Luis Rafael Sánchez

Desnudo Frontal

Por Luis Rafael Sánchez
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De hoyo en hoyo

Poco a poco se han vuelto la familia extendida  de quienes nos desplazamos  por las avenidas, las carreteras y las calles de Puerto Rico, sea  en  guagua  pública, automóvil o motora. Tan familia extendida se han vuelto que ya semejan  hermanos leales,  primos consecuentes o  amigos firmes que nos salen al encuentro  a cualquier hora.

A los hoyos  me refiero.  A esos agujeros siniestros  que proliferan, como hongos venenosos, a lo largo y ancho del país puertorriqueño. Y  fastidian los automóviles. Y dañan  a los  pasajeros al extremo de que la muerte  no  tiene más remedio que bregar.    

Distancia  y categoría: no todos los hoyos son iguales. Hay  hoyos veteranos, existen desde el  siglo veinte.  Lo cual significa que han merecido el visto bueno de gobiernos  sucesivos,  más allá  de los colores emblemáticos  del bipartidismo. Tales hoyos han de ser obra y gracia  del bitumul  adulterado,  como se viene insinuando hace  tiempo. Al uso y desuso en nuestras avenidas, carreteras y calles del  bitumul le debe una investigación rigurosa  la Legislatura. Como también amerita investigarse el rumor  de su adulteración, a cargo de un supuesto “cártel del bitumul”.

Si mucho llaman la atención los hoyos respetados  por la Autoridad de Carreteras, los hoyos veteranos, mucho sorprenden  los  hoyos  precoces. Ocurre que uno los  deja nenes  el viernes y parece que dan el estirón entre el sábado  y el domingo pues el lunes  ya alcanzan la capacidad adulta de desbaratar cuanta goma y tapabocina  los rozan siquiera.

Ojo: los hoyos  que proliferan   por los cuatro puntos cardinales de la isla  no sólo atentan contra la vida de quienes se desplazan  en  guagua  pública,  automóvil o motora. Atentan, igualmente, contra quienes van y vienen  a pie, por obligación o  satisfacción.

Hablo de quienes cultivan  el hábito benéfico  de sacar a pasear  el esqueleto y obligarlo a activar las glándulas  sudoríparas. Hablo del  ciudadano   que prefiere  caminar a subir a la guagua  pública,  el automóvil o la motora. Hablo del  ciudadano integrante de  un grupo  nada extinto, a menos que  los hoyos precipiten  su extinción. Hablo del   peatón.

Noticias  terroríficas: hay  hoyos que devoran pies,  pievívoros por tanto. Y  hoyos que  operan  como  trampas succionantes  del  pie  y la pierna y la rodilla del peatón  si a éste lo alela  la cháchara por el teléfono celular. 

Entonces, ¿hay hoyos piernívoros? Claro que sí, como también los hay  sobrenaturales. De su  existencia suele advertir   un dron plástico,  una goma desechable,  un banderín sujeto a un palo de escoba. Incluso un letrero gigantón.

El otro día un letrero tendido sobre un hoyo que prospera en  la más cenicienta de las avenidas sanjuaneras,  sugirió  que redujera  la velocidad, lo sorteara y me arriesgara al carjacking.   ¿Razón? Si me  impresionó leerlo desde la óptica del chofer por qué no leerlo  desde la óptica del  peatón. En ascuas  salí de mi  Toyota Camry, ya maltrecho por los años y los hoyos y encaré el letrero gigantón: SANTO HOYO. Por  vez primera supe de la santidad de los hoyos.

Hace años oí  confesar a una mujer que salía del restaurant “El Obrero”, en Capetillo:- “Me comí un santo bisté encebollado”. También había oído repetir, en tono del coraje que no amaina:- “Pasé  un santo bochorno”. Incluso he oído una denuncia que resulta en  joya de contradicción dialéctica:- “Es un santo cabrón”. Pero, eso de “santo hoyo” jamás lo  había oído o leído.

No me  extraña. Entre boricuas  cuanto rezuma   santidad o santurronería se considera grande,  insólito, excepcional.   Entonces, ¿cómo no va  a considerarse santo un bisté encebollado y santo un bochorno y santo un hoyo si los tres son de tamaño grande, insólito, excepcional? 

Confieso que  no  se me aclara  lo de  “santo cabrón”. Si un cabrón es  un cabro grande  el adjetivo “santo” va sobrando.

Mientras la Junta de Control Colonial le recomienda al gobierno de Puerto Rico la importación de un perito en hoyos,  empecemos a buscar  soluciones a nuestro humilde alcance.    Aprendamos de los bailarines modernos a zigzaguear sin perder ritmo. Aprendamos  de los “Borinquen Satos”  a frenar junto al precipicio. Aprendamos de los maliciosos  a olfatear el peligro y bordearlo.

Finalmente invitemos a los “honorables” autoeximidos  del recorte salarial  a  adoptar un par de hoyos a la brevedad.  La adopción incluiría rellenarlos del bitumul que el “cártel”  no ha viciado.  Sería un gesto  de consideración  hacia el país  en quiebra.  Una quiebra a resultas del saqueo  que diligencian, año tras año, algunos mediocres veteranos y algunos mediocres  precoces. 

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