Arturo Massol Deyá

Tribuna invitada

Por Arturo Massol Deyá
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Crisis en Puerto Rico: la protesta en la protesta

Vengo de la escuela que protesta de frente y pacíficamente sin importar las consecuencias. Sé de la disciplina que se requiere para marchar de manera ordenada y cumplir con las metas de una protesta. También conozco de los abusos de la Policía, el carpeteo y la fabricación de casos, así como de sus estrategias tipo “González-Malavé” para criminalizar las luchas del pueblo. 

El miércoles 17 de julio fui uno de medio millón con un reclamo colectivo claro y contundente #RickyRenuncia. Allí se destacó la diversidad y creatividad de las formas en que nos hacemos sentir. Confieso que me habría gustado llegar en motora con Rey Charlie y retar con ellos la barricada que montó la Policía para prevenir que entraran a la isleta de San Juan como también impedían que los manifestantes salieran. Era el gobierno con la Policía castigando a la gente, impidiendo que transportistas dieran su servicio y creando un gran tapón. 

En medio de la manifestación, la respuesta de La Fortaleza llegó desmereciendo la participación y descartando el reclamo. Sabemos que las manifestaciones no se traducen en cambios inmediatos, que hay que insistir e insertar estrategias para lograr las metas. Sin embargo, existe un sector creciente -principalmente de jóvenes- que también se manifiesta y que está dispuesto a la confrontación directa. “Al final” del evento, en lugar de irse, se quedan sin miedo a los uniformes ni al tamaño corporal de los integrantes de Operaciones tácticas, mejor conocida como Fuerza de choque. Tampoco le temen a los gases lacrimógenos, al gas pimienta, a macanas ni a las balas de goma.

A la salida, leía en las redes que se caldeaban los ánimos frente a La Fortaleza. “No otra vez” fue mi primera reacción y mucho menos tras una jornada de expresión contundente. Entonces pude, desde el celular, conectarme a las imágenes en vivo que transmitía este periódico con la narración de Zugey Lamela. Confieso que quedé atrapado con lo que ocurría. Antes y todavía pienso en aquellos que se “infiltran” para provocar a la multitud que tiene poca mecha. Con eso, el Estado criminaliza la protesta y se apodera de la conversación que le sigue días después. Pero, aunque quisiera aferrarme a esa explicación, evidentemente allí ocurría otra cosa. Los jóvenes tomaban turnos sin miedos para un protagonismo confrontacional sin aparentes líderes ni protocolo. Igual tiraban botellas que piedras mientras más tarde otros pedían que no lo hicieran para luego ver que entregaban rosas a los policías. Otros, con gran fuerza, removieron hasta las vallas de concreto que separaban a la Fuerza de Choque y los manifestantes, para luego treparse sobre ellas y hasta bailar burlándose del poder del Estado (colonial). No se expresan con un micrófono pero le hablan al gobierno en el espacio más cercano que tienen al alcance, donde el interlocutor es la Policía. En ese choque inicial de fuerzas, sus argumentos resquebrajaban la espina moral -si tiene- de una Policía forzada a defender a un gobierno corrupto. Dos bandos claramente quedan definidos.

Al poco tiempo ocurría lo que parecería inevitable: la Policía atacaba -otra vez- con gases lacrimógenos, disparos y rotenes en mano a una multitud que se negaba a dar un paso atrás, exigiendo siempre la renuncia del gobernador. 

No son o dos tres títeres. Este grupo es numeroso y parece responder espontáneamente, sin líderes ni ideologías tradicionales y mucho menos a los partidos. Es imposible que se conozcan todos aunque obran juntos. Se comunican con miradas y gestos corporales. A la distancia, sin saber, parecería como una subcultura en la que cada cual sabe responder y asumir un rol activo. Por un momento se juntan y horas más tardes desaparecen como otra forma de clandestinaje. Evidentemente no ven la propiedad privada como intocable. Igual pintan una pared que rompen un tiesto o queman un zafacón con basura. No valoran las cosas materiales porque ven la violencia con otro lente. Desde afuera los estereotipan como si fueran idiotas pero me parece que no estamos entendiendo lo que vienen diciéndonos. 

En realidad hay algo muy genuino que los mueve. La mayoría parece pertenecer a una generación que salió de la adolescencia pocos años atrás para encontrarse con un país venido a menos en un escenario carente de expectativa de buen futuro y donde una educación universitaria ni siquiera representa para muchos un paso de progreso. Para otros, es la carencia de acceso a la educación debido al alza en los costos de la universidad pública a niveles jamás pensados. ¿Cuántas horas con salario mínimo tiene que trabajar ese joven para pagar una clase, un semestre o una carrera? Al menos una hora de trabajo para una comida chatarra. Los endeudamos con préstamos antes de ni siquiera tener trabajo como tampoco trabajar duro da para lo básico. Se empeoran las condiciones laborales y sus derechos desaparecen con nuevas leyes de empobrecimiento y corte neoliberal. Destruido por la corrupción y privatización, no hay un sistema de salud accesible y de calidad; se cerraron cientos de escuelas y todo bajo el sello de la austeridad. Esa austeridad anti humana está provocando un cambio en el perfil de otros que protestan. No son la mayoría, aún, pero son muchos y se multiplican cada vez que la Policía les cae encima. La marginación, el empobrecimiento y el avance de la desigualdad son la cebada de esta fermentación. 

Cuando se junta la corrupción, con las medidas de austeridad sobre la gente y esa Junta de Control Fiscal con poder dictatorial sobre el país, se crea a la vez un barril de pólvora social. A penas estamos viendo sus primeros destellos. Por lo pronto, preferimos estereotiparlos y creernos que son unos pocos. ¿Cómo se sentiría usted de recibir una factura de un pasado corrupto sin siquiera auditarse como especie de hipoteca impuesta? Cuando hablamos de las consecuencias de nuestros actos, aquí llegó la “futura” generación. Jamás entenderán eso de que ellos dañan la imagen del país con actos de violencia en las protestas. Su respuesta duele cuando nos dicen que la violencia de la corrupción y su andamiaje político les dañó el país que les toca a ellos vivir.

Esta nueva generación de la protesta parece que llegó hace tiempo. Para los que marchamos en orden con la denuncia podría parecernos una desviación de nuestra definición de lucha inteligente, pero la Policía, el gobierno y los políticos corruptos deben saber que la intolerancia a su gestión tendrá formas crudas de confrontación nos gusten o no. Si quieren prevenir que la imagen de Puerto Rico se lacere, que reformen de verdad a la Policía y construyan un país en lugar de destruirlo. Son esos y no la protesta los responsables de la violencia que sufrimos todos a diario.

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