David de Ángel Solá

Punto de Vista

Por David de Ángel Solá
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Cuestionando la cuarentena

Escribo a la medianoche, luego de acostar a mis hijos, recoger la casa, y terminar el trabajo, porque en estos tiempos el apartamento se ha convertido en parque, escuela, oficina, cuido, gimnasio y otros tantos espacios que se han esfumado de la cotidianidad desde el 16 de marzo.  

Se han esfumado también los tapones: mi trayecto diario de 30 minutos al hospital se completa en menos de cinco minutos.  Se han esfumado los pacientes: clínicas se han cancelado, alas hospitalarias prácticamente han cerrado. Mi propio hijo ha perdido su cita de vacunación.  Se han esfumado también trabajos, ahorros, economías, debido a las suspensiones y cesantías hasta en los hospitales. Este es el mundo en cuarentena. Es un mundo que asfixia. 

La batalla contra el COVID-19, raíz de nuestras astringentes medidas de distanciamiento, es una más en la ristra de luchas que le ha tocado vivir al Puerto Rico moderno.  Esta lucha asusta más que otras.  Las noticias del exterior horrorizan, con sistemas colapsados, a pesar de la abundancia de sus recursos. 

Aplaudo nuestra excepcional rapidez para responder ante la crisis.  Las últimas semanas nos han permitido empaparnos de información, escribir protocolos, pedir equipo y prepararnos para el golpe.  A la misma vez, cuestiono cuánto aporta la cuarentena extendida a la estrategia contra el COVID-19, específicamente porque no está sincronizada con la subida logarítmica de hospitalizaciones que eventualmente enfrentaremos.

Toda intervención de salud pública requiere comprender no sólo cómo llevarla a cabo, sino también cuándo hacerla y hasta qué punto.  La vacuna para influenza, por ejemplo, requiere un contenido específico, una dosis particular, y debe administrarse en octubre para maximizar su eficacia.  Ponerse la vacuna en julio no mejora su capacidad de prevenir brotes, como tampoco lo haría el ponerse el doble de la dosis.  Entiéndase: toda medida debe darse en un tiempo clave y en la dosis correcta.  

Analicemos el asunto del tiempo. En las epidemias hay fases y hay respuestas de contención, mitigación o supresión que corresponden a las mismas. Si estuviéramos en fase de contención, las medidas actuales tendrían sentido-- en unas semanas el virus se podría eliminar.  Esa oportunidad desvaneció hace semanas, cuando el virus se propagó al mundo entero.  Por tanto, en la fase en que estamos, el objetivo es bajar la cantidad de pacientes hospitalizados por día a causa de COVID-19.  El problema es: ¿cómo bajarle la velocidad a algo que a penas arranca?  

Comparemos nuestras acciones con dos lugares que (preliminarmente) aparentan haber tenido éxito mitigando el brote: Washington y California.  Ambos identificaron casos de infección semanas antes de que Puerto Rico tuviera su primer caso sospechoso.  Impusieron intervenciones de distanciamiento social inicialmente leves, que fueron apretando a medida que aumentaban las hospitalizaciones.  Sincronizaron sus cuarentenas para que precedieran el pico proyectado de sus epidemias en abril. En Puerto Rico, basado en patrones de influenza que el virus ha hasta ahora imitado, podemos esperar el pico de contagio para mediados de mayo.  A pesar de que evidentemente Puerto Rico lleva un ritmo de infección semanas por detrás de estos estados, las tres jurisdicciones impusieron su cuarentena al mismo tiempo, siendo la nuestra la más exigente de las tres. A pesar de nuestra agresividad, nuestros casos continúan en aumento exponencial. Al parecer, las medidas astringentes actuales sí pueden servir para aplanar la curva y evitar que nuestro sistema de salud se sobrecoja, pero sólo si se hace en el tiempo adecuado.   

Es igualmente importante determinar la exactitud de nuestras medidas para evitar agresividad o duración excesiva.  Como se hace con pacientes de enfermedades crónicas, se tiene que tomar en consideración la “fatiga de cumplimiento”; es decir, tener en cuenta que todo el mundo se harta de imposiciones complejas.  El peligro de tener medidas estrictas impuestas por tiempo prolongado es precisamente que bajemos la guardia en el periodo crítico cuando más alerta debemos estar.  Temo que en esto pueda ocurrir en Puerto RIco.

Muchos tendrán una opinión más conservadora, pensando que, si aflojamos las medidas actuales, las consecuencias serán graves.  Esa opinión es válida y goza de mi respeto, pero al igual que la mía, es especulativa.  Nadie sabe a ciencia cierta qué ocurrirá en las próximas semanas con el virus, pero ciertamente aplicar esta cuarentena indiscriminadamente sobre la población le ha restado a nuestro bienestar.  

Me pregunto, por ejemplo, cuál será la utilidad de tener un toque de queda a las 7:00 pm.  Nada sugiere que las dos horas añadidas al toque puedan disminuir la transmisión del virus, mientras que esta medida es un golpe mortal para los restaurantes, que han subsistido a base de entregas. Cuestiono la decisión de cerrar colmados los domingos cuando lo recomendable para disminuir la conglomeración de personas es ofrecer más tiempo en los que la gente pueda ir.  Igualmente dudo que arrestar más de 500 personas por romper el toque de queda sea el mejor uso de nuestros recursos.  Mejor impulsemos campañas persuasivas sobre el distanciamiento social que sin duda tendremos que emplear, a mayor o menor grado, por los meses que dure esta pandemia.

A pesar de mis dudas, con el nivel de distanciamiento impuesto en este momento, yo no soy partidario de romper filas.  Estoy claro en que cualquier intervención que hagamos contra esta pandemia la tenemos que hacer juntos, porque juntos enfrentaremos las consecuencias. No obstante, como dijo recientemente Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergia y Enfermedades Infecciosas: “Uno no hace el cronograma. El virus hace el cronograma.”  En otras palabras: el virus es quien decide cuándo ataca y culmina.  

Esta advertencia viene de un hombre que ha observado olas de enfermedades infecciosas ir y venir, sabiendo que uno no es Cristo y no puede calmar el oleaje por mera voluntad.  Entre todas las jurisdicciones, a Puerto Rico se le aplaude por su agresividad y respuesta rápida.  Yo también aplaudo nuestros esfuerzos.  Sin embargo, ¿no estaremos olvidando la advertencia de Fauci? El virus decide cuándo ataca.  Nos toca observarlo y reaccionar en el momento preciso.

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