Andrés Fortuño Ramírez

Punto de vista

Por Andrés Fortuño Ramírez
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Cumpleaños sin velitas pero con miedo

El pasado fin de semana fue mi cumpleaños. Usualmente lo celebro con amigos, comiendo en un buen restaurante o bailando en un lugar divertido. Sin embargo, este año mis intentos de festejo se vieron frustrados por un nacimiento mucho más importante, el del coronavirus.

Todos los que llamaron para felicitarme me dieron mil razones por las que no querían salir a celebrar esa noche. Unos dijeron que el virus vuela por el aire, otros que entra por los oídos, y algunos hasta le echaron la culpa a los chinos por “esa manía de comerse cualquier cosa que se mueva”. Pero la única razón enteramente creíble es que, más que el virus, el pánico y la desinformación se han apoderado del mundo. 

Tengo que aceptar que yo mismo andaba medio escamado días antes de mi cumpleaños, no por los comentarios de algunos ni por tantas cancelaciones de vuelos, eventos y conciertos, sino tras haber escuchado el mensaje del presidente de los Estados Unidos televisado la noche del once de marzo. 

Para empezar, no se le entendía ni papa, leía del “teleprompter” como el papagayo y mezclaba el asunto del virus con la saludable economía, que según él, estamos viviendo. En pocas palabras, nos dejó saber, que para él, su reelección y la economía eran tan o más importantes que la vida de nosotros los ciudadanos. 

Tras semanas de intentar tapar el cielo con la mano - lavada en mil ocasiones - el presidente dejó entrever que los Estados Unidos no están preparados para enfrentar este virus. Es más, sin pruebas para corroborarlo me atrevo a decir que el coronavirus lleva tiempo pululando entre todos nosotros. 

Aun así, celebré mi cumpleaños con un grupo de amigos, quienes, al igual que yo, decidieron no ser parte del pánico colectivo. Todo salió a pedir de boca hasta que llegó la hora de cantar “Happy Birthday”. Una vez soplé fuerte sobre las velas encendidas en el bizcocho, nadie quiso probar un pedazo. Aparentemente todos estaban a dieta.


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