremotos.

La gobernadora, sabemos todos, no es salubrista. Es abogada. Fue fiscal toda su vida. Si ella quería saber algo de salud, tenía que preguntar y cuando alguien dirige un equipo, y quiere saber, les pregunta a los componentes de su equipo encargados de esa área.

Ahí, es que entran en acción Rafael Rodríguez Mercado, entonces secretario de Salud, y Carmen Deseda, epidemióloga del Estado, el primero despedido y la segunda hoy relegada de toda intervención pública en este, el que debía ser su tema.

No sabemos la orientación que le dieron a la gobernadora, pero sí lo que dijeron en público. El primero decía que esto no iba a llegar, porque no hay vuelos directos entre China y Puerto Rico. Cuando llegó el primer caso sospechoso, se pasó minimizándolo hasta que, el mismo día en que se supo que sí era positivo fue despedido.

La otra dijo una vez que el coronavirus se había regado solo a países cercanos a China como Italia, que queda en un continente distinto.

Se ha pasado en público, además, negando la posibilidad de que el virus se propague por Puerto Rico y dando información completamente equivocada, como el lunes, cuando dijo que el virus solo se transmite por contacto prolongado y profundo con una persona infectada.

Toca creer, entonces, que esa fue la información que guio las primeras determinaciones que tomó la gobernadora Vázquez con este tema. Perdimos semanas críticas de preparación. Mientras las autoridades de aquí seguían los dementes consejos de que esto no llegaría, el virus llegó y empezó a regarse por la población.

Puede que haya sido en el crucero Costa Luminosa, que en momentos en que muchos países empezaban a poner freno a esas embarcaciones, fue recibido aquí hasta con una placa de celebración, a pesar de que traía los que resultaron ser nuestros primeros dos casos de coronavirus, uno de los cuales fue también la primera muerte aquí de las más de 11,000 que ha habido de esta condición en el mundo.

Puede también que haya sido el médico panameño que estuvo un fin de semana de rumba por aquí, quien entró a Puerto Rico como Pedro por su casa teniendo ya síntomas porque no había, en esos días, ningún operativo de monitoreo en los aeropuertos.

Puede que haya sido alguien más. Nunca sabremos. Lo que sabemos es que mientras Rodríguez Mercado y Deseda minimizaban la amenaza, el virus ya andaba por la isla buscando a quién enfermar.

Cuando una semana después de la llegada del Costa Luminosa se supo del primer caso positivo, empezaron las limitaciones de reuniones públicas, los cierres de establecimientos, los monitoreos en el aeropuerto la prohibición de llegada de cruceros y el toque de queda. La mayoría entiende que el encierro es doloroso, pero necesario, para evitar que se continúe propagando el virus.

Lo que pasa es que puede que haya sido tarde. Nadie lo describió mejor que Daniel Colón Ramos, un científico puertorriqueño de la Universidad de Yale en Estados Unidos, que ha estado muy presente en la discusión de este tema: “Cerraron el establo después de que se habían salido los caballos”.

Vino, entonces, el otro desacierto mayúsculo: la limitación de las pruebas. A pesar de que se sabe que portadores del virus han estado aquí hace días, hasta mediados de esta semana, el gobierno seguía limitando las pruebas a personas que hubieran viajado a lugares donde se haya detectado el virus, o que hubieran estado en contacto con viajeros.

Hasta que la dejaron hablar, la doctora Deseda decía orgullosa que no había casos “autóctonos”, o sea, de personas contagiadas que no hubieran viajado ni estado en contacto con viajeros. Nunca se dio por enterada de los muchos que le advertían algo que no hay que ser científico para saber: que no iba a encontrar casos “autóctonos” si no los buscaban.

En resumen: debido a la limitación de las pruebas (hasta ayer el Departamento de Salud solo había hecho 175), solo hay diez casos confirmados por las autoridades de Puerto Rico.

Otros 11 casos fueron encontrados por el Hospital de Veteranos, que ha hecho otras 60 pruebas, al parecer sin el insensato criterio de viaje.

Es muy importante para entender esto ver el hecho de que el Departamento de Salud, que tiene jurisdicción sobre toda la población de 3.2 millones de Puerto Rico, tenga un caso menos que el Hospital de Veteranos, que tiene una clientela de solo 90,000 exmilitares aquí y unos pocos más en Islas Vírgenes.

El resultado de esto es que, en este momento, no tenemos una idea clara de cúan propagado está el virus en Puerto Rico. Vemos noticias de crecimiento exponencial de casos en otros sitios, incluido Estados Unidos, donde habían muerto hasta ayer 301 personas y se nos hiela la sangre. Vemos lo que ha pasado en un país del primer mundo como Italia, donde habían muerto ayer casi 5,000 personas, con uno de los mejores sistemas de salud pública del mundo, y el espanto nos estremece bien hondo.

Por la escasez de pruebas, no existen datos que permitan a los científicos que estudian estos temas, hacer una proyección de cuánto esto nos va a afectar, para prepararnos acorde a ello. Vamos volando sin mapa en medio de esta histórica crisis.

Todos dan por hecho que hay entre nosotros muchos más infectados de los que se han podido identificar por el empecinamiento del Departamento de Salud en ser tan estricto en el suministro de las pruebas.

Todos vivimos con la profunda inquietud de que, en algún momento, vamos a descubrir que esto se disparó a niveles de auténtico horror, por las temerarias acciones de quienes estaban a cargo de esto hasta hace unos pocos días.

La gobernadora finalmente entendió que no podía seguir siendo asesorada por gente tan errática y hace dos días designó un equipo de trabajo compuesto por talentosos galenos del Recinto de Ciencias Médicas de la Universidad de Puerto Rico (UPR), quienes están a cargo ahora de la respuesta de Puerto Rico a esta gravísima amenaza.

La diferencia se notó empezando. Donde antes otros minimizaban, el líder de ese grupo, el doctor Segundo Rodríguez, dice: “Tenemos que asumir que hay muchos más contagios”.

Parece, pues, que hay a cargo ahora gente que sabe lo que hace. En la larga y difícil batalla que tenemos por delante, acaso se nos dé saber cuánto perdimos en esas primeras semanas de parálisis y atolondramiento.

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