Juan Antonio Ramos

Lo que tengo que decir

Por Juan Antonio Ramos
💬 0

De dos males, el menor

Mi hermano y yo nos turnábamos las noches para cuidar a nuestra madre enferma. Gloria Esther Matos fue maestra de español y bibliotecaria. Era una persona alegre y una lectora incansable. Una mujer que no le sacaba el cuerpo a las dificultades que se le presentaban en el día a día.

Cuando enviudó, empezaron los achaques de la vejez y las visitas a los médicos. De cada cita salía con un medicamento distinto. Los frascos de medicamentos se iban apoderando del tope del gabinete de la cocina. Las medicinas, lejos de mejorarla, la iban disminuyendo, la iban aniquilando. Sin embargo, los médicos siempre la encontraban de lo más bien.

De buenas a primeras, mi madre cayó en un estado de letargo, de ensimismamiento, que nos llenó de gran preocupación. Hablaba incoherencias, se desorientaba con frecuencia, salía de la casa a deambular, y se olvidaba de cerrar el portón de la entrada principal antes de irse a la cama.

La noche que me quedé en su casa para acompañarla, la escuché hablando dormida. “Conversaba” con fantasmas de otros tiempos, sobre asuntos y preocupaciones que solo ellos entendían. Estuvo un rato más parloteando cantidad de disparates, hasta que el colapso nervioso la hizo estallar en gritos y sollozos.

Terminamos en la sala de emergencia del hospital con el médico de turno a su lado. De acuerdo al doctor Rainier Ramírez, la vieja había sufrido una intoxicación de medicamentos que la llevaron al borde de la muerte. El galeno le suspendió todos los medicamentos. A los pocos días, nuestra madre regresó a su hogar totalmente restablecida. Volvió a ser la Gloria Esther Matos de siempre.

Cuando leí la información que acompañaba a cada uno de los medicamentos que mami ingería, quedé espantado. Para curar un mal te exponía a la posibilidad de males mayores. El medicamento recetado parecía ser el menor de los males. “Prueba esto a ver si te resulta. Si te mueres de una reacción es cosa tuya”. Ahora entiendo por qué los anuncios de medicamentos en la televisión duran media hora. Y es que los fabricantes de estos fármacos, están obligados a prevenir al público de los efectos secundarios que estos productos podrían provocar: náusea, mareo, alergia, vómitos, insomnio, depresión, amnesia, desorientación, violencia, diarrea, somnolencia, ansiedad, estreñimiento, incontinencia urinaria, temblor, alucinación, sudor, paranoia, sofocación, taquicardia, salivación extrema, impulsos suicidas…

Nuestra patria, que es nuestra madre, también está muy enferma. Tan grave es su condición que en estos momentos se debate entre la vida y la muerte. Algo que nos cuesta creer y que pudo haberse evitado. Lo cierto es que su salud nunca ha estado en sus manos. Otros han decidido por ella, otros han determinado lo que es beneficioso para su salud.

En un principio, los enemas de la industrialización impulsada por “manos a la obra”, los supositorios de cemento y varilla para la construcción de autopistas y urbanizaciones, las cápsulas de “preciosa te llaman las olas” difundidas por Turismo, las transfusiones de centros comerciales a tutiplén y las inyecciones celestiales de la 936 hicieron muy feliz a nuestra patria.

Luego los medicuchos de trapo comenzaron a experimentar con nuevos medicamentos. Según ellos, se trataba de los descubrimientos más recientes de la farmacología moderna. Cuatrienio tras cuatrienio, estos charlatanes nos aseguraron que todo andaba bien con la salud de nuestra madre. Cuando ese coctel de embustes explotó en el cerebro de la pobre vieja, ya la gangrena le había comido la mitad de una pierna.

Hoy nuestra patria vive gracias a un respirador artificial. Los shocks eléctricos para revivirla, para hacerla reaccionar, ya no surten ningún efecto ni en su cerebro ni en su corazón. Nuestra última esperanza era el niño prodigio que diseñó montones de medicamentos en China. Ya sabemos que este portento de la medicina, se ha convertido en el mandadero de los carniceros encargados de picar en pedazos lo poco que queda de la moribunda. ¿Habrá alguna posibilidad de que algo de ella se pueda salvar?

Aron Ralston es un alpinista famoso en el mundo entero. Su hazaña fue llevada al cine hace unos años en la película “127 hours”. El 26 de abril de 2003, Aron (James Franco) salió bien temprano rumbo a Utah para escalar los cañones ubicados en ese estado. Una actividad que realizaba con bastante frecuencia. Cuando recorría el Blue John Canyon, se deslizó por una grieta profunda sin ningún problema, pero de alguna parte se desprendió una piedra enorme que le inmovilizó el brazo derecho. Durante angustiosas horas trató de liberar su extremidad, pero todos sus esfuerzos fueron inútiles. Al cabo de cinco días, cuando ya estaba deshidratado y a punto de morir, Aron sacó fuerzas para partir su brazo con la ayuda de un cuchillo que cargaba en su mochila. Se aplicó un torniquete en el muñón, y logró escapar de la grieta en la que estuvo atrapado por todo ese tiempo. Perder un brazo a cambio de salvar la vida. De dos males, el menor.

¿Todo está perdido para nuestra madre y sus hijos? ¿Los puertorriqueños tendrán que emigrar para salvarse, dejando atrás la tierra que los vio nacer?

Aunque nos resulte doloroso, ese parece ser nuestro destino final como pueblo. Para poder sobrevivir, el boricua deberá sacrificar a su patria. De dos males, el menor.

Otras columnas de Juan Antonio Ramos

💬Ver 0 comentarios