Gabriel R. Cruz Díaz

Punto de vista

Por Gabriel R. Cruz Díaz
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Cuando volvamos a la normalidad

Como parte de la nueva realidad en tiempos del COVID-19, decidí hacer mi habitual llamada diaria por “facetime” a Mami y Papi. No puedo negar que nunca había sentido tanto apego y agradecimiento de la tecnología como hasta estos días de cuarentena. Quizás la costumbre me impedía reflexionar sobre los privilegios que todos disfrutábamos y casi nunca valorizábamos. Mami, siempre junto a Papi en su sillón, luego de saludarme me dice “estamos bien, pero pues, locos de que todo vuelva a la normalidad”. Nos despedimos y colgamos, pero justo antes de volver a mi nueva oficina en el comedor de la casa me pregunté: ¿debemos realmente volver a la normalidad? 

La respuesta fue inmediata: no. 

El distanciamiento social al cual hemos sido sometidos en cierto modo nos ha servido para ver cuán descuidados hemos sido como humanidad. Esto lo confirma, entre otras cosas, la rápida mejoría experimentada por nuestro medio ambiente mientras nos mantenemos en nuestros hogares, observando el mundo desde nuestros teléfonos y televisores. En estos días de confinamiento global hemos visto una reducción en la contaminación del aire, una notable mejoría de la capa de ozono y hasta la fauna ha retomado espacios que nuestro desarrollo le arrebató. Hemos necesitado que un organismo microscópico sea quien nos haya dado semejante lección.  

Estoy seguro de que todos los que a causa de las medidas de protección impuestas están lejos de sus familiares y amigos, añoran ese esperado momento del rencuentro. Yo el primero. De otra cosa estoy seguro: ahora cada momento y experiencia vivida tendrá mayor valor.

De ahora en adelante, cuando regresemos a nuestras actividades cotidianas, muy pocas serán como lo eran hasta el pasado 16 de marzo. Ahora tendremos más claro el valor de los profesionales de la salud, encargados de la seguridad, maestros, así como los empleados de supermercados y agricultores. Posiblemente también esta crisis nos enseñe a valorar cuán privilegiados somos de poder tener una simple conversación familiar y disfrutar del atardecer frente al mar. 

Confío que saldremos de esta como lo hicimos tantas veces a lo largo de la historia. Tengo la certeza de que en algún momento podremos regresar a visitar personalmente a las personas que queremos; no faltará un abrazo sincero. No será como antes, espero que no lo sea. Ahora tendremos claro que nuestro mayor problema era la costumbre. Regresar a esa normalidad que a veces añoramos nos distanciará nuevamente de la realidad y eso es más peligroso que cualquier virus  o pandemia. 

Me reafirmo en que volver a lo que éramos antes de la cuarentena no debe ser nuestro norte. Nuestra meta colectiva debe ser ajustarnos a la nueva realidad que nos espera, dándole más valor a las cosas simples, esenciales. Que esta experiencia nos sirva para comprender que el planeta tierra es uno y que al igual que en nuestras comunidades, el problema del vecino no es solo de él, sino que también es mío. 

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