Gustavo Gac Artigas

Punto de Vista

Por Gustavo Gac Artigas
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Cuando un juicio hace perder el juicio

¡Qué tristeza cuando el “impeachment” nos impide pensar con claridad!

Qué tristeza, pero qué tristeza cuando un mal cálculo político desvía la atención de nuestro pueblo de los verdaderos problemas que nos aquejan.

Qué tristeza cuando vemos un sistema económico y político roto.

Qué tristeza cuando medio millón de seres humanos duermen cada noche en las calles.

Qué tristeza cuando un niño o una niña se va a la cama con hambre.

Qué tristeza cuando una persona muere por no tener acceso a atención médica, o por no poder comprar sus medicamentos.

Qué tristeza cuando durante semanas la prensa y la televisión nos hipnotizaron para que no pensáramos, o pensáramos de pensamiento dirigido.

Qué tristeza cuando el mal cálculo político fríamente, calculadoramente, surge de la derrota e intenta seguir dirigiendo nuestro pensamiento.

Qué tristeza cuando nos piden olvidar la realidad, cerrar nuestros ojos, tapar nuestros oídos, adormecer nuestra conciencia e intentan dirigir los imprescindibles múltiples caminos del pensamiento hacia una abarrotada ruta secundaria, una de esas rutas que se desmoronan al igual que lo hace la economía, al igual que lo hace la calidad humana; encerrar la ruta del que mañana decide, decidirá, cree que decide, cree que decidirá el nuevo rumbo que restaurará el país que alguna vez soñé, soñamos, y no el de la pesadilla de la desigualdad.

Qué tristeza cuando una derrota es una victoria de un mal cálculo político y la mal bien calculada estrategia cambia y el discurso se transforma en segundos, triunfa, y cual nube de opio llena los espacios y las mentes para decir, al igual que al comienzo, no miren las veredas, cierren las ventanas para que no entre el dolor, apriétense los cinturones y cierren las fronteras, las físicas y las morales, ahora se trata de “electability”, de elegibilidad. Hay que derrotar a uno, no al sistema.

Qué tristeza cuando voces del pasado se deslizan por heridas no cicatrizadas para sembrar la amargura e intentar dividirnos.

Qué tristeza cuando me piden, nos piden, no cambies, no cambien, no analicen, no miren a su alrededor, regresemos al tiempo en que el hambre era menos hambre, el dolor era menos dolor, los expulsados del reino eran los mismos, y la riqueza era menos escandalosa, menos visible, pero no por ello menos injusta.

Qué tristeza cuando nos quieren hacer creer, una vez más, que no se trata de la realidad en que vivimos, sino del velo que cubre esa realidad y nos quieren hacer creer que nada se puede cambiar.

Qué tristeza cuando quieren que el dinero decida nuevamente sobre los valores, sobre el ser humano y sobre el destino de un país.

Si verdaderamente queremos derrotar a uno, tenemos que derrotar las causas, las injusticias que lo llevaron al poder. Si obedecemos la señal de tráfico de vuelta en U que están poniendo en el camino del pensamiento, la historia se repetirá. ¡Oh, qué tristeza!

¡Oh, qué alegría!, tenemos la posibilidad de votar y cambiar el rumbo de la historia.

El autor es escritor y director de teatro chileno, miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en Estados Unidos.

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