Eduardo A. Lugo Hernández

Tribuna Invitada

Por Eduardo A. Lugo Hernández
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De cara a la paranoia paternal por el Pokémon Go

Confieso fui uno de esos miles que ridiculizó ver a tantas personas persiguiendo pokemones cuando empezó la fiebre. Aun más, fui de aquellos padres que alertaron a sus hijos a tener cuidado con el juego y hasta consideré no permitir que lo descargaran.

La paranoia paternal provino de un sinnúmero de reportajes mediáticos de accidentes, robos y hasta hallazgos inesperados (hasta un cadáver). La indignación de ver tantas personas inmersas en el juego provino de la preocupación de que un juego pueda movilizar más personas que cualquier problema social, incluyendo la crisis fiscal. Sin embargo, algo sucedió en el camino que provocó una reflexión más profunda acerca del tema.

Este evento trascendental fue una conversación con mi hijo en la que me pidió, y casi me obligó, jugar con él para entender su experiencia, su lenguaje, su perspectiva. Siendo psicólogo y promotor de la visión de que tenemos que escuchar a nuestros jóvenes y respetar sus opiniones e intereses me vi en la encrucijada de poner en práctica lo que tanto predico. Y ahí está, Pokémon Go llegó a mi Android.

La experiencia de Pokémon Go comenzó con una detallada explicación de cómo jugar, de los personajes, en fin, de tantas cosas que aún no entiendo a cabalidad. Algo extraño pasó. ¡En pocas horas me encontraba buscando pokemones con mi hijo! Bueno, confieso que a veces hasta solo. Esto tuvo un efecto no anticipado. Comencé a compartir más con mi hijo, a reírnos juntos, a conocer lugares en Puerto Rico que no sabía existían y a dialogar abiertamente acerca de las precauciones que debemos tener con este y cualquier otro juego. Después de varios días, hasta mi esposa descargó el juego en su celular y jugar Pokémon Go se convirtió en una actividad familiar.

Esta experiencia revela varios aprendizajes. Cada generación de adultos y padres exagera su juicio acerca de los gustos y pasiones de los jóvenes. Seamos cautelosos con nuestros juicios y aprovechemos estos espacios para compartir con nuestros hijos y aprender de sus intereses. Acercarnos a nuestras preocupaciones de esta manera nos brindará la oportunidad de guiar y proteger nuestros niños con conocimiento y respeto. Aprendamos acerca de los aspectos positivos de estas aplicaciones para emitir juicios balanceados. Por ejemplo, Pokémon Go en algunos casos ha fomentado la diversión familiar, el contacto social entre diversas personas, al punto de haber testimonios de padres de niños con autismo que alegan esta iniciativa les ha ayudado a aumentar la interacción social.

Otro aprendizaje es entender que la afición por Pokémon Go no es diferente a la afición que tiene muchos con Facebook, WhatsApp u otras aplicaciones que hoy día son parte integral de nuestras vidas. El problema no es la aplicación, sino el manejo de la misma y el impacto negativo que pueda tener en nuestras relaciones sociales, desempeño académico y laboral, entre otras cosas. Aprendamos a manejarlas con balance y responsabilidad para poder enseñarles a nuestros hijos estas destrezas. 

Ahora bien, si nos preocupa ver que las personas se movilizan más con juegos como este que para alguna acción social o política, pregúntese usted como padre qué está haciendo para fomentar una conciencia social en sus hijos. Por un lado, durante las navidades o en los cumpleaños, muchos de nosotros les compramos a nuestros hijos sistemas de juegos (ej. Playstation, Wii U) para su entretenimiento. Estos sistemas de juegos son centrales para muchos niños, quienes pasan largas horas jugando frente al televisor.

Por otro lado, son pocos los padres y madres que les hablan a sus hijos acerca de los problemas sociales que enfrenta el País y a través de estas conversaciones fomentan su pensamiento crítico. Son pocos los que conversan con ellos acerca de cómo ellos pueden contribuir en sus hogares y comunidades en estos momentos de precariedad económica.

El problema no es que las personas juegan Pokémon Go, sino la burbuja que hemos creado en nuestra niñez, con el mantra de proteger su inocencia, creando a su vez adultos con poca o ninguna agencia social.

En fin, juegue o no Pokémon Go, debe entender que este no viene del “diablo”, ni simboliza el fin del mundo. Tampoco es otra señal de lo perdida que está nuestra juventud. Pokemon Go es otra manera más de involucrarnos en un mundo virtual de entretenimiento. Sin embargo, asúmalo con responsabilidad y disfrute las oportunidades que le puede brindar compartir con sus hijos y amistades.

¿Quién sabe? Puede que tratando de encontrar un Charmander, llegue de casualidad al campamento contra la Junta de Control Fiscal o a las protestas contra los depósitos de cenizas en Peñuelas.

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