Mayra Montero

Tribuna Invitada

Por Mayra Montero
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Cortar estómagos

El desenfoque inverosímil de las prioridades del País ha llegado al punto de que empiece a preocupar la ausencia de médicos o de recursos para practicar la cirugía bariátrica a los niños. Esto, antes que tomar al toro por los cuernos, controlar la ingesta de bebidas azucaradas y responsabilizar a los padres por la gordura de sus hijos.

Disciplinar es incómodo, y antes de “traumatizar” al niño prohibiéndole que le eche mano a la comida chatarra, les conceden hasta el mínimo capricho, olvidándose de que engordan y se enferman.

Es insólito que empiece a verse casi con normalidad la alternativa extrema: abrirle la barriga al niño, cortarle un trozo de estómago, o engrapárselo, o anillárselo para que no sienta hambre.

A grandes rasgos, eso es una bariátrica, que aparte de los riesgos inherentes a la cirugía, representa en sí una mutilación; una intromisión en el normal funcionamiento del cuerpo, y unos gastos médicos desmesurados. Pero claro, después de unos años de atiborrarse de golosinas; de caprichos muchas veces inducidos por adultos (son famosas las frases: “¿quieres un juguito?”, “cómete una galletita” o “bébete un refresco”), asoman las primeras enfermedades: diabetes, colesterol, problemas óseos o musculares, derivados del peso que soporta una estructura frágil y aún en crecimiento.

Los dulces, la comida en general, son concebidos como parte del entramado de un sistema complaciente, donde el menor asomo de severidad es mal visto. A ese extremo de docilidad, de idiotez, hemos llegado.

Antiguamente no nos dejaban probar bocado hasta la hora de la comida. Legendaria es la frase de las madres de los tiempos de antes: “Ni te atrevas, que después no comes”. Y no nos atrevíamos.

Recientemente, nos han obsesionado con el gran invento de las “merienditas”. Los nutricionistas sostienen que son necesarias dos o tres meriendas. Es posible, pero ellos se refieren a meriendas saludables: una manzana, una zanahoria, barritas bajas en calorías. Han debido anticipar, sin embargo, que empujando el concepto de meriendas, donde no hay hábito previo de consumo de vegetales o frutos secos, es peor el remedio que la enfermedad. Es prácticamente imposible controlar a la población infantil para que “meriende” productos saludables y porciones pequeñas. Una vez les dan luz verde para las comidas entre comidas, los niños (que son niños), entretienen el estómago con todo tipo de porquerías. Y los padres, que también son niños, se premian con bizcochitos y refrescos de toda calaña.

Hace poco, estando a punto de pagar mi compra en una farmacia, llegó un hombre preguntando dónde estaban las cervezas. El cajero le contestó que allí no tenían bebidas alcohólicas por hallarse frente a una universidad. A la universidad van adultos. ¿Por qué hay que estarlos cuidando de que no compren una cerveza? Cerveza que, por otro lado, no se les ocurriría comprar allí, que debe ser más cara, sino en el bar que se hallaa pocos metros y donde disponen de un perpetuo “happy hour”. Ésas son las hipocresías y las incongruencias. Las farmacias, sin embargo, venden todo tipo de melcochas y empalagos, y “merienditas” confeccionadas con semillas y miel, energéticas barras de chocolate, que contribuyen al engorde como en una granja.

Las políticas nutricionales han fracasado estrepitosamente en una isla donde al menos el 11% de los niños entre dos y cinco años son obesos. Un cuarto de la población adolescente está sobrepeso o es obesa. Salir a la calle, meterse en un supermercado o centro comercial, es darse cuenta de que esos números probablemente se han quedado cortos.

Ni el gobierno ni la Asamblea Legislativa han hecho nada por mitigar una situación que ya nos estalló en la cara. Todos los proyectos para controlar la ingesta de refrescos, jugos y cereales (sí, cereales azucarados, que se las dan de saludables y son peores), han chocado con el cabildeo feroz de fabricantes y distribuidores que les “endulzan” el oído a los políticos, cuando no el bolsillo.

Todos sabemos la razón por la cual los supermercados colocan neveras atiborradas de refrescos fríos y anaqueles con dulces junto a las cajas registradoras. Es normal ver a las madres que hacen fila para pagar su compra, sufriendo la tortura china de los niños que gritan lloran o patalean, porque quieren llevarse no uno, sino varios paquetes de golosinas. ¿Por qué no obligan a los supermercados a colocar las “tentaciones” en otro lado, fuera del alcance visual de los pequeños? Ah, no, porque en esta sociedad tan libertaria y democrática eso debe ser inconstitucional. Protesta el supermercado, protesta la madre, protesta el niño, y de paso protesta el bombero que entró a comprar chicles.

La mayoría de los planes médicos rehúsan cubrir las cirugías bariátricas de los niños. A veces las cubren si el menor supera los 12 años y demuestra que ya ha tratado otros métodos para bajar de peso.

En resumen, el 67 por ciento de la población general de Puerto Rico padece sobrepeso u obesidad. Una cifra que seguirá aumentando a medida que vayan creciendo esos menores que han sido persuadidos de que no deben privarse de nada, y menos de comida.

¿Qué hay de malo en aguantar un poco el hambre hasta que llegue la hora de comer, a ver? Incluso habría que verlo como parte de una disciplina que conduce a la madurez, al control personal, a la capacidad de adaptarse y enfrentar los retos de la vida. Sí, aguantar un poquito el hambre también es endurecerse y crecer.

Da grima oír hablar de niños que necesitan bariátricas. De adolescentes a los que les cuelgan las carnes. De familias enteras que no viven más que para servirse platos desbordantes.

Puristas y libertarios, tápense los oídos: hay que imponer leyes severas. De lo contrario, dentro de unos años, el 80% de la población será gorda, enferma y sin servicios médicos.

Otro panorama que nos habremos buscado.

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