Luce López Baralt

Con acento propio

Por Luce López Baralt
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Cuando un país se “regala”

A punto de cumplirse el segundo aniversario del paso del huracán María, y amenazados por el errático Dorian, el presidente de los Estados Unidos volvió a humillar a Puerto Rico, culpándolo de estar en medio de la trayectoria de los huracanes y planteando la posibilidad de salir al fin de la isla (“Will it ever end?”). Su ocurrencia de turno fue trocarnos por Groenlandia, país que interesa comprar a Dinamarca. La primera ministra, Mette Frederiksen, le salió al paso a Trump recordándole que “the time when you buy and sell other countries and population is over”.

La señora Frederiksen se expresó tan contundentemente porque tenía buena memoria histórica (y acaso algo de culpabilidad nacional), pues el país que dirige, en efecto, “regaló” Noruega a Suecia en 1814 tras la derrota en las guerras napoleónicas. El verbo infamante “regalar” es precisamente el que usan los noruegos hasta el día de hoy para referirse a su percance histórico. Esto de “regalar”, “permutar” o “vender” países por razones de derrota bélica son transacciones que tienen larga historia en Europa: baste recordar el Tratado de Permuta del Siglo XVIII entre España y Portugal, que zanjó diferencias sobre la posesión de territorios americanos, o bien la cesión de Puerto Rico, Guam y Filipinas a Estados Unidos en 1898. Nadie se cura de haber sido “traspasado” sin consentimiento. Siempre me he preguntado si junto a las tierras se “permutaban” también las almas. En otras palabras, no sé si mis abuelos fueron “cedidos” o “vendidos” como cabezas de ganado cuando el cambio de soberanía. La noción de “regalar” personas tiene, sin duda, un inquietante aroma a esclavitud.

El caso de Noruega, país “regalado” a Suecia, me toca de cerca porque acabo de conocerla. La antigua capital Christiania, que hoy llamamos Oslo, resulta modesta frente a Estocolmo y Copenhague, a despecho de su impresionante pasado vikingo y de la belleza de sus fiordos, que inspiraron a Edvard Grieg las cadencias del Peer Gynt. Percibí que un aire de melancolía bañaba Oslo: las ciudades, como los seres humanos, vibran de manera particular y en un golpe de vista podemos captar un no sé qué de su identidad esencial, que luego nos toma más estudio comprender a fondo. Oslo tiene razones para su aureola entristecida: es que Noruega no solo ha sido “regalada”, sino que fue colonia danesa durante cuatro siglos y colonia sueca durante un siglo. Por más, fue ocupada por la Alemania nazi entre 1940 y 1945. Extraño pero cierto: durante casi toda su historia moderna Noruega ha sido un país humillado. Me viene la sospecha que el célebre lienzo de El Grito del expresionista Edvard Munch, con el que el pintor quería comunicar “la angustia del hombre moderno”, acaso tenga algo que ver con esa modernidad doblegada que Noruega ha vivido hasta hace muy poco. Nuestro Lamento borincano tiene a su vez mucho de grito, solo que atemperado con la sordina de nuestra mansedumbre colectiva.

Vale la pena repasar someramente la historia noruega, pues guarda particular interés para un país como el nuestro, colonia traspasada --y “traspasable” - entre imperios. Somos naciones hermanadas en más de un sentido.

El reino de Noruega constituyó un imperio en el Atlántico Norte durante la temprana Edad Media. Su gloria, sin embargo, pronto se eclipsa tras graves crisis económicas y sociales, agravadas por la peste negra y la extinción de su dinastía real. Ya en los albores de la temprana modernidad forma parte de la Unión de Kalmar, que aglutinó los reinos nórdicos, pero cuando el reino noruego vuelve a debilitarse en el siglo XVI, pasa a manos de Dinamarca y queda bajo su poder hasta el 1814. Pese a conservar cierto perfil identitario, Noruega terminó reducida al papel de una provincia danesa. Fue desmembrada para facilitar su administración, se le impuso a la fuerza el luteranismo y se introdujo el idioma escrito danés. Lo de siempre: aculturar a la fuerza. Cuando las Guerras Napoleónicas, Dinamarca y su satélite noruego se aliaron con Francia. La derrota de Napoleón tuvo consecuencias trascendentales, ya que el Rey Federico VI cedió Noruega a Suecia en el tratado de Kiel (1814). Sería sueca por un siglo.

Pero el sentimiento nacionalista se había despertado, y Noruega logra establecer una constitución propia en 1814. Esta afirmación nacional provocó una guerra con Suecia, que Noruega perdió. Aún le aguardaban más vejámenes: aunque Suecia permitía a Noruega tener leyes propias y Parlamento, su monarca era sueco y el poder político estaba centrado en Estocolmo (suena al Estado Libre Asociado). Aunque cada país tenía su propia bandera, la de Noruega era una bandera híbrida, pues en el cuadrante superior izquierdo tenía que lucir una marca unionista con las dos banderas unidas. (Suena a nuestras dos banderas). A fines del siglo XIX la hambruna provocó una emigración de más de 100,000 personas, sobre todo a Estados Unidos. (Suena a nuestra diáspora). Ya a fines del siglo XIX, y recuperada su economía, Noruega declara unilateralmente el fin de la unión desventajosa con Suecia: fue, por excepción, un divorcio político pacífico. Sólo que aún faltaba lo peor, ya que los nazis ocupan Noruega por cinco años: dictadura, censura, leyes antisemitas, campos de concentración, ya se sabe. Las huellas de los bombardeos aliados para liberar Oslo aún son evidentes en la ciudad.

Tras la liberación, Noruega resurge de sus cenizas y valida al fin su identidad nacional ante el mundo. Se convierte en miembro fundador de la ONU, se integra a la OTAN y su gobierno socialdemócrata, que coexiste con una fuerte economía de mercado, logra tantas conquistas que el país se convierte en un referente para el mundo civilizado. En Oslo vimos por vez primera un automóvil sin conductor que recogía pasajeros: parecería que lo guiara un fantasma, pero nos dio una idea de los avances técnicos del país. No hay que olvidar, a todo esto, que en 1967 Noruega descubrió petróleo. Sus impuestos, ciertamente altos, garantizan sin embargo la educación y la salud de los ciudadanos de por vida. Hoy día los noruegos se mueven hacia una economía sin moneda: nos asombró tener que pagar todo con tarjetas de plástico, pero la medida es un freno a la corrupción que asola países como el nuestro. Es que para sobrevivir seis meses con dos horas de luz al día hay que saber administrar sanamente. Nuestros huracanes esporádicos no pueden ser peores que esta larga noche que se reitera, ominosa, año tras año.

Ya vemos que los países “regalados” pueden tener opción de futuro, por lo que conviene aprender cómo han manejado su historia. Su difícil historia, hermanada a la nuestra, salvando las enormes distancias que separan una islita del Caribe que aún no ha resuelto su destino de la nación próspera del sol de medianoche. Con todo, no puedo olvidar el dejo de melancolía de Oslo aun en medio de sus brillantes alcances socioeconómicos. Quizá todavía le pesen los agravios pasados: un status político híbrido, una bandera ultrajada, una religión prohibida, una lengua intervenida, una condición colonial durante cinco siglos, una ocupación nazi. Más el haber sido “regalo” sucesivo entre metrópolis codiciosas.

Imposible no gritar, imposible no lamentarse ante humillaciones tan prolongadas: pero para eso están El Grito de Munch y El Lamento del Jibarito Rafael Hernández, por cierto más actual que nunca.

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