Eudaldo Báez Galib

Tribuna invitada

Por Eudaldo Báez Galib
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Déficit de honestidad

Somos una sociedad maltrecha. La razón para esa condición ha sido denominada “déficit”, apellidado “de democracia”, “de derechos políticos”, “de espacio social” y, en ocasiones, “de vergüenza”. Sin embargo hay un factor común en esos déficits: honestidad. Cultivamos, esencialmente, un “déficit de honestidad”. Veamos muestras significativas.

Cada movimiento y partido falsean su fórmula de estatus político. La estadidad, independencia y autonomismo no son lo que se dice son y han dibujado en la mente de sus seguidores imágenes falsas, que germinan en el terreno fértil del apasionamiento.

Luego, nuestros gobiernos engañan con sus cifras y proyecciones. Aprovechan la pasividad genética boricua para activar proyectos que revolcaría a cualquier otra sociedad alerta. Inclusive es ya inútil quejarse de corrupción e hipocresías politicastras, pues el uso y costumbre convirtió lo deleznable en tolerable.

Mientras, los directivos de nuestra economía lapachan en un egocentrismo auto-provechoso que camuflan con discursos sobre el bien común, conscientes de que sus intenciones y la buena fe no van de la mano.

Y justificamos nuestra incapacidad política llamándonos a nosotros mismos colonia abyecta. Y ahí se queda, en pura retórica. ¿Recuerdan el “buchipluma na’ má’ eso eres tú” de Myrta Silva?

Mientras, EE.UU., luego de haber exprimido nuestra utilidad estratégica y comercial, sentencia que no somos lo que habían dicho; que somos, realmente, una parcela de terreno propiedad federal, ahora con capataces autorizados para formular, derogar y vender; mitigar pérdidas y almacenarnos para cuando seamos útiles nuevamente. Ah, y por supuesto, lo “espiritual”. Sectores que alaban al Señor pero a la vez abrazan otras cosas no tan celestiales -¿aleluyas al César o a Dios?

Hay honrosísimas excepciones. Pero aunque se nos hace creer que esas excepciones son la regla, no es así. La regla es ese “déficit de honradez”, que nos conduce complacientes a ser un desecho de la historia.

Sincerémonos en esta época de recogimiento espiritual. “Entonces los ojos del ciego se abrirán y los oídos del sordo se destaparán” (Isaías 35:5.)

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