Víctor García San Inocencio

Tribuna Invitada

Por Víctor García San Inocencio
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De Massachusetts a Peñuelas

El jueves 12 de julio se cumplieron 200 años del nacimiento de uno de los pensadores más originales del hemisferio americano, Henry David Thoreau.

Nacido en Concord y educado allí mismo en Massachusetts, este gigante estadounidense contribuyó a la creación de una conciencia superior de la persona en su relación consigo propio, con la naturaleza y con el resto de los seres humanos.

Precursor de la observación y de la vivencia trascendente del medio ambiente; absoluto creyente en la justicia y la dignidad de la persona; defensor de la individualidad en las ideas y de la solidaridad con la comunidad humana, este filósofo raramente autóctono de Estados Unidos —no importado— dio luz y vida a la desobediencia civil pacífica como un método de resistencia a la tiranía, la opresión y la injusticia.

Su ensayo Desobediencia Civil se adelantó medio siglo a las futuras enseñanzas de Tolstoy y apareció un siglo antes de las lecciones de Ghandi —líder libertador del Indostán— y del hoy celebrado y ayer perseguido, Martín Luther King.

Thoreau consignó su oposición a la guerra imperialista contra Méjico mediante la cual su país se apropió de la mitad del territorio mejicano y contra el régimen de la esclavitud que condenaba a millones de seres humanos. Mediante el sencillo acto de negarse a pagar el llamado “poll tax”, por lo que fue encarcelado.

Su valentía al exponer su libertad física como instrumento para la denuncia de los vejámenes contra la humanidad del gobierno de su país, ha sido y todavía es ejemplo para todo el mundo.

En estos días, cuando conmemorábamos el natalicio de este luchador contra ley injusta, que se opone a la ley natural, nos llegó la noticia de que el aparato del gobierno de Puerto Rico —desahuciado en su ministerio por la Junta de Control Fiscal— había movilizado su aparato policial contra los vecinos de Tallaboa Saliente en Peñuelas, para impedirles interponerse al “paso del progreso” de los camiones que portaban las cenizas legalizadas recientemente por una ley injusta de la propia administración.

Cientos de policías fueron obligados a “defender permisos en orden” y “los derechos de la empresa” a utilizar como cenicero a un municipio que hastiado de ser utilizado como vertedero petroquímico y de otros desechos tóxicos durante más de medio siglo, legisló municipalmente mediante ordenanza, para prohibir el depósito de cenizas en su suelo.

Era imposible ver los noticiarios sin dejar de pensar la ironía que entraña que esto ocurre en Puerto Rico a 200 años del nacimiento en Estados Unidos del padre intelectual de la desobediencia civil y a 18 años de haber detenido con ésta, el vertedero de bombas de la Marina de aquel país en Vieques.

La ironía está cubierta de cenizas que provocan la ceguera. Ceguera gubernativa y empresarial que no les permite ver cómo la sentencia del pueblo puertorriqueño ya fue escrita.

Por más tramoyas, embelecos y parapetos leguleyos que quieran diseñar, mucho más temprano de lo que creen, el pueblo rendirá su veredicto y será implacable.

Después de todo es mucho más fácil llegar a Peñuelas que a Vieques. Allí, existe ya la tumba del Gasoducto del Sur y del disparate petroquímico que dañó su acuífero hace sesenta años.

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