José Curet

Tribuna Invitada

Por José Curet
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Cría cuervos

Nunca antes el horror descarnado, la violencia y la venganza habían circulado como ahora por las redes sociales. A todo lo ancho del planeta se han visto decapitaciones, tanto de “infieles” como de periodistas occidentales, masacres en masa y hasta crucifixiones.

Quizá la violencia política extrema no sea algo nuevo; en la historia de Roma, según Tácito, Nerón tocaba su lira mientras ardía la ciudad, iluminada por antorchas con mechas de cristianos decapitados. Pero ver ahora estas nuevas víctimas de violencia extrema nos espanta e indigna.

¿Quiénes son estos nuevos victimarios de rostro cubierto, y de dónde surgieron? Se proclaman fundadores del Estado Islámico, el cual pretenden convertir en un nuevo califato. Se proclaman yihadistas, es decir guerreros, y aplican la sharia, leyes muy estrictas, pues son seguidores de la rama sunita del islamismo.

Tras la muere de Mahoma en el año 632, su descendencia se bifurcó en dos ramas, chiítas y sunitas, la más radical. Podemos imaginar que así como en otras religiones hay diversidad de tendencias, unas más laxas y otras más estrictas, así también ocurre en el islamismo. De hecho, algunas facciones islámicas y la Liga Árabe se han manifestado en contra del Estado Islámico.

Pero desenterrar los orígenes de este grupo extremista, rastrear sus rupturas y fusiones dentro de otras tantas sectas resulta casi como armar un rompecabezas donde las piezas apenas encajan. Sabemos que muchos de estos nuevos grupos islámicos surgieron luego de la invasión norteamericana a Irak en marzo del 2003, tras derrocarse el gobierno allí.

Poco antes, un jordano, Abu Musab al Zarqawi, había fundado un grupo radical, Al Jihad. Como si se tratase de reproducción en cadena, de ese grupo radical surgirían más tarde las facciones de Al Qaeda en Irak y del frente Al Nusra, combatiente contra el régimen del presidente sirio Bashar al Assad. De ahí surgió el grupo Estado Islámico, liderado por Abu Bkr al Baghdadi.

Aunque inicialmente se debilitó por ataques y defecciones de miembros opuestos a sus actos crueles, cobró fuerzas nuevamente en 2013. Desde entonces han aumentado sus recursos económicos (más de $2,000 millones en efectivo, es el grupo insurgente más rico del mundo) así como sus afiliados (cerca 50,000, además de 2,500 combatientes de Occidente). Han ampliado también su radio de acción. De hecho, borraron las fronteras entre Irak y Siria, y ya han ocupado importantes puestos de abastecimientos petroleros.

Pero dentro de esos fondos suelen aparecer, casi subrepticiamente, unas ayudas económicas y militares otorgadas por países occidentales, entre ellos Estados Unidos, a opositores “moderados”. En Siria, por ejemplo, los ataques con gas sarín ordenados por el presidente Al Assad contra la población civil, y el éxodo de más de un millón de sus ciudadanos consternaron a la opinión mundial.

Como siempre, la ONU no logró consenso para tomar acción. Estados Unidos, tratando de evitar empantanarse allí, como le sucedió en Irak o en Afganistán, decidió entonces intervenir indirectamente proveyendo ayuda militar directa a grupos “moderados”, como Al Nusra, precisamente el grupo de dónde surgió el Estado Islámico.

El Diario Octubre, publicado en línea, cita a Susan Rice, consejera de Seguridad Nacional, indicando que Estados Unidos había, “aumentado su apoyo letal y no letal a la oposición moderada (en Siria)”, pero rehusó revelar exactamente el monto de equipo o armas suministradas. Cuánta de esa “ayuda militar” -podemos preguntarnos-llegó a manos del Estado Islámico, tras separarse de las facciones “moderadas”. Incluso, según cita Seymour Hersh del The New York Times, errores logísticos en el traslado de esas “ayudas militares” desde Libia a Siria -operación dirigida por el entonces director de la CIA, David Petraeus- pudieron haber sido la causa del ataque a la embajada norteamericana Bengasi, donde murieron cuatro diplomáticos.

La estela de intervenciones de Estados Unidos en conflictos a ambos lados del hemisferio está surcada con ejemplos similares. En la década del 1980, el caso Irán-Contra convulsionó la opinión pública. Entonces, tras la toma de rehenes norteamericanos por el régimen del Ayatola, Estados Unidos consideró primero canjear armas, a través de funcionarios israelíes; pero luego el oficial Oliver North ideó la venta de armas a sobreprecio para financiar a los “contras” en lucha contra los sandinistas en Nicaragua.

También, décadas atrás, cuando Afganistán luchaba por su soberanía, antes del desmembramiento de la Unión Soviética, Osama bin Laden era uno de aquellos guerrilleros del bando apoyado por Estados Unidos.

Y ahora, tras la acción militar de una coalición de países occidentales contra el Estado Islámico, tal cual si fuera otra pieza del rompecabezas, surge nuevamente la presencia de los kurdos. Sus orígenes se remontan a la época de los medos y persas, 6 siglos antes de Cristo. Constituye la etnia más numerosa (cerca de 30 millones). Aunque profesan el islamismo, a los kurdos históricamente se les ha negado constituirse en estado. De hecho, el asedio por parte del Estado Islámico de la ciudad de Kobani, en la frontera siria, se atribuye a la inacción de Turquía, cuyo gobierno ve con temor la presencia de facciones kurdas armadas.

Aún es muy prematuro predecir el curso de los acontecimientos en Oriente Medio. Semanas atrás el presidente Barack Obama confesaba no tener una estrategia contra el Estado Islámico. Luego de crearse una coalición internacional para esos fines, esperemos que esas ayudas militares no vayan a parar a manos de quienes más tarde se conviertan en sus enemigos, pues como dice el refrán, “cría cuervos y te sacarán los ojos”.

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