Orlando Parga

Tribuna Invitada

Por Orlando Parga
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¡Dejen trabajar al gobernador!

En nuestra experiencia de elegir gobernadores no existe precedente a la adversidad bajo la que asumió el poder Ricardo Rosselló Nevares. Con más de una década de recesión económica sobre las costillas, el gobierno quebrado y descapitalizado, a nueve meses de gobernar el país devastado por el huracán. Retrocedida nuestra gobernanza al tiempo de las fórmulas orgánicas coloniales —la Carta Autonómica de España de Siglo XIX, las leyes Fóraker y Jones de Siglo XX— con una Junta de Control Fiscal Federal y una Corte de Quiebras Federal recortando y dictando el presupuesto; la Policía estatal y las asignaciones federales de educación pública en sindicatura. Y para culminarlo, el gobernador, que apenas cumple año y medio en el poder, está ahora además asediado por el reto agresivo de una figura principal de su propio partido.

A todo esto, Rosselló Nevares no se da por ofendido. Estoico y sereno, el joven gobernante sigue en curso. Su estrategia económica persigue estabilizarnos con la ayuda de las aportaciones federales por la emergencia y estimulando el crecimiento económico por vía de la política pública pro libre empresa; la reforma gubernamental encaminada a reducir el tamaño del gobierno, amarrando el gasto público y desenredando la telaraña burocrática; al mismo tiempo que, honrando la palabra empeñada en tiempo de candidatura, Rosselló Nevares persigue la agenda ambiciosa de que Washington responda al reclamo de estadidad y ponga fin a la era colonial.

Bajo estas condiciones y en circunstancias históricas, mientras echa el resto por cumplir la encomienda que recibió en las urnas, no es prudente ni juicioso, y más que todo nada justo, que a Rosselló Nevares le estén minando el camino los de su propio partido. Que la puñalada venga de la retaguardia, por la espalda, en vez de donde sea lógico esperarla de los partidos y candidatos de oposición por él derrotados las pasadas elecciones.

Al movimiento estadista puertorriqueño le costó mucho sudor y arduo trabajo, de varias generaciones, alcanzar las mayorías con las que hoy gobernamos y tocamos puertas en Washington. Fui testigo y protagonista de esa odisea. Viví el intenso sacrificio de la generación de mi padre peleando en minoría, y ayudé a convertir el movimiento estadista en mayoritario. No se puede permitir se tire a desperdicio el sacrificio de esas generaciones y que, por ambición y desamor motivados en candidaturas, se pretenda convertir en sal y agua el fruto de tan sacrificado esfuerzo.

Hace ya casi 20 años, percibiendo su talento emergente, ofrecí un buen consejo al hoy presidente del Senado, Thomas Rivera Schatz. Su estilo en extremo abrasivo ponía a riesgo la promesa de su liderazgo cuando desde la Secretaría del Partido Nuevo Progresista torpedeaba a los senadores de su partido que aspiraba suplantar. No hizo caso al consejo y, eventualmente, sentí en carne propia la mordida del ataque personalista desenfrenado cuando se hizo partícipe del conflicto en el Senado para el cuatrienio 2005-08. Hoy, archivada sin rencores aquella mala experiencia pasada, le repito al amigo el buen consejo. No agrada al oído progresista la musiquita del “Quítate tú pa’ ponerme yo”, que él hoy canta desde el Senado con ambición desmedida. No es a fuerza de empujones, conjuras y ambiciones despotricadas que se alcanza poder. Esa es la fórmula de perderlo. La arrogancia espanta los votos. La división plantea la derrota.

“Los tiempos definen la conducta de los pueblos”, dijo el catedrático de la Universidad de Puerto Rico y senador estadista doctor Santos P. Amadeo. El caudillismo y el concepto del autoritarismo político pasaron de moda y son cosa del pasado. Se eligió un gobernador, le dimos la encomienda para enderezar el país, reafirmar al apoyo del pueblo a la causa estadista y encaminar el rumbo a la descolonización. Por favor, no lo entorpezcan. ¡Déjenlo trabajar en paz!

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