Silverio Pérez

Tribuna Invitada

Por Silverio Pérez
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Decir o comunicar

Decir y comunicar no es lo mismo ni se escribe igual. Navegamos a diario en un mar de palabrería en el que zozobramos por la ausencia de una efectiva comunicación que nos saque a flote. Ya se cumplió un año del huracán María, pero el blablablá nos sigue azotando sin dar indicios de que amaine.

Se lanzaron consignas, como “Puerto Rico se levanta”, que a final de cuentas en decir se quedaron. La isla sigue en precariedad. Se siguen haciendo promesas donde la palabra “transparencia” ocupa un lugar prominente, pero el decir sucumbe ante los hechos que la oscurecen. Decimos “reconstrucción”, pero se experimenta “estancamiento”.

Ya hace varias décadas en que muchos políticos se han convertidos en expertos del decir y en analfabetas del comunicar. Por eso la pérdida de credibilidad que progresivamente han experimentado. En todos los sectores políticos del país hay un desgaste producto de ese apego a ceñirse al discurso aprendido como un mantra del que no les es posible salir.

El borrón y cuenta nueva que nos puso en bandeja de plata el huracán María debió servir para comenzar un diálogo nacional, una pausa en el blablablá político, para ponernos de acuerdo en unos puntos básicos para la reconstrucción del país, pero desgraciadamente en un decir ha quedado. Para ese diálogo que sigue siendo urgentemente necesario, es imprescindible que los dialogantes estén dispuestos a comunicarse. Para ello hay que entender unas nociones básicas de la buena comunicación: respeto por el otro, y ese respeto conlleva aceptar que no tenemos la verdad agarrada por el mango, que cada quien tiene su propia verdad producto de sus experiencias de vida, que es tan válida como la nuestra.

La comunicación efectiva es clara, concisa, con una estructura que facilite el entendimiento. Y eso aplica tanto al diálogo entre dos personas como a la redacción de una columna o a la creación de una obra literaria. Las palabras rimbombantes pueden alimentar el ego del comunicador, pero no ayudan a la comunicación. La sencillez no está reñida con la profundidad, siempre me ha dicho mi maestro Jacobo Morales. La empatía es otro elemento fundamental en la buena comunicación, y se trasmite en gestos, tono de voz, ademanes, que a la larga logran ser más importantes que las palabras.

En el mundo de la política se crean personajes llenos de artificios, capaces de hablar por largo rato sin comunicar nada. La naturalidad, que con tanta contundencia acompaña a hombres legendarios como don Pepe Mujica de Uruguay, o al Papa Francisco, brilla por su ausencia en estos políticos de nuevo cuño, productos creados en los laboratorios de las relaciones públicas, sea en Puerto Rico o en otros países, porque hacer política en el mundo neoliberal se ha homogeneizado.

El fin ulterior de una buena comunicación debe ser el mover a la acción. Nos da esperanza la infinidad de proyectos ciudadanos que calladamente, día a día, utilizan la correcta comunicación para movera la acción. El Centro para la Nueva Economía, Espacios Abiertos, Casa Pueblo, El Festival de la Palabra, Centro de Periodismo Investigativo, Agenda Ciudadana, el Instituto de la Nueva Escuela, son algunos de cientos de proyectos que en Puerto Rico van logrando resultados concretos producto de la efectiva comunicación.

La política tradicional languidece enferma de un virus de superficialidad que ya también parece haber contagiado a ciertos líderes religiosos. Ninguno de los tres sectores tradicionales políticos del país ha experimentado un cambio significativo en su forma de decir en los últimos años. Eso explica el estancamiento político en el que estamos. El reto es, en nuestra conversación diaria y en nuestra actividad cotidiana, practicar el arte de comunicar. La inteligencia emocional es ese filtro entre el decir, que a veces es una forma de desahogarnos o de agredir, y el comunicar, que mueve a la acción y a la creación. Comuniquémonos para crear un nuevo país.

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