Luce López Baralt

Con Acento Propio

Por Luce López Baralt
💬 0

Cuando los imperios colapsan

Babilonia. Una vez caminé, sobrecogida, por la Avenida de las Procesiones, que conducía a los visitantes amedrentados hasta la Puerta de Ishtar, sede del poderío de Nabucodonosor. Los célebres jardines colgantes engalanaban la Puerta, hecha de ladrillos policromados en azul lapislázuli con figuras mitológicas en tonos dorados. Al atravesarla, el visitante daba con el torreón altísimo de la “Torre de Babel” (de Babil o Babilonia), elevada a mitología. La arquitectura representativa de las sedes del poder suele estar pensada para intimidar al visitante, pero casi nada queda de esta maravilla del mundo antiguo. La armazón de ladrillos de la entrada a la urbe, hoy desnuda, permanece en Iraq, mientras que la superficie policromada que le arrancaron se custodia en el Museo de Berlín. Ruinas saqueadas; poderío disuelto en polvo.

Roma. Las ruinas que testimonian su pasado imperial son tantas que parecerían asfixiar las edificaciones modernas. El foro romano da testimonio de lo que fueron las instituciones oficiales de aquella era, mientras que el Coliseo o Colosseum, construido bajo Vespasiano, fue el anfiteatro más grande del mundo civilizado. Era, literalmente, colosal. Todo este conjunto de estructuras simbólicas, hoy devastadas, atestiguan el alarde de un imperio volatilizado en humo.

París. Para mí, la ciudad más bella del mundo. Sus simetrías nos hablan de una ciudad que sorprendió al mundo por su grandeza y su elegancia. El arco del Triunfo, mandado construir por Napoleón Bonaparte, aun se ufana del triunfo francés en Austerlitz, aunque casi ningún visitante sabe qué pasó en aquella remota batalla. Las victorias del imperio han quedado obsoletas: demodé, dirían los franceses. París se ha convertido en una maqueta: en una ciudad que celebra, con un gusto arquitectónico exquisito, un pasado que tocó fin. Otro imperio colapsado, bien que sepultado en belleza.

Nueva York. La primera vez que la visité, muy niña, quedé aterrada por la altura inmisericorde de sus rascacielos, por las luces que relampagueaban de noche y por la energía nerviosa --para muchos, estimulante-- de la gran urbe. Pedro Salinas resumió irónicamente la aceleración vital de Nueva York: allí “la nada tiene prisa”. Pero, eso sí, avasalla al visitante: un colega español quedó tan aturdido ante la ciudad que apenas se atrevía salir del hotel. En mi época, el símbolo del poderío norteamericano era el Empire State, que las Torres Gemelas, hoy desaparecidas, dejaron atrás. Urbes como Shangai o Dubái comienzan a dejar atrás Nueva York, que parecería convertirse en un museo de sí misma. Lejos está aquel año 1924 en el que el expresionista alemán Fritz Lang se inspiró en ella para su film Metrópolis, parábola de la Torre de Babel. El imaginario colectivo sigue previendo la futura devastación de Nueva York: recordemos la cabeza rota de la Estatua de la Libertad emergiendo de la arena en la película The Planet of the Apes y la novela Towards the End of Time, donde John Updike ficcionaliza la toma de la ciudad por las minorías tras su destrucción nuclear.

