José I. Alameda Lozada

Punto de Vista

Por José I. Alameda Lozada
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COVID-19, la salud en Estados Unidos y la nueva economía

En un artículo en The Wall Street Journal (3 de abril de 2020), el ex secretario de Estado y antiguo miembro del Consejo de Seguridad Nacional, Henry Kissinger, nos dice que la pandemia del coronavirus está alterando el nuevo orden económico global para siempre. Citándolo: “cuando termine la pandemia de COVID-19, se percibirá que las instituciones de muchos países han fallado. La realidad es que el mundo nunca será el mismo después del coronavirus”.

Aunque las palabras de Kissinger parezcan proféticas, lo cierto es que desde hace décadas se ha vendido fraguando un nuevo orden económico. Lamentablemente, muchos líderes políticos en Estados Unidos y el mundo no han logrado percibir tal paradigma. Peor aún, creen que el viejo orden todavía prevalece. De ahí que el mantra casi sagrado del presidente Donald Trump de Hacer América Grande de Nuevo (MAGA), sin entender que el mundo está frente a un nuevo orden y el COVID-19 acaba de acelerar la institucionalidad. Pero, ¿qué es el orden mundial?; ¿cómo una pandemia puede ser el factor causal de un cambio en ese orden global?  

El orden mundial es un paradigma que tipifica la concepción de que los países se agrupan en polos basados en su ideología económica y política, poderío militar, y que en la formación de las instituciones internacionales—Naciones Unidas,  Fondo Monetario Internacional (FMI), y el Banco Mundial (BM), los Acuerdos Generales de Aranceles y Comercio (en inglés GATT) –todos se unen para garantizar una estabilidad social pacífica duradera. Los Acuerdos de Bretton Woods de New Hampshire de 1944 crearon las relaciones comerciales y financieras entre los países más industrializados, en los que se decía que el  dólar de Estados Unidos era tan bueno como el oro, y viceversa (se usaba el patrón oro).  Recordemos que Europa, Japón y Rusia estaban destruidos por la guerra, pero no así Estados Unidos pues no sufrió la guerra in situ. Así, se formó un orden mundial bipolar entre Rusia y Estados Unidos, este último con predominio global por las circunstancias de posguerra y el diseño de la reunión de Bretton Woods. De un lado, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (hoy Rusia) como eje de los países socialistas, y Estados Unidos como eje de aquellos de orden capitalista. La Guerra Fría y la propaganda política basada en la poca transparencia eran la base mediática para mantener una supuesta estabilidad social y una paz con injusticia en algunos casos, la cual fue ensayada a perfección en los conflictos de Corea, Indochina y América Latina, entre otros.  

Sin embargo, este orden comienza a resquebrajarse por muchos factores: en la década de 1970, por la inundación de dólares en Europa (Eurodólar) y el reclamo de Europa y otros países de cambiar dólares por reservas de oro; los gastos extraordinarios en los conflictos de Vietnam e Indochina. En respuesta, el presidente Richard Nixon impidió las conversiones del dólar al oro y lo devaluó para que las exportaciones estadounidenses fuesen más baratas y así aliviar el desequilibrio comercial. Como consecuencia, las principales potencias económicas comenzaron a abandonar el patrón oro y la economía mundial pasó a regirse por un sistema de tipos cambiarios fluctuantes.

A estos eventos le sigue la globalización de las economías

1. La fuerza de la OPEP. 

2. El surgimiento de un poder económico importante con la República de China como eje de países asiáticos como Taiwán, Singapur, Corea del Sur. 

3. El surgimiento de India; la digitalización de los sistemas informáticos y las comunicaciones globales, que achican al mundo. 

4. Surge la concepción del cambio climático que denunciaba el daño ambiental provocado por el modelo de la industrialización sin controles ambientales. 

5. Se afincan las corporaciones multinacionales que responden a criterios económicos y financieros globales y no del país donde están registradas. “El capital no tiene patria ni bandera”.  

