Sylvia Gómez

Tribuna Invitada

Por Sylvia Gómez
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Cuando un hermano se va

Muchos me han preguntado cómo es que un puertorriqueño de Guayanilla se convirtió en una autoridad de renombre mundial en Budismo con dominio del sánscrito, pali, tibetano, chino, japonés, y otros seis idiomas. La respuesta no la tengo.

El que para mí era simplemente mi amado hermano para otros era el doctor Luis Oscar Gómez Rodríguez, profesor Emeritus de Filosofía y Religiones Asiáticas de la Universidad de Michigan, donde estableció un prestigioso programa doctoral en el Estudio del Budismo. Tras su retiro se mantuvo activo como profesor produciendo múltiples publicaciones mientras dividía su tiempo entre el Instituto de Investigación de la Universidad de Berkeley y el Colegio de México.

A pesar de los estragos del cáncer, se fue con una sonrisa dibujada en sus labios. Presenciar el momento de su partida y estar en su funeral en Ciudad de México fue algo muy doloroso y a la vez hermoso porque me permitió conocer a mi hermano a través de los ojos de otros cuyas vidas tocó de una forma u otra.

Sus médicos, abrazados, lloraron su muerte mientras sus enfermeras intentaban contener las lágrimas ante el cuerpo inerte del que por largos meses consideraron “su mejor paciente”.

En el Panteón Francés, su taxista Adán, que por siete años sostuvo largas pláticas con él mientras lo transportaba a sus clases o al hospital para sus tratamientos, se sentó callado a escuchar las palabras de afecto y admiración de amigos, colegas y estudiantes. Unos presentes y otros, que por la distancia que los separaba, enviaron mensajes para ser leídos.

Sus estudiantes del Colegio de México, que le decían Buda o Lince, por estar siempre listo para la observación aguda en el salón, le agradecieron el tiempo que pasó con ellos y haberles enseñado a ver los grises de la espiritualidad. Un alumno mexicano, que piensa seguir sus pasos en el estudio de las Religiones Asiáticas, dijo que le dedicó largas horas fuera del salón de clases para enseñarle sánscrito y tibetano. Una estudiante chilena envió esta carta para ser leída en su funeral: “Se ha ido nuestro maestro y solo nacen versos al pensar en su persona, y es que nuestro querido profesor manifestaba su enseñanza y nos instruía desde el corazón, con la humildad de un hombre sabio, sin pretensiones…. lleno de inmensa paciencia”.

Sus colegas recordaron su gran sentido del humor y su dedicación a sus estudiantes. Para uno, logró el respeto y la admiración de muchas personas de todo el mundo por la seriedad de su trabajo, la profundidad de su conocimiento y por ser una persona que irradiaba sabiduría y bondad. Para una colega griega, “México fue engrandecido por su presencia durante 10 años”. Dos profesores de las universidades de Michigan y Stanford, que lo consideran la figura más prominente a nivel mundial en el estudio del budismo en los últimos cincuenta años, aseguraron que estudiantes, colegas y amigos sentirán profundamente su ausencia.

Una de sus pacientes, porque también era doctor en sicología clínica, tuvo el valor de identificarse y hablar ante los presentes para agradecerle haberla ayudado a enfrentar su vida y la muerte de sus seres más queridos. La joven recordó su generosidad, sabiduría y sonrisa constante.

La urna con sus cenizas tiene grabado parte de un poema del monje budista de la India Santideva, cuyos textos del siglo siete Luis Oscar tradujo del sánscrito: “He compuesto este poema con miras… a infundir en mi propio pensamiento el deseo de cultivar el bien”.

Yo extrañaré su especial sentido del humor, su extraordinaria capacidad para hacer lo complejo comprensible y su amor por la vida y el conocimiento. Los que tuvimos la fortuna de conocerlo, amarlo y respetarlo sabemos que Luis Oscar ya vive en una tierra pura.

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