Estudiar historia es muy consolador, pues nos ayuda a comprender lo que acontece frente a nuestros propios ojos. Los míos comienzan a ver “the beginning of the end of the American dream”. Jamás pensé sentir cierta nostalgia (irónica) por Richard Nixon. La fechoría de “Tricky Dick” en Watergate hoy parece el truco de un pícaro restringido a la esfera doméstica del país. El Congreso se aprestó a residenciar al mandatario, pero Nixon renunció y no se otorgó clemencia porque consideró que “it wouldn't be decent”. Los delitos de Trump dejan pequeños los trucos de Nixon y se gestan, para colmo, en la esfera internacional. Trump consideró que su llamada al presidente de Ucrania Volodimir Zelenski fue “a perfect call”, no empece pedía que un país extranjero investigara a su contrincante político, un ciudadano americano. El mandatario violó, por más, la separación constitucional de poderes al intervenir en el juicio de su colaborador Roger Stone, investigado por su rol en la “trama rusa”. El desparpajo del presidente permite sospechar que en 2016 pudo haberse aliado con Rusia para que investigaran a Hillary Clinton. Ahora sabemos por el anterior asesor de seguridad nacional, John Bolton, que Trump incluso pidió personalmente a Xi Jinping de China ayuda para salir reelecto en 2020. El mandatario, cuya conducta tiene ribetes de alta traición, ya tiene talante de dictador, como su admirado Putin, a quien sus “súbditos” consideran “un buen zar”. Las transgresiones éticas de Trump serían impensables años atrás: se jacta de que podría tirotear a alguien en la calle sin que le pasara nada. Pese a los movimientos del women liberation y del reciente Me too, Trump alardea de que un hombre de su posición puede ultrajar a la mujer que le venga en gana.

La crisis del coronavirus ha puesto de relieve la fragilidad actual de Estados Unidos. Wall Street oscila erráticamente ante el impacto de la pandemia del COVID-19, y millones de ciudadanos carecen de seguro médico gracias a la furia vindicativa de Trump contra el Obamacare. El presidente restó importancia a la plaga desde el principio y aun se pavonea prescindiendo de su mascarilla. ¿Protegerse será para los débiles? Porque para los valientes como Trump hay tratamientos noveles: consumir clorox (han proliferado los anuncios bufos de “chewable clorox”) y prevenirse con la controversial hidroxicloroquina. O, mejor aun: inyectarse rayos de luz ultravioleta. Trump supera a Dalí en su propuesta surrealista (casi poética) de inyectarse luz. Se ha convertido en el bufón de Europa, mientras su país suma una incidencia de contagios atroz.

En medio de la debacle sanitaria, el racismo asesino asoma su cara otra vez. Tras la elección de Obama, se dijo que habíamos entrado en la “post-racial era”. ¡Qué candor! Un país que no atiende su racismo institucionalizado ni se mezcla racialmente jamás logrará apaciguarlo. No creía mis ojos cuando vi morir asfixiado a George Floyd bajo la rodilla de un policía blanco, pidiendo aire e invocando con angustia a su madre. Antes que él murió, en idénticas circunstancias, Manuel Ellis, y justo después, asesinado por la espalda, sucumbió Rayshard Brooks. Un policía lo pateaba mientras agonizaba. ¿Cómo se cura una nación de algo así? La guerra civil no ha terminado. Un país que ya ha experimentado esta locura desgarradora entre hermanos debe estar atento, porque estas heridas no cicatrizan bien. Hoy están dolorosamente abiertas, mientras Trump, con su retórica incendiaria, llama “good people” a los supremacistas blancos y al Ku Klux Klan. Eso sí, atrincherado en la Casa Blanca tras su anhelado muro, con todo y búnker a su disposición. A house divided against itself cannot stand.

¿Cómo detener esta caída al vacío? El futuro electoral, posible herramienta de cambio, se perfila incierto. Los servicios de inteligencia han alertado acerca de una nueva intervención rusa para desestabilizar el país: diseminan por las redes noticias equívocas que exacerban aun más las tensiones raciales y el caos. De este clima desesperanzado da fe la reciente debacle de Georgia, donde los electores afrodescendientes quedaron excluidos. Si es cierto que Rusia influye en las elecciones, entonces comienza a regir sobre Estados Unidos. Otro tanto China, si aceptara la invitación de Trump. Lo cierto es que el declive norteamericano nos estalla en la cara.

Cuando recorrí las ruinas de Babilonia, hacía 25 siglos que su poderío había colapsado. ¿Cómo será recorrer Manhattan de aquí a 25 siglos?

Dejo que cada lector imagine ese paseo atemorizante.

Otras columnas de Luce López Baralt

sábado, 2 de mayo de 2020

Hermanados en la pandemia

¿Qué lecciones podemos extraer al colocar el COVID-19 en su marco de referencia histórico? Que no estamos solos; antes de nosotros muchos hermanos atemorizados sufrieron lo mismo, escribe Luce López Baralt

💬Ver 0 comentarios