Este nuevo orden se le puede llamar Multipolar sin Bloques. En este, China y otros países asiáticos tienen un papel activo. Son protagonistas también Rusia, Europa y Estados Unidos, los países Árabes (OPEP), pero sin dominio político ni mucho menos militar de uno sobre otro. 

Más importante aún, se reconoce la necesidad de un sistema de salud que reaccione rápida y certeramente ante las pandemias, epidemias y otros retos sanitarios, sin sacrificar la calidad de vida. En los últimos años se observa una alta frecuencia de estas epidemias/pandemias: entre el SARS (2002-03), el AH1N1 (2009-10) y el Ébola (2014-16), transcurren apenas seis a siete años, o sea, casi dos por década. 

En este orden, la riqueza ni la abundancia de capital no son elementos tan importantes. Lo esencial es cómo el país organiza un sistema sanitario de carácter económico, productivo y sostenible a corto, mediano y largo plazos. El sistema sanitario estadounidense ha sido ampliamente criticado y definido como un desastre. Es sumamente caro, muy poco eficiente y extremadamente complejo por la estructura de intermediarios. El coronavirus está sacudiendo los pilares de este sistema sanitario privatizado que entiende la salud como un negocio y que, a pesar de contar con la mejor atención especializada del mundo, falla a la hora de cubrir las necesidades básicas de su población, y en especial, de los más necesitados. La literatura de las mismas instituciones en Estados Unidos es extensa. Veamos algunos resultados. 

1. Estados Unidos es el país desarrollado que más invierte en sanidad: casi el 17% de su Producto Interno Bruto (PIB). Más que Suiza y Noruega.

2. Esta cifra crece a una tasa de 5.5% anual, pero esta enorme inversión no implica una mejoría sustancial de la salud de los estadounidenses, y de los grupos más vulnerables. 

3. El país norteamericano tiene las tasas de mortalidad materna e infantil más altas del mundo desarrollado.

4. Estados Unidos tiene el gasto en salud per cápita más alto del mundo con $10,000, pero una expectativa de vida de 78.7 años. El gasto en Israel es $2,822 y su expectativa de vida más de 82; en Singapur $2,752, 83 años; y en Corea de Sur $3,200 con 83 años. Cuba y Costa Rica gastan entre $800 a $1,300 per cápita y su expectativa de vida supera los 79 años.  

5. Entre 2014 y 2017, la expectativa de vida en Estados Unidos se redujo entre dos a tres años, algo insólito para un país rico. Para los profesores de la Universidad de Princeton, Anne Case y Angus Deaton -Premio Nobel de Economía en 2015—esto ilustra el término “muertes por desesperación”- alcoholismo, drogadicción por medio de sustancias ilegales o legales (opiáceos), violencia y suicidios, entre otros. 

6. La desigualdad económica lleva a enormes diferencias en los indicadores de salud entre ciertas poblaciones étnicas y minoritarias. Esta crisis ya afecta tanto a los afroamericanos como a blancos pobres y de clase media baja.

7. En Texas, un estado rico y altamente poblado (29 millones), hace dos décadas, 14 de sus 254 condados no tenían médico. Hoy ese número es 33 de 254.

8. Texas y su Junta Médica informaron que 24 condados de Texas tienen un solo médico; 185 condados con una población de más de 3.1 millones no tienen psiquiatra; 158 condados con una población combinada de 1.9 millones no tienen cirujano general; y 147 condados de Texas (1.8 millones de personas) no tienen obstetra/ginecólogo. Además, 80 condados tienen cinco o menos médicos y 35 condados no tienen médicos. 

En resumen, el nuevo orden mundial está hace rato con nosotros. No podemos seguir mirando sin ver, oyendo sin escuchar. Los cambios globales son merecedores de nuestra atención y habría que asimilarlos.  El COVID-19 debe acelerar su atención y recomponer nuestro sistema sanitario a la altura de nuestros tiempos.

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