Silverio Pérez

Tribuna Invitada

Por Silverio Pérez
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De la desesperanza a la reconstrucción

Aunque los Tres Reyes Magos ya se fueron, en nuestro país el jolgorio está bien por la maceta y la gente quiere gozar wepa, wepa, wepa hasta que se terminen las Fiestas de la Calle San Sebastián.

¡Paremos por dos o tres minutos nada más! Aprieto el botón de pausa a esta coda navideña porque es necesario. Tenemos que detener el suicidio: el individual y el colectivo.

Comencemos por el individual. Desde el inicio del año 2,000 al presente ocurren en nuestro país más de 300 suicidios al año. Los intentos de suicidio se triplicaron en la isla después del huracán María, y el 2019 ha comenzado con igual intensidad. La incertidumbre económica, social y política, y los problemas de salud mental se alimentan mutuamente para crear esta grave situación.

En el plano colectivo, mientras cantamos vengo del olivo, voy pa’l olivar, un año que viene y otro que se va, ese año que viene, y los subsiguientes, van a acentuar aún mas ese panorama que describe la canción que cantaba el Trío Vegabajeño: unos van alegres y otros van llorando, porque hay quien tiene todo, todo lo que quiere, y sus navidades siempre son alegres, pero hay otros muy pobres, que no tienen nada, son los que prefieren que nunca llegaran. La canción establece una relación directa entre el asunto económico y esa tristeza que al desembocar en depresión severa puede conducirnos al suicidio.

En el plano individual es necesario prevenir a través de la educación sobre la Inteligencia Emocional y cómo nuestros pensamientos activan emociones que a su vez nos impulsan a actuar, con resultados positivos o negativos, dependiendo de si son positivas o negativas esas emociones. En el plano colectivo, tenemos que crear consciencia de que el manejo de la deuda pública, como lo es el acuerdo con los bonistas de Cofina, nos impone una camisa de fuerza respecto al pago del IVU por varias generaciones, y nos conduce a un suicidio económico, a un desplome fiscal, con implicaciones catastróficas: disminución de servicios esenciales a la ciudadanía, aumento en las contribuciones para los que opten por quedarse en el país, y eliminación de pensiones. Todas esas circunstancias aumentan las tensiones sociales que a su vez inciden en cierta medida en los suicidios.

El 2 de abril de 2015, cuando aún no vivíamos la situación fiscal presente, ni el huracán María nos había azotado, una nota editorial en este diario decía: “A medida en que se recrudecen las presiones económicas y sociales, aumenta la fragilidad de muchos sectores de la población que ven mermadas sus posibilidades de salir adelante. No en balde, el mayor número de suicidios se produce en una franja particular, que es la de los varones entre 50 y 65 años de edad. Esa es precisamente la etapa de la vida en que surgen los mayores obstáculos para reconstruir expectativas laborales y emocionales”.

Ante esta crisis individual y colectiva hay que responder con valentía y sensibilidad. Estar en negación recrudecela crisis. Por ejemplo, el Secretario de Seguridad Pública, Héctor Pesquera, pretende ignorar la crisis que afecta el cuerpo de la Policía donde ha habido actos de suicidios y de violencia doméstica.

Todos los ciudadanos somos responsables de velar por nuestros familiares, amigos y vecinos. Si vemos signos de depresión y manifestaciones suicidas hay que dar la voz de alarma y extender la mano para ayudar. La línea PAS de ASSMCA y otras instituciones de servicios sicológicos y siquiátricos están a la disposición. Lo mismo con lo que está sucediendo a nivel fiscal del país. Hay que educarse, enterarse y actuar. Organizaciones como Espacios Abiertos y el Frente Ciudadano por la Auditoría de la Deuda, entre muchos otros, están disponibles para educarnos y conducir acciones que detengan este suicidio colectivo al que nos quieren encaminar.

Al comienzo de este año, retomemos el control de nuestras emociones y de las riendas del país para construir un futuro de paz y felicidad a nivel individual y colectivo.

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