Eduardo Villanueva

Tribuna Invitada

Por Eduardo Villanueva
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De hostias y servicios

En la jerga diaria de España, se dice del que le da una bofetada a alguien, que le dio una hostia. Cuando se quiere amenazar se dice: “a que te pego una hostia”. No conozco íntimamente a monseñor Roberto González pero no hay duda de que tiene muchos compatriotas y ajenos federales, que querían y ansiaban darle una hostia.

Puede que procesalmente se la haya ganado. Pienso que los que resienten su manejo de las finanzas del arzobispado y su manejo de las escuelas privadas, son los menos y probablemente hasta en algunos aspectos, son afines a parte de su pensamiento ideológico- teológico.

Es cierto que un amplio sector conservador y de una militancia caustica, resiente su apoyo a la salida de la Marina de Vieques, su encíclica sobre “Patria y Nación”, que motiva a estudiar y preservar la nacionalidad puertorriqueña como un don de La Providencia. Su apoyo a la excarcelación de los prisioneros políticos, especialmente de Oscar López y, recientemente, su expresión en contra de la estadidad como opción final para las relaciones político jurídicas entre Estados Unidos y Puerto Rico.

Creo que el monseñor González ha tenido una fe extrema en la teoría y el ordenamiento jurídico. Que ha creído la versión de algunos, de que el derecho es aséptico y que los jueces resuelven ajenos a sus preferencias ideológicas, sus prejuicios y a premisas inarticuladas.

En casos de derecho privado, generalmente es así. En casos de derecho público, casi siempre está detrás, en el subconsciente, las preferencias, los prejuicios del juez y su visión particular de lo que debe ser la sociedad, en su estructura y en sus relaciones jerárquicas.

El pleito contra la Iglesia católica, la dirección estratégica y administrativa de ese caso, que ha tenido monseñor Roberto González, explica mucho de lo dicho. Tal vez debió pensarse en una estrategia de aminorar pérdidas y de preservar la imagen de la Iglesia en la sociedad, que es una mal entendida, que está expuesta, más a las noticias adversas de malos manejos, de pederastia y de algunos excesos, que a la valiosa obra espiritual y social que realiza.

No se conoce casi nada de su obra social, de los servicios que presta por caridad, con apoyo de legiones de fieles. De los vacíos que llena en áreas que deben ser cumplidas por el Estado, con los recursos que el contribuyente paga para que le suplan sus necesidades esenciales.

No hay duda de que le pegaron una hostia a Monseñor, también a la Iglesia, a las parroquias, a los servicios sociales que las monjas, los sacerdotes y los fieles que apoyan, le brindan al país en áreas esenciales, sujetas a la caridad pública.

Fue una hostia expansiva. Ha sido una hostia que conlleva mucho coraje, mucho calor de desquite.

También ha sido una hostia que obliga a repensar, si a veces entendemos la obligación de sacar a los mercaderes del templo pero también, de perdonar. De reconciliarnos con nuestros enemigos, que en el caso del dilema colonial puertorriqueño, deben ser nada más que adversarios, no enemigos. En el caso de los maestros jubilados, que buscan y merecen justicia, duele mucho saber que la recibirán, tal vez teñida de venganza, tal vez de oportunismo, en algunos casos de avaricia.

Los maestros tienen derecho a seguridad y paz en su retiro. Pero sabemos que el proceso no ha sido totalmente justo ni el deseado. Todavía estamos a tiempo de negociar, de tener un mediador que derrote falsos orgullos. Confío en que las partes tienen la capacidad, la buena fe, para una negociación que permita hacer justicia.

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martes, 4 de septiembre de 2018

De hostias y servicios

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