Angie Vázquez

Punto de vista

Por Angie Vázquez
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Cuidado con el “burnout” por desastres

La tensión es uno de los más terribles estados emocionales que pueden sufrir animales y humanos. Uno de los efectos negativos del estrés sostenido por largos periodos de tiempo es la quemazón (en inglés “burnout”) o desgaste, que debe ser atendida para evitar multiplicación o agravamiento exponencial de problemas de salud en la población afectada, el personal oficial de ayuda y los voluntarios de apoyo comunitario.

Los malos ratos prolongados, la inseguridad constante, ansiedad, miedo o la preocupación intensa de amenaza continua a la vida activan el cuerpo para funcionar en su extrema respuesta de emergencia. Este mecanismo, genéticamente determinado, funciona como brújula emocional que dirige al individuo a estar alerta a los peligros en su entorno. Prepara la respuesta orgánica necesaria para escapar de la amenaza o atacar la fuente de peligro. Esta respuesta es conocida como “ataque o huida”. 

La intensa y poderosa reacción de emergencia, sin embargo, debe ser temporal, porque cuando se prolonga demasiado comienza a pasar factura a la salud física y emocional. 

Desde que comenzaron los temblores en la falla de Montalva, el 28 de diciembre del 2019, gran parte de la población boricua vive constantes alteraciones de sueño, alimentación, descanso y rutina. La deficiencia de descanso y sueño produce estados mentales de confusión y agotamiento que se sienten como depresiones o ataques de ansiedad. Físicamente, producen fatiga y desgaste. Cuando esto ocurre, el sistema inmunológico decae en sus funciones protectoras, creando vulnerabilidades orgánicas que aumentan la probabilidad de que cualquier enfermedad oportunista pueda atacar y enfermar a la persona. 

El estrés emocional suele ir acompañado de respuestas cognitivas de preocupaciones. La preocupación es un tipo de actividad mental que tiene dos caras, pues lo mismo puede aliviar como empeorar la tensión. Si las preocupaciones (las ideas) van dirigidas a promover acciones proactivas (a ocuparse) ayudan a aliviar la fuente de tensión, pues la persona hace algo para alejarse del peligro. Al contrario, si van dirigidas a quedarse pensando circularmente en cosas negativas, terminan empeorando el estado general del organismo. Las preocupaciones se tornan, entonces, en respuestas disfuncionales que, sostenidas por largo tiempo, pueden llevar a trastornos emocionales permanentes y estados precarios de salud general. La realidad es que podemos explotar de preocupaciones y nada pasa, pues el pensamiento no mueve ni un grano de arena. 

Ni el cuerpo ni la mente están hechos para funcionar permanentemente bajo presión, tensión y alarma sin colapsar. Hay que romper con el bombardeo negativista, creando pequeños  momentos y espacios de relajamiento y descanso. A un mes del inicio de este evento sismológico en Puerto Rico, miles de personas viven al aire libre sin saber si tienen hogares, trabajos, escuelas, centros comerciales, hospitales, servicios de gobierno o país en el que vivir. La población sigue esperando el “gran terremoto” mientras los asaltos siguen, los suicidios aumentan y la emigración incrementa. A nivel mundial se añaden otras catástrofes climáticas y epidemias. Es un panorama difícil cuando se suma, además, el desgobierno, la corrupción y la insensata politización partidista en la isla. Todo esto aumenta el desarrollo de emociones desagradables que pueden llevar a estados de desgaste emocional profundo y traumas. 

Razones tenemos para el desgaste, pero hay que combatirlo. ¿Qué hacer entonces? La recuperación comienza reconociendo que hay situaciones fuera del control personal que requieren esfuerzos distintos. No se exija más de lo que puede, porque esta situación es nueva para todos y nadie tiene todas las respuestas. No tema expresar sus temores. No sobrecargue su mente con preocupaciones sino con ocupaciones. No repita mensajes de histeria o desinformaciones.  Trate de pensar en soluciones viables que, aunque sean modestas y sencillas, puedan ayudarle a transportarse del presente momento de angustia hacia un futuro menos ansiógeno.

Apártese de la histeria y aleje el fatalismo. Aun en medio de la desgracia escoja ser optimista, como ha hecho el pueblo de Adjuntas con el proyecto de Casa Pueblo o como “Educamos donde sea” en Ponce. Mientras haya vida y salud, se puede seguir luchando. Si la destrucción le abruma, busque apoyo. Haga sentir su voz de necesidad. Si necesita momentos para apaciguarse no tema buscar una esquinita aparte para respirar profundo. Envuélvase en tareas, aunque sean pequeñas, que le activen y le provean de propósitos diarios. Establezca asignaciones de solución al problema y trabájelas diariamente. Aunque esté refugiado puede lograr rutinas de tareas que le ayuden a poner la mente en orden. 

No se deje derrotar por el caos pero, sobre todo, no permita que la idea de morir le parezca mejor que luchar por la vida. La peor fuente de desgaste es la desesperanza y la impotencia. No permita que las lágrimas le impidan aprender las lecciones que las vicisitudes nos imponen, porque de estos sacrificios nacen grandes fortalezas y visiones de futuro. La superación vendrá de la mano con la perseverancia y voluntad de superación y lucha. Que el dolor colectivo de este pueblo tan castigado nos inspire a no claudicar y a levantarnos de nuevo, mejores y más fuertes. 

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