Gazir Sued

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Por Gazir Sued
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Del virus y la imposibilidad de reclusión solitaria

A ti, que por tu juventud gozas de condiciones óptimas de salud, es posible que si te infectas no padezcas de síntomas graves y te recuperes sin mayores contratiempos. Pero sabes que, aunque no manifiestes signos visibles de contagio, puedes ser portador del virus y transmitirlo a personas más vulnerables. Ese es uno de los mayores riesgos... 

Para contener la expansión masiva del virus y minimizar el impacto en el raquítico y decrépito sistema de salud insular, el gobierno ha decretado cierres temporeros de trabajos “esenciales”, comercios y demás; y en las tardes un toque de queda hasta que salga el sol. La medida, por supuesto, es insuficiente; y algo de absurdo tiene la presunción de que el virus respeta los horarios y espacios dispuestos por el gobierno y patronos privados inescrupulosos; como si trabajara a tiempo parcial o solo mordiera como vampiro al anochecer... 

Lo cierto es que la actualidad se asemeja más a las películas de zombies, donde siempre alguien se mofa de la paranoia de los demás y resulta que no sabía que estaba infectado… y bueno, ya saben lo que sigue. La cosa es que, confundidos entre tanta (des)información en las redes, pasan temas desapercibidos que debemos considerar seriamente: 

1. La política gubernamental es de contención general, para tratar de reducir el impacto de la propagación masiva. Y hasta aquí lo que puede hacer el gobierno en lo inmediato. 

2. La prevención “individual”, de cada ciudadano, es la medida más efectiva a gran escala, pero no goza de garantía alguna. Lo cierto es que nadie, o casi nadie, puede aislarse en reclusión solitaria… solo algunos con recursos privilegiados y otros por estar ya encamados en hospital. 

3. Por lo general, casi todos tenemos relaciones de contacto que son inevitables, y demasiados dependen de la presencia permanente de otros, como niños y ancianos. En este sentido, no es la cantidad de gente ni el lugar lo que más debe preocuparnos, sino la imposibilidad de aislarnos de los demás, principalmente de los seres amados y dependientes entre sí. 

Así las cosas, el hogar propio, ese santuario al que estamos convocados a recluirnos voluntariamente, por solidaridad o forzados por la ley, es tan vulnerable y peligroso como cualquier otro lugar, y una cena familiar siempre puede ser la última cena para algún ser querido. 

Un solo infectado basta para infectar, esa es la naturaleza contagiosa del virus y nadie es inmune; la privacidad del hogar no garantiza seguridad y la relación de parentesco no reduce el riesgo. El virus, hecho inquilino ilegal en el cuerpo de Juan o de María, no reconoce derecho a reservas de admisión, y entra como Pedro por su casa sin invitación; y se sienta en la misma mesa; y se lava las manos en el mismo baño; y amoroso abraza y despide con un beso de buenas noches a progenitores y crías en la cama de cualquiera... Esta es una realidad con la que cada cual debe lidiar, y de la que todos, por todos, debemos hablar…

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