Rosa Ivelisse Collazo

Tribuna Invitada

Por Rosa Ivelisse Collazo
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Cultura para la transformación social

Una perspectiva cultural comprometida con el contexto es fundamental para comprender los procesos sociales e impulsar acciones encaminadas a reducir la distancia entre un presente fallido y un futuro utópico. Permite colocar a la cultura a la altura de los tiempos. 

Apoyada en esta mirada, considero que la gestión cultural debe estar orientada a asumir las posibilidades de la transformación social, particularmente en coyunturas críticas. Los gestores y las gestoras culturales pueden trabajar para formar comunidades autogestionarias, aportar a la solución de problemas y generar consensos. Pueden colaborar para articular espacios de convivencia, participación ciudadana y de diálogo social. 

Los ideales que nos inspiran deben traducirse en políticas culturales y propuestas concretas orientadas a deshacer creencias que mantienen el discrimen, el machismo, el racismo, la opresión, la pobreza, es decir, la desigualdad social e inequidad en todas sus variantes. A través de la acción cultural se pueden establecer nuevas representaciones sociales que posibiliten el ensayo de un entorno de relaciones más igualitarias y democráticas. Asimismo, desde este ámbito se puede expresar una visión más amplia de desarrollo cultural que, además de las artes y el patrimonio, tome en cuenta la innovación creativa y su potencial económico, así como su contribución al apoderamiento de individuos, organizaciones y comunidades en la construcción de capacidades colectivas.

No obstante, cuando mejor se vislumbra el rol multidimensional que la cultura puede desempeñar es cuando se enfrentan grandes retos para desarrollarla. Esto en parte debido a la reducción de fondos públicos para su quehacer, como resultado de medidas de austeridad y de entendidos que la ven como un campo independiente al devenir social, político y económico, que la conciben como algo marginal.

La cultura es un bien público. Participar, crear y tener acceso a la vida cultural son derechos humanos universales. De ahí la importancia del apoyo del Estado al fortalecimiento de las instituciones y los proyectos culturales.

En momentos puntuales, y durante transiciones difíciles, la cultura ha sido y puede ser un recurso fundamental para crear nuevos paradigmas e intentar cohesionar a un país en torno a una visión compartida. Tanto en España como en Chile, luego de prolongados gobiernos dictatoriales, la cultura fue un soporte principal para el proceso de cambio.

En Puerto Rico, durante el siglo pasado, a través de la División de Educación a la Comunidad, esfuerzo que tuvo aciertos y limitaciones, fue notable la labor de gestores culturales que, quizás con otro nombre, se adentraron a las comunidades rurales para alfabetizar, educar en torno a asuntos de salud y promover la autogestión. Al presente, es estimulante conocer la diversidad y pertinencia de valiosas iniciativas culturales, gubernamentales e independientes, las cuales a duras penas tendrán que sobrevivir a pesar de los embates demostrando así la tenacidad vital de nuestra gente, creadores y creadoras.

En la coyuntura actual por la que transita nuestra Isla, cuando se han agotado todos los diagnósticos y pronósticos, la cultura puede contribuir a impulsar el desarrollo humano amplio y sostenible. Nuestro proyecto de utopía amalgamado a fuego lento, ciertamente, requerirá que los agentes culturales se desplacen para acompañar al país en su larga noche oscura, así como en los procesos de innovación social, revitalización y regeneración que son necesarios emprender. En tiempos revueltos, la gestión cultural es esencial para imaginar futuros posibles y hacerlos realidad

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