Antonio Quiñones Calderón

Tribuna Invitada

Por Antonio Quiñones Calderón
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Cuando no votas, estás votando

“En el fondo de todos los homenajes rendidos a la democracia –decía Sir Winston Churchill– está el hombre que entra a la caseta provisto de un pequeño lápiz y traza una raya sobre un pedazo de papel”. Coincido con el inolvidable gran hombre de Estado. Hoy, cuando nuestro pueblo se apresta a iniciar el camino hacia las urnas de votación, vale que insistamos en la obligación moral, que no de ley, de ejercer el más puntual derecho ciudadano en una democracia: el derecho al voto, base esencial de la libertad humana.

Escucho a un amigo decirme en la tertulia: “nunca he votado y no voy a votar en estas elecciones tampoco, como una manifestación de protesta contra esos políticos que suben y después hacen lo que les da la gana”. Le advierto de su error: no votar no es una manifestación de protesta; es una ingenua complicidad con los políticos que “hacen lo que les da la gana”. La manifestación más contundente de protestar contra esos es el voto. Cuando no votas, agrego, de todos modos, estás votando a través de los que sí van a las urnas y tal vez, o ciertamente, votan para mantener esos políticos y gobiernos que “hacen lo que les da la gana”. Esos están votando por ti y contra todos los requisitos morales que exiges en el ejercicio de gobernar. En consecuencia, su voto será el que cuente.

Escucho decir a otro que jamás ha votado por no creer “en el sistema”. Mi reconvención a manera de pregunta es: ¿pero no te das cuenta de que al no votar lo que haces es dejar, promover incluso, que el sistema siga decidiendo por ti? Desde luego que el sistema tiene sus fallas, pero también tiene los resquicios, sus aberturas, que permiten mejorarlo y hasta sustituirlo. En toda democracia –estipulo contigo si quieres catalogarla como “mera democracia participativa, electoral”– el resquicio es el voto. “Pero el mío es un solo voto”, riposta el amigo. Sí, como solo es uno el granito de arena, pero ¿cuántos granitos de arena hay?

No hay que ir muy lejos para significar la importancia de cada voto en todo evento electoral en que se decide la composición de gobierno. Aquí la hemos podido ver. En la elección general de 1980, apenas 3,037 personas decidieron la elección del gobernador en un universo de votos depositados de 1,609,310 (la ventaja del gobernador elegido fue de tan solo .18.7%; en 2004, la decidieron tan poco como 3,566 personas, o un .18%, en una votación de cerca de 2 millones de personas (1,977,591). En los pasados comicios, el gobernador elegido obtuvo 11,285 votos más que su más cercano oponente, que representó una ventaja de tan solo .60% en una votación de 1,863,669 personas.

Otro caso que dramatiza la importancia de cada voto –de un voto– ocurrió en 1988 en la contienda por la alcaldía de San Juan: el alcalde elegido venció con una ventaja de solo 29 votos en una votación de 209,401 electores. ¿Es o no importante un solo voto?

Lo anterior es una ligera referencia al asunto meramente estadístico. Hay un factor demucha más trascendencia, de un valor inconmensurable: el ejercicio del voto como armazón que sostiene todos los demás derechos. Hay que concordar con la aleccionadora admonición de Platón: “El precio de desentenderse de la política es ser gobernados por los peores”.

A votar, porque si no votas, otros decidirán por ti.

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