Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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Cuando llega la cuenta

Alce la mano el que no haya vivido esto alguna vez.

                     Una entrada, el plato                      fuerte, el postre, las bebidas y uno que otro antojito enredado por ahí, todo tan rico que no había cómo decirle que no. Un trago que llevó a otro y otro y otro que, a su vez, nos hacía sentir más felices. La incapacidad para mantener la concentración después de haber visto, en una vitrina a la que miramos casi por accidente, una camisa, elevada en estilo y en precio, sin la cual creíamos que nuestra vida jamás sería igual.

Son experiencias distintas, pero que por lo general, terminan en lo mismo: un horrible sentimiento de ansiedad, a veces de culpa, o hasta de negación, cuando llega la cuenta. A la hora de comer, beber, vestir, todo es alegría. A la hora de pagar, la cosa cambia.

Los boricuas, que rara vez pensamos en el significado de la palabra ahorro, hemos vivido demasiados momentos a nivel individual así.

A nivel colectivo, no ha sido distinto. Ha sido incluso peor, si eso cabe.

Nos metimos a pedir prestado en los laberintos insondables de Wall Street. No sabíamos o no creíamos que en aquellas selvas inclementes come gente, comen hasta países. Aquellos follajes nos fueron enredando y apretando hasta inmovilizarnos.

Con la complicidad de encantadores de serpientes acá, flautistas como los de Hamelín nos hipnotizaron. Nos sacudían el billete verde y fulgurante y corríamos tras él, saltando de alegría, saliéndosenos las babas. Que la última la pague el diablo, decían acá los gobernantes, jefes de bancos dizque de fomento, directores ejecutivos de corporaciones impúdicas, los banqueros, corredores de bolsa y otras yerbas que trafican con las cuestiones financieras esas.

Había letras chiquitas en los contratos, pero no importaba. Lo que importaba era el edificio con la placa, el puente, el barril de tocino y el “¡cuatro años más, cuatro años más!”.

En algún momento, como al que se harta en un restaurante, iba a llegar la cuenta. Cuando llegó no fue solo que nos dio un horrible sentimiento de ansiedad. Fue, francamente, una cosa de paroxismo, de espanto, de histeria. Cuando vimos cuál era la consecuencia de tantos años de temeridad fiscal, nos tembló hasta el alma. Estuvimos ante la posibilidad de que jueces estadounidenses embargaran las cuentas del gobierno para que los acreedores cobraran. Pensaron muchos que habría que cerrar las escuelas, el centro médico, los cuarteles, todo.

No fue tanto, pero no muy lejos de ahí le vimos las fauces al monstruo.

De Washington, donde nos quieren tanto, nos mandaron un lobo vestido de oveja: Promesa y su unigénito, la Junta de Supervisión Fiscal. Hubo suspiros colectivos. Venía la Junta a acabar con todos nuestros problemas, a “ponerles control a los políticos” y a “acabar con la corrupción”.

No se ha visto mucha acción en ese sentido, salvo ponerle controles a la manera en que el gobierno confecciona presupuestos y legislaciones con impactos económicos. Eso, puede uno pensar sin parecer descreído, porque necesita que haya la mayor cantidad de dinero disponible para pagar deuda.

A Promesa y a la Junta se les ha ido viendo el pelaje poco a poco, nunca tan claro como en el acuerdo con los bonistas de la Corporación del Fondo de Interés Apremiante, conocido como Cofina. Este fue un invento de rojos y azules cuando compartían el gobierno en el 2006. El invento se nutre de los ingresos del IVU, y la tierna edad de nueve años (en el 2015) se había metido en una descomunal deuda de $17,000 millones, que equivale al 24% del total de los compromisos del gobierno.

La Junta y los bonistas de Cofina alcanzaron un acuerdo de reestructuración de deuda en agosto de este año. El plan fue aprobado por la Legislatura esta semana, sin vistas públicas, sin análisis de ningún tipo, tarde en la noche, como si fuera algo de lo que avergonzarse. Los legisladores del Partido Nuevo Progresista (PNP) que tanto roncan contra la Junta cuando atenta contra sus intereses, en este acuerdo tan complejo, que compromete a Puerto Rico por tanto tiempo, no chistaron ni un poquito.

El gobernador Ricardo Rosselló también está de acuerdo y lo firmará en cualquier momento. A partir de entonces, solo faltará que lo autorice la jueza Laura Taylor Swain para que quedemos amarrados por al menos cuatro décadas.

La Junta y el gobierno dicen que el acuerdo reduce la deuda de Cofina en 34% y deja en las arcas del gobierno ahorros de $435 millones al año. Otros no lo ven tan bueno. Aquí, el acuerdo ha sido denunciado por la oposición y por varios prestigiosos economistas. También había un grupo recogiendo firmas para pedirle a la Legislatura que no lo aprobara.

Dicen, en esencia, que el acuerdo privilegia a unos bonistas sobre otros, específicamente a los llamados buitres, que compraron bonos por 10 o 15 centavos por dólar y recibirán en este acuerdo hasta 56 centavos. Esto, en particular, resulta especialmente difícil de digerir, porque no se trata de gente que “creyó en Puerto Rico” y compró nuestros bonos para que acá pudiéramos progresar; se trata de gente que se aprovechó de nuestra hora más difícil y ahora va a cobrar caro por eso.

Protestan también porque atará a Puerto Rico con el IVU por 40 años. Es decir, si alguna vez decidimos que queremos probar otro sistema de recaudo, no vamos a poder.

Alguien dirá: esos son los que protestan por todo. Se equivocan.

Contra el acuerdo tronaron también tres personajes en los que conviene detenerse un momento, no porque su opinión necesariamente sea más valiosa que otras, sino porque nadie puede atribuirles intereses políticos. Estos son Antonio Weiss, quien como ayudante del exsecretario del Tesoro de EE.UU., Jacob Lew, fue el creador de Promesa; Desmond Lachman, miembro senior del Instituto Empresarial Americano (AEI, en inglés), la misma organización conservadora a la que pertenece Andrew Biggs, uno de los miembros de la Junta, y Brian Setser, miembro del Consejo de Relaciones Exteriores.

Los tres cofirmaron una columna aparecida el 8 de octubre en la página de noticias financieras Bloomberg, en la que criticaban el acuerdo diciendo que amarra a Puerto Rico con pagos ascendentes por los próximos 20 años, que se sostiene en proyecciones económicas exageradamente optimistas y que la economía boricua no podrá sostener el nivel de compromiso que implica este trato.

El acuerdo, dijeron, “inicialmente reduce los pagos de servicios de la deuda de Puerto Rico. Sin embargo, esos pagos eventualmente se duplican y se mantienen a un nivel alto”. Agregaron, por otra parte, que si se llegan a acuerdos como este con otros acreedores de Puerto Rico, “será solo cuestión de tiempo en lo que el gobierno vuelve a caer en impago de su deuda o se ve obligado a volver a recortar las pensiones”.

La posibilidad de pasar de nuevo por la peor vergüenza colectiva que hemos vivido, el no poder cumplir con nuestros compromisos, debería darnos escalofríos a todos.

Cuando llega la cuenta, hay que pagarla. Nadie serio aquí ha negado eso nunca. Lo que se pide, que no tiene nada de irrazonable, es que, bendito, se pague lo justo. Lo que se pide es que nadie se aproveche de que uno está jumo para querer cobrarle demás. El secreteo y la prisa con este acuerdo hacen pensar precisamente en eso, en que a alguien le quiere cobrar unos traguitos demás.

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