Carl Soderberg

Punto de vista

Por Carl Soderberg
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Cumbre sobre el futuro del planeta

El 3 de diciembre comenzó en Madrid la XXV Conferencia de las Partes de la Convención Macro del Cambio Climático de las Naciones Unidas, conocida como la COP 25. La atención mediática se ha concentrado en el retiro de Estados Unidos del Acuerdo de París y en informes sobre la aceleración del derretimiento de glaciares y la descongelación del permafrost.

No se ha divulgado que el propósito principal de la cumbre es establecer las reglas de juego para la venta o el intercambio de derechos de emisión de gases causantes del efecto invernadero. En otras palabras, países que reduzcan sus emisiones de esos gases por debajo de lo establecido en los acuerdos, pueden vender a otros países el derecho de emitir parte o la totalidad de la cantidad de emisiones reducidas. Otra vertiente es que un país provea los fondos para reducir las emisiones de los gases que causan el efecto invernadero en otro país, a cambio de los derechos de emisión de parte de la cantidad reducida de emisiones.

Este mecanismo le conviene a los países que tienen que reducir grandes cantidades de emisiones como China, Estados Unidos, India, Australia y los países que integran la Unión Europea. Sin embargo, hay que reconocer que este mecanismo ayuda a los países en desarrollo a financiar proyectos para reducir las emisiones de estos gases, que de otra forma no se realizarían por falta de fondos.

Esta estrategia fue usada con mucho éxito por los Estados Unidos para reducir las emisiones que causan la lluvia ácida, más allá de lo requerido por la Ley Federal de Aire Limpio hasta ese momento histórico.

Es irónico que Estados Unidos se retire del Acuerdo de París, justo cuando se negociarán las reglas de juego de un mecanismo que le daría la flexibilidad de cumplir con su cuota de reducción de emisiones a un menor costo.

Además, se someterá ante los 196 países participantes una petición de aumentar voluntariamente las reducciones de emisiones de gases que causan el efecto invernadero, más allá de lo acordado en la Cumbre de París en el 2015.

Los científicos alertaron que nueva evidencia demuestra que los recortes en emisiones acordados no lograrán el objetivo de restringir el calentamiento global a 2 grados centígrados. Si se mantienen los recortes acordados en París, los peritos aseguran que el aumento en la temperatura media global llegará a 3.6 grados centígrados y el impacto será nefasto.

Con la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París y la renuencia de otros países como Rusia, China, India y Australia a reducir sus emisiones con la premura necesaria, muchos se preguntan si vale la pena llevar a cabo cumbres como esta. Para contestar esta pregunta debemos remitirnos al pasado.

Cuando el planeta enfrentó la amenaza del agujero en la capa de ozono, el Protocolo de Montreal culminó un proceso de reuniones internacionales dirigidos a la veda de emisiones de clorofluorocarbonos, las sustancias que destruían la capa de ozono. Por un lado, se desarrollaron alternativas para sustituir esas sustancias y, por otro, los países desarrollados financiaron la transición en los países en desarrollo. Como resultado, el agujero de la capa de ozono ha disminuido, ya no representa una amenaza a la humanidad y sigue disminuyendo.

Otro ejemplo es la Cumbre de las Américas de diciembre de 1994. Se firmó un acuerdo para vedar el uso de gasolina con plomo. Para final de esa década, la mitad de los países implementaron la veda. Al menos dos países suramericanos se oponían tenazmente, pero al final vieron la luz y, felizmente, toda América está libre de gasolina con plomo desde 2005.

Estas cumbres son importantes porque crean conciencia a nivel internacional sobre la necesidad de atender riesgos ambientales serios, divulgan las consecuencias para los humanos y el medio ambiente y permiten crear presión sobre países cuyas políticas agravan esos problemas. Eso sí, llegar a acuerdos e implantarlos, toma tiempo.

En el caso del cambio climático, hoy la pregunta es si se implantarán a tiempo las reducciones necesarias de emisiones de gases que causan el efecto invernadero para evitar un aumento en la temperatura sobre 2 grados centígrados.

La aceleración del calentamiento global y sus consecuencias están documentadas. Mientras se siguen los pasos para un apoyo legítimo de todos los países, Puerto Rico debe cambiar su estrategia para que prime la adaptación sobre la resiliencia.

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