Luis G. Collazo

Punto de vista

Por Luis G. Collazo
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De Adolfina Villanueva a Ricardo Rosselló

A la memoria de Martin Luther King

El 18 de mayo de 1982, bajo el gobierno de Carlos Romero Barceló, se dio el desalojo violento de lo que se había llamado Villa Sin Miedo, una comunidad de gente pobre y oprimida que intentó rescatar su espacio legítimo para vivir. El 6 de febrero de 1980 fue asesinada por fuerzas policiacas una mujer negra y pobre llamada Adolfina Villanueva Osorio. Su resistencia a ser desalojada, junto con su esposo e hijos, resultó en un incidente que culminó con su asesinato por parte de la Policía.

Posterior a estos acontecimientos continuaron perpetuándose, bajo el poder de los diferentes gobernantes electos por el pueblo, las violaciones de derechos humanos de manera impune e indiscriminada.  La crisis de todo el país continuó profundizándose sin que el modelo de gobierno pudiese lograr un verdadero progreso social y económico sostenido y autosustentable. 

Resulta imperativo reconocer y destacar que la disfunción de nuestra sociedad ignoró las consecuencias lógicas de una cultura de consumo desmedido y de gobiernos sustentados en líneas de crédito ilimitadas para perpetuar la corrupción. Es aquí que el pensamiento teológico de corte social de Martin Luther King nos ilumina el camino. Su propuesta de justicia y paz no podía ser el resultado de un mero momento de despertar colectivo. Su gesta nos muestra que las transformaciones profundas de paradigmas sociales y culturales exigen, en primer lugar, asumir la responsabilidad por los resultados de posiciones acomodaticias y altamente pragmáticas sin fundamento ético, asumidas a lo largo de varias décadas.

Recordemos que el fenómeno de Ricardo Rosselló se dio en el país donde previamente se asesinó a Adolfina Villanueva, se redujo a escombros el signo de justicia y amor que representó Villa Sin Miedo y se admitió y sancionó a aquellos que saquearon nuestra estabilidad económica. Fue Martin Luther King quien con su campaña de afirmar los derechos del “pueblo pobre” nos lega la enorme responsabilidad de evitar y combatir esos discursos demagógicos que han socavado nuestra conciencia social. 

Los tiempos exigen, recalco, una autocrítica que nos ayude a mirar la realidad de manera auténtica y certera. El devenir histórico nos obliga a admitir que las soluciones no podrán ser ni fáciles ni ligeras. Se requiere evitar la apología de los triunfalismos momentáneos y las opciones de lucha tradicionales. El momento nos demanda la búsqueda creativa y honesta de nuevos caminos de acción, aunque sean estos contrarios a los modelos cotidianos.

Martin Luther King nos recordó que el Evangelio y la teología no son estrictamente instrumentos para sustentar credos y confesiones. Son, ante todo, instrumentos para mirar crítica y proféticamente la historia. Deben estar al servicio de opciones transformativas radicales y sensatas reconociendo el precio humano y espiritual que implican.

Es en las muertes de Adolfina Villanueva, Oscar Arnulfo Romero, Martin Luther King y muchos más, que podemos encontrar los caminos, siempre misteriosos y complejos, que conducen a la larga jornada por la justicia y la paz. Ante una realidad actual tan difícil de explicar, propiciemos una espiritualidad insurgente y problematizadora. Es muy oportuno, para empezar esta opción, comenzar admitiendo que “lo que siembras, eso se cosecha”. Desde aquí podemos iniciar la peregrinación hacia un mundo nuevo y mejor.  


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