José Hernández Mayoral

Punto de vista

Por José Hernández Mayoral
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¿Cuándo comenzó la caída de Rosselló?

El origen de la caída del gobernador Ricardo Rosselló fue cuando llegó al poder electo con el porcentaje más bajo de votos jamás, luego de una primaria cerrada. 

Saquemos los números. Electo por el 41% significa que seis de cada diez electores no lo quería de gobernador. A ese dato hay que añadirle que cinco meses antes logró la nominación con el 49% de su partido en contra. Es decir, con la mitad pensando que no era el indicado. La mayoría de esos habrán seguido militando en el PNP pero sin mucho cariño hacia su nuevo líder. De modo que Rosselló asumió la gobernación con ocho de cada diez puertorriqueños mirándolo con recelo.

Consciente de que entraba a La Fortaleza con un apoyo frágil, usó el poder para buscar consolidar su base. Ahí su afán incesante, desde el primer día, con la estadidad: que si plan Tenesí porque después de 2012 ya no hace falta otro plebiscito; que si Comisión de la Igualdad porque ya no hace falta plebiscito; que si un plebiscito porque parece que sí hace falta otro plebiscito; que para obligar a los americanos lo haremos con papeleta certificada por el Departamento de Justicia; que mejor lo hacemos sin la certificación de Justicia porque se ha puesto con actitud; que ahora con este nuevo plebiscito y con el 97% de los votos del 23% que asistió ya no hay que hacer otro plebiscito; que la estadidad llegará en cinco años; que no, perdón, que será en 90 días; que tal vez otro plebiscito.

Dentro de toda esa incoherencia, el plebiscito de 2017 demostró que Rosselló no había logrado consolidarse como líder en su partido. Con promesa de descolonización inmediata y llegar a la tierra prometida, la mitad de los estadistas no se motivó a votar.

Liviano de apoyo popular, le llegó el huracán María y los 64 muertos que resultaron ser miles, y la luz prometida para el 15 de diciembre que todavía tardaría meses, y las botellas de agua en Roosevelt Roads y un centro de operaciones merodeado por buscones listos para apadrinar.

Rápido comenzaron las sospechas de corrupción que, presunción de inocencia mediante, ya la han confirmado varias acusaciones. Estas son de naturaleza distinta a las de Víctor Fajardo y Vázquez Botet. Los actos de corrupción de esos eran para lucro propio. Eso le permitía al gobernador Pedro Rosselló plantear, con credibilidad prima facie para una base más grande, que él no lo sabía. En las imputaciones a Ávila y a Keleher quien se lucró fue otro, no ellas, sugiriendo que alguien con poder, oficial o extraoficial, intervino. Mientras ese fulano no aparezca, a Rosselló le toca contestar: ¿quién dio la orden?

Y así llegamos al chat. Su contenido tiene sabor parecido a los tweets de Trump, el que Rosselló quería “punch in the mouth”. Se insulta a las mujeres, se ridiculiza a los homosexuales, se humoriza con los cadáveres que se amontonan en Medicina Forense, se persigue a los opositores y sus esposas, y más y más y más.

Rosselló maneja su crisis yendo al Calvario para pedir perdón. Trump se va a un mitin y hace lo contrario, repite lo que ha dicho. En el fondo, los dos están siguiendo la misma estrategia: hablándole a una base dispuesta a creer lo inverosímil.

Aunque tanto el chat como los tweets de Trump han generado marchas masivas y constantes reclamos de residenciamiento, hay diferencia. La base de Rosselló es muy pequeña para faltas tan grandes. Trump tiene a muchos que le aplauden sus burlas y sus insultos e ignoran sus tropiezos. Rosselló no.

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