Hiram Sánchez Martínez

Tribuna Invitada

Por Hiram Sánchez Martínez
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Cuidadoras sin cuidado

Leo con estupor la noticia: dos hijas de 61 y 63 años deciden “eutanisar” a su padre de 85 años, enfermo de cáncer, demencia senil y otros males severos, y recurren a hacerle beber alcohol y píldoras para dormir. Pero el hombre no muere. Entonces, lo atragantan con un trapo, y, luego, una le tapa la boca y la nariz, mientras la otra le inmoviliza los brazos, hasta que el pobre deja de respirar y muere. Su médico de cabecera, ajeno a la verdadera causa de la muerte, certifica que esta se ha debido a su edad y a su historial médico. Al no notar señales de nada extraño en la escena de los hechos, el “sheriff” de ese condado del estado de la Pascua Florida se traga el cuento y cierra el caso. Pudo haber sido “el crimen perfecto”, sin embargo, una indiscreción de ambas a un amante común que las delató, las tiene en la cárcel en espera de un juicio por asesinato en primer grado.

La historia es espeluznante y repulsiva, digna de una película o serie detectivesca de las plataformas de streaming. No obstante, ha sido escrita por la realidad. No sé por qué, al leer la noticia, ha venido a mi mente el mundo de las cuidadoras de enfermos a quienes nadie ayuda, motivadas solamente por su sentido de caridad y deber moral, y que viven condenadas al suplicio, sin fecha de expiración, de atender día y noche, todos los días del año, a un familiar querido. He dicho “cuidadoras” a consciencia, para acentuar la triste realidad de que en nuestra sociedad, los parientes y hermanos varones, como regla general —pues siempre hay sus excepciones— delegan en las mujeres esa difícil tarea de atender las necesidades de ese ser querido enfermo que no puede valerse por sí mismo.

Por eso creo que en el Mes de la Mujer es necesario recordar esta otra manifestación del machismo nuestro de cada día. Lo digo porque, en muchos casos, esa “delegación” obedece más bien a la actitud de “eso es cosa de mujeres”, “los hombres no nacimos para tareas como esas” o “los varones no sabemos manejar esas situaciones”. A veces, el nivel de inconsciencia va tan lejos que ni una llamada de teléfono realizan para saber cómo está “el viejo” o “la vieja”, o para averiguar si hace falta ir a la farmacia o al supermercado a buscar los medicamentos o los alimentos indispensables. Ni se ofrecen para sustituir a su hermana o tía durante un fin de semana, es decir, para que la cuidadora tenga algún momento de respiro, un día libre para hacer sus cosas, o ir al cine; o, sencillamente, para no colapsar. Nos olvidamos de que ellas son seres humanos con necesidades propias, mujeres generalmente pobres —las personas con recursos económicos pagan cuidadoras profesionales y asilos—, y sin alternativas accesibles.

Muchas veces los pacientes a cargo de las cuidadoras están encamados. A estos hay que alimentarlos y bañarlos en su cama, voltearlos para que la piel no desarrolle úlceras, y velar por que reciban todos los medicamentos a las horas indicadas. Como se sabe, estos parientes-pacientes requieren de cuidos esmerados continuos, por lo que las cuidadoras no tienen vida. Muchas terminan, ellas mismas, enfermas, deprimidas, a veces hasta con deseos de suicidarse o de “eutanisar” al pariente a su cargo, como pudo haber sido el caso —que no lo sé— de las hermanas del caso que he relatado antes. Usualmente las cuidadoras tampoco reciben asistencia sicológica ni gubernamental de apoyo, o si la reciben es mediante un servicio de ama de llaves que, por la escasez de fondos públicos, es hoy día muy limitado. Lo mismo que el apoyo de las iglesias.

En fin que, como familia y como sociedad, tenemos a nuestras cuidadoras sin cuidado.